20 de noviembre de 2019
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4 poemas de amor, con humor

15 de septiembre de 2019
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
15 de septiembre de 2019

Alguien dijo que el humor es necesario en el amor, como la carencia de él termina destruyéndolo. Acaso eso justifica que mis poesías románticas estén acompañadas por varias de corte humorístico en mi nuevo libro, según lo indica su nombre: Poemas de amor… y de humor.

De ahí que, ante el cercano “Día del Amor y la Amistad” que los colombianos celebraremos el próximo fin de semana, resulte oportuno también publicar al menos cuatro poemas de humor incluidos en dicha obra, cuyas ediciones impresa y digital ya están disponibles en Amazon, para compras por internet.

Los citados poemas dicen así, con inspirado acento:

  • Dolor de amor

 

¡Qué tan maravillosa fue esta noche!

¡Cuánta pasión vivimos cara a cara!

¡Cuántas estrellas vimos en las sombras!

¡Cuán loco fue el amor desenfrenado!

 

Ida la tempestad, viene el reposo.

Tú, siempre tan bella, aún descansas,

tendida y deslumbrante como diosa,

diosa de carne y hueso enamorada.

 

No es que te quiera, amor; más bien de adoro.

Tu cuerpo para mí es sagrado templo,

como es enorme catedral tu alma.

 

Y aunque anhelo ponerme de rodillas,

no puedo hacerlo, amor, pues me dejaste

tirado acá, con un dolor de espalda.

 

 

  • Pasión

 

Cuando nuestros cuerpos estén juntos,

cuando seamos uno entre los dos,

cuando el calor ardiente nos envuelva,

cuando todo en nosotros sea pasión

y el frío amanecer esté muy cerca,

nunca nos olvidemos, amor mío,

de cubrirnos los pies.

 

 

  • Novia de infancia

 

Hoy he vuelto a cruzar, novia de infancia,

por la casita aquella donde un día,

en medio de la paz y la alegría,

tú eras mi amor, mi cielo y mi esperanza.

 

¡Cuántas miradas tibias, desde lejos!

¡Cuántos suspiros! ¡Cuánto andar callado!

¡Cuántas canciones que en mi pecho alado

brotaban desde el fondo de mis sueños!

 

Tú estabas allí, amor, en la ventana;

tu bella cara de ángel parecía

la más radiante estrella que cubría,

con su luz virginal, toda mi alma.

 

Sólo flores rodeaban tus jardines;

sólo aromas y versos y luceros

pasaban por mis días placenteros

cada vez que llegaba hasta tu esquina.

 

Pero ya hoy, lejana novia mía,

sólo queda el recuerdo. Ni siquiera

en tu antigua casita de madera

hay ventanas y flores y alegrías.

 

Del paraíso aquel, nada nos queda;

el jardín florecido está marchito,

mi pobre y mudo corazón, contrito,

y a ti, mujer, un niño grita: “¡Abuela!”.

 

 

  • La postal

 

Te mandé una postal del exterior,

en la que te decía muchas cosas.

Hablaba, como siempre, del amor

entre cantos de ángeles y rosas.

 

¡Y cuán lejos entonces me encontraba!

No obstante, la distancia nos unía,

pues en mi corazón yo te llevaba

y en cada rostro, amor, yo te veía.

 

Pero el tiempo pasó. Esas palabras,

que allende el mar otrora te escribiera,

quería repetirlas a tu oído.

 

Mi decepción fue grande, sin embargo:

¡Fui yo quien recibió aquella postal

porque tú, ingrato amor, te habías ido!