20 de agosto de 2019
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Viaje al fondo del Nocturno de Silva

12 de agosto de 2019
12 de agosto de 2019

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Para muchos expertos en literatura, tanto nacionales como extranjeros, José Asunción Silva (1865-1896) es el mayor poeta colombiano, siendo El Nocturno –conocido también como Tercer Nocturno o simplemente La Noche- su obra maestra, por lo que ésta sería la mejor composición en la historia de la poesía colombiana. Más aún, nuestro pueblo así la considera, como alguna vez lo planteó el maestro Germán Arciniegas.

Pero, ¿por qué? ¿Cuál es la causa para que los lectores caigan rendidos ante la seducción de un poema que rompe con el corte tradicional de estrofas rígidas y versos de rima perfecta, para abrirles paso a estructuras más libres, con una gran musicalidad, comunes al modernismo? ¿Será esto lo que determina tan amplia acogida popular y de los críticos más exigentes?

¿O lo es, en cambio, su lenguaje exquisito, mágico, que se desborda desde el principio y en ningún momento se detiene, como si de veras estuviéramos ante un mago de la palabra? ¿O es, sobre todo, el misterio que lo rodea y nos envuelve, sin que al final podamos saber exactamente de qué trata el poema y qué quiso decirnos su autor?

A tales preguntas intentaremos responder a continuación.

Breve argumento

Digamos, para empezar, que el Nocturno es un texto autobiográfico, donde el poeta José Asunción Silva nos describe una experiencia romántica, trágica en grado sumo, en la que él es protagonista junto a una joven y hermosa mujer, a quien no identifica (como tampoco la han podido identificar los especialistas, incluidos sus biógrafos). Ahí se revela, sin duda, el misterio al que acabamos de aludir.

La experiencia en cuestión se resumiría en la siguiente forma: en una primera noche, traída del pasado por el poeta, la pareja camina, bajo la luna llena, por un sendero en el campo (en “la llanura”, que bien puede ser la sabana de Bogotá, donde Silva vivía). Sus sombras, como es fácil imaginar, se proyectan hasta fundirse en un abrazo, cual si fueran dos enamorados: “Y eran una sola sombra larga / Y eran una sola sombra larga / Y eran una sola sombra larga…”

En la segunda parte del poema, pasamos a otra noche, en la que él aparece solo, sin su compañera, quien -según se aclara de inmediato- falleció en plena juventud, lejos de saberse cuál fue la causa de su muerte. Lo que sí salta a la vista es la terrible situación del poeta, víctima del dolor, la nostalgia y la soledad, en medio de un frío penetrante hasta los huesos, hasta el fondo del alma: “Era el frío del sepulcro, era el hielo de la muerte, / era el frío de la nada”.

Por último, cuando el poeta-narrador se pasea, presa de la angustia, “por la estepa solitaria”, ella se acerca hasta él (en su imaginación, dirá alguien) para marchar juntos de nuevo, otra vez con sus “sombras enlazadas”, y desaparecer en la oscuridad.

“¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!… / Oh las sombras que se buscan en las noches de tristezas y de lágrimas…!”, concluye el Nocturno, donde la mujer vuelve del más allá para irse con su amado y éste, a su turno, huye de la vida para unírsele, incapaz de soportar su ausencia.

El poeta que escribe está muerto en vida, diríamos.

Una tragedia romántica

Aunque el argumento expuesto conmueve por sí solo, dicho sentimiento se acentúa por la forma de expresarlo, por el ritmo fascinante al que aludimos arriba, por el desarrollo del poema (el cual va in crescendo, hasta llegar a la muerte) y, especialmente, por la escena final, donde la pareja se pierde en las sombras.

Veamos esto en detalle. Al principio, el ambiente descrito por el poeta es bucólico, en el campo o la naturaleza y en una noche primaveral -“Como en esa noche tibia de la muerta primavera”, precisará después-, según vemos al abrirse el poema: “Una noche toda llena de murmullos, de perfumes y de músicas de alas”, donde “ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas”, imágenes que hacen referencia explícita al mundo en que viven los enamorados, dado el espíritu romántico de la época, que Silva encarnaba como ningún otro.

La segunda parte, en cambio, se mueve en un ambiente de dolor y tristeza: la luna está “pálida”, no con el brillo de antes (cuando esparcía su luz blanca “por los cielos azulosos y profundos”), y en lugar de murmullos y perfumes, músicas de alas y luciérnagas fantásticas, se escuchan “los ladridos de los perros a la luna y el chillido de las ranas”, nada gratos por cierto.

Tal estado de desolación se completa al sentir el intenso frío de la noche, el mismo “que tenían en tu alcoba / tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas, / entre las blancuras níveas / de las mortuorias sábanas”. La mujer, por ende, falleció en su alcoba, cumpliéndose lo que ella presentía en un comienzo, víctima de una enfermedad incipiente y fatal, según lo sugiere el poeta: “A mi lado lentamente, contra mí, ceñida, toda, muda y pálida, / como si un presentimiento de amarguras infinitas / hasta el más secreto fondo de tus fibras te agitara…”

Y ni se diga de los versos finales, donde las sombras enlazadas, en su abrazo eterno, avanzan de nuevo en medio de la noche, unidas en la muerte. El ambiente trágico, característico del romanticismo, cierra el poema y permanece en el ánimo de los lectores, temerosos de enfrentar una situación similar o al menos de sentir la muerte encima, de la que nunca podrán escapar.

Unos y otros nos volvemos partícipes de la tragedia, como si también fuéramos protagonistas. ¿Será ésta -cabe preguntar- la clave del éxito del poema, el cual se torna inolvidable y de permanente recordación?

El suicidio, un enigma

De hecho, los versos postreros del Nocturno parecen insinuar el suicidio del poeta, pues él se aleja voluntariamente del mundo y avanza con su amada, convertidos ambos en sombras, como espectros o figuras fantasmales, imagen que también genera enorme impacto entre los lectores, quienes no logran imaginar qué sucedió después. Solo queda la nada, anticipando acaso la visión nihilista de la filosofía existencial en el siglo pasado, posterior a la muerte de Silva.

Tales sospechas se confirman cuando recordamos que el poeta, en efecto, se suicidó en 1896, de un tiro en el corazón, lo que reforzaría la idea de haber llegado a esto por motivos románticos y, en particular, por la muerte de su amada, aquella que lo habría precedido en su viaje al más allá, hacia la oscuridad absoluta, a la que él finalmente se lanzó cuando apenas tenía treinta años de edad.

Pero, ¿fue Elvira, su hermana, la mujer del poema, como tanto se ha dicho? Es posible: ella falleció en 1892, cuatro años antes del suicidio, víctima de una pulmonía, como ya se advierte en el Nocturno, el cual se habría escrito en ese mismo año, poco después de tan terrible tragedia; los dos hermanos se querían bastante, como era vox populi en la Santa Fe de entonces, y él le habría dedicado esos versos entrañables, añorando algún paseo nocturno en el campo, abrazados con amor fraternal (platónico, si se quiere, y nada incestuoso, como todavía hoy es habitual en múltiples hogares).

No obstante, acá también puede estar representada otra mujer, quizás amante de Silva (cuya pinta donjuanesca le facilitaba sus conquistas femeninas en encumbrados círculos sociales), o incluso sería una dama imaginaria, simbólica, universal, como tantas protagonistas de la literatura romántica desde Goethe, en su Werther, hasta Vargas Vila, en Aura o las violetas, e Issacs, en su María.

Nunca sabremos, en fin, qué mujer provocó el suicidio del poeta o si, por el contrario, fueron causas distintas, como su difícil situación económica o su temperamento enfermizo. El misterio sigue y seguirá rondando, igual que en su célebre e inmortal Nocturno.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua – [email protected]

Nocturno

De José Asunción Silva

(Versión original de 1892, publicada en 1894 por la revista

“Lectura para todos” de Cartagena) 

Una noche, / Una noche toda llena de murmullos, de perfumes y de músicas de älas, / Una noche / En que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas, / A mi lado lentamente, contra mí ceñida toda, muda y pálida, / Como si un presentimiento de amarguras infinitas / Hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara, / Por la senda florecida que atraviesa la llanura / Caminabas. / Y la luna llena / Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca, / Y tu sombra, / Fina y lánguida, / Y mi sombra / por los rayos de la luna proyectadas, / Sobre las arenas tristes / De la senda se juntaban, / Y eran una, / Y eran una, / Y eran una sola sombra larga / Y eran una sola sombra larga / Y eran una sola sombra larga…

II.

Esta noche / solo; el alma / Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte, / Separado de ti misma por el tiempo, por la tumba y la distancia, / Por el infinito negro / Donde nuestra voz no alcanza, / Mudo y solo / Por la senda caminaba… / Y se oían los ladridos de los perros a la luna, / A la luna pálida, / Y el chillido de las ranas… / Sentí frío; era el frío que tenían en tu alcoba / Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas, / Entre las blancuras níveas de las mortuorias sábanas, / Era el frío del sepulcro, era el hielo de la muerte, / era el frío de la nada, / Y mi sombra, Por los rayos de la luna proyectada, / Iba sola, / Iba sola, / Iba sola por la estepa solitaria, / Y tu sombra esbelta y ágil, / Fina y lánguida, / Como en esa noche tibia de la muerta primavera, / Como en esa noche llena de murmullos, de perfumes y de músicas de älas, / Se acercó y marchó con ella, / Se acercó y marchó con ella… / Se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas! / Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!… / Oh las sombras que se buscan en las noches de tristezas y de lágrimas!…