21 de octubre de 2019
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La memoria, la historia, el olvido

15 de agosto de 2019
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
15 de agosto de 2019

Se vive en el recuerdo. Las evocaciones son punzantes mensajeros de los anhelos del corazón y testigos del paso del tiempo. La colección de almanaques se encuentra acompasada de detalles que trascienden las formas de las anécdotas.  Reconstruimos rostros que las calendas desfiguran en una memoria frágil, voces suaves que nos mecieron en la cuna y que el viento desvanece en el vacío, pieles de terciopelo que los días hicieron rugosas, la calidez del amor cuando yace yerto bajo el sepulcro, ojos de cristal que fueron quebrados por el destino. Hondos suspiros exhala el alma para vivir otras épocas que ya han dejado de ser.

La memoria, la historia, el olvido”, es un bello nombre dado a la obra de Paul Ricoeur publicada en el año 2000. Su trabajo alude invariablemente a la estrecha relación que se halla entre estas tres nociones que han ligado sus hilos para tejer un mismo discurso. Fuera de ellas no existe nada, ni el pensamiento, ni la palabra, ni el recuerdo, ni los hechos, ni las lontananzas.

Es precisamente la supervivencia del ayer la que da nacimiento a la epistemología del pasado en torno a la cual se discute la naturaleza del olvido y sus diversas connotaciones. Para algunos preterir es un elíxir resiliente que libera el espíritu de un peso insondable, de culpas pasajeras o penas eternas, que adormece la carga de la existencia y facilita un tránsito sereno a través de las experiencias que llamamos vida. Para otros es una maldición cruel, una catástrofe familiar premonitoria de un deterioro inmerecido en sus funciones cognitivas y una insoportable carga cuando se afectan reminiscencias felices.

Se olvida lo que habita en la memoria. Nada fuera de ella podrá perderse porque no ha sido aprendido. Esta dicotomía crea una ambivalencia única, pues solo podrán extraviarse los recuerdos que se grabaron. Los pensamientos, las ideas, esas nociones que vienen a la mente como una chispa de divina inspiración se encuentran sujetos a un trance incesante, a un periplo persistente y a un resurgir constante que permiten que el recuerdo y olvido cohabiten como dos caras de la misma moneda. ¿Cuántas veces quisiéramos olvidar lo que recordamos, o esperamos recordar lo que hemos olvidado?

Para Ricoeur, “la pretensión de la memoria es la fidelidad de pasado”. La escritura, aún desde su forma primitiva, ha soñado con esta quimera. En “La Palabra contra el olvido”, César Montoya Ocampo, mi padre, detalló la trascendencia del verbo eterno desde la fundación del mundo, la separación de las aguas, la formación de los astros celestes, la delicada escultura de barro con la que fue tallado el ser humano. Entendió que “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Juan 1, 1”. Sin embargo, este relato que es verdad para millones de Cristianos alrededor del mundo, hubiese navegado en los océanos de los siglos de no ser por la escritura. La palabra necesita plasmarse para no caer en el olvido, fija los hechos para hacerle justicia a la historia y hace de la memoria un proceso colectivo que levita con gravidez en los pueblos.

El olvido se gana o se pierde, como premio o castigo. Si lo primero, será una bendición divina, un piélago profundo de paz y armonía, un manantial de vida que es liberador. Si lo segundo, si nos pesa el ostracismo, si lamentamos la indiferencia como flagelo que azota las auroras, entonces podremos levantarnos, luchar contra el “ahora”, y recapitular el trabajo de Marc Augé para entender que, sin importar el peso que soportemos, siempre existirá la oportunidad para retornar al pasado, recuperar el presente y re – comenzar un nuevo futuro.

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