9 de diciembre de 2019
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Una dinastía con cementerio propio

Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
10 de agosto de 2019
Por Orlando Cadavid Correa
Por Orlando Cadavid Correa
Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
10 de agosto de 2019

Contraplano

Imagen referencial tomada de Facebook

Muchos turistas y visitantes que van a Riosucio (Caldas) se sorprenden cuando, al indagar por los hechos históricos más importantes de este municipio, que acaba de celebrar su bicentenario de fundación,  se enteran de un episodio poco común: la existencia de un cementerio particular, destinado a albergar por toda la eternidad, los despojos mortales de los descendientes de una de las familias más tradicionales de la localidad, ubicado cerca de los otros dos camposantos, de origen católico, existentes desde tiempos inmemoriales.

Pero la mayoría desconoce que surgió, no por un capricho o por un afán de discriminación, sino por la decisión de un sacerdote católico, párroco en ese entonces, oriundo de Cartago, el padre Clímaco Antonio Gallón, según lo recuerda el periodista e historiador Álvaro Gärtner, por motivos religiosos, y quien precisa que hasta el momento se han sepultado allí unos 50 familiares.

Los orígenes del cementerio, que se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los símbolos de la  «Perla del Ingrumá», se remontan a la época en que migraron los primeros alemanes, atraídos por la explotación de las minas de oro que hacían compañías inglesas en Riosucio, Marmato y  Supía.

Un recuento histórico lo hizo en estos términos  el periodista Hernán Gärtner Posada, ya fallecido, en el periódico “NotiGärtner”, que sostuvo durante varios años:

«El alemán luterano George Heinrich Friedrich Gärtner llegó en 1846 contratado por la concesión de las minas en  Marmato. Murió en 1886 y fue enterrado en el cementerio público, pero en 1899, el cura párroco, fanático religioso y adversario político de los Gärtner, se opuso a que los restos de un luterano alemán continuaran descansando por siempre en el camposanto del pueblo, y les concedió a sus hijos 24 horas para exhumarlos, bajo la amenaza de que si sus órdenes eran desatendidas, él mismo lo haría y procedería a botarlos en el basurero público. (Un repugnante proceder francamente anticristiano).

Ante la amenaza, sus hijos Carlos Eugenio y Alfredo Gärtner Cataño hicieron la exhumación y enterraron los restos en un lote vecino, propiedad de uno de ellos, junto con dos de sus nietos que habían muerto, uno de ellos, pequeño, y el otro, como combatiente en la guerra de los mil días. Poco tiempo después falleció la esposa del alemán, que fue enterrada a su lado. A partir de ellos, los restos de los descendientes que murieron posteriormente se enterraron allí, y así surgió el cementerio familiar, que fue bendecido por la Iglesia Católica, y tiene 120 años de existencia. En 1962 se le dio vida legal a la fundación Gärtner, cuyo principal objetivo es trabajar por el recinto sagrado que guarda los restos de los antepasados de la familia».

Este sui generis cementerio familiar es considerado como el único patrimonio espiritual con valor permanente en el país.

El historiador Luis Álvaro Gallo, presidente de la Asociación  Colombiana de Genealogía, le proporcionó al Contraplano copiosa información sobre los descendientes de los Gärtner, residentes en distintas ciudades del país.  Lo  que   queda por  tratar de establecer  es  cuántos de ellos sean partidarios de ser inhumados al lado de sus mayores, en tan singular camposanto.

La apostilla: Agradecemos el apoyo que para esta reseña nos  prestó el periodista   Iván Darío Góez,  quien nos dio de ñapa este colofón: se le hace tan buen mantenimiento y embellecimiento al cementerio de los Gärtner, y sus bóvedas lucen tan relucientes, que muchos quisieran descansar en la santa paz de esa necrópolis riosuceña.

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