22 de agosto de 2019
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La libertadora del Libertador

14 de agosto de 2019
Por Víctor Zuluaga Gómez
Por Víctor Zuluaga Gómez
14 de agosto de 2019

Me encontraba realizando una revisión de documentos en el archivo histórico de Popayán, sobre el papel que jugó Tomás Cipriano de Mosquera en la fundación de la Villa de Robledo, la misma que llevaría luego el nombre de Pereira.

Muchas veces nos encontramos documentos importantes que no estábamos buscando, o como en este caso, uno que me produjo cierto estremecimiento, teniendo en cuenta que se trataba de una mujer que ocupó por mucho tiempo un lugar importante al lado de quien ostenta el título de Libertador de varias repúblicas de América del Sur. Se trata de Manuelita Sáenz, la compañera fiel, llamada con justa razón la Libertadora del Libertador porque le salvó la vida cuando Bolívar sufrió un atentado.

Cuando estamos celebrando los doscientos años de independencia y le rendimos merecidos homenajes a quienes estuvieron al frente del proceso emancipatorio, la figura de Manuelita Sáenz apenas la recordamos como una sombra que fue de Bolívar. El documento que encontré perdido entre las toneladas de cartas recibidas por Tomás Cipriano de Mosquera, me produjo, decía,  estremecimiento, porque fechada en 1843, dejaba claro la situación de abandono, las penurias en las cuales vivió sus últimos años.

Una carta la envió al  Presidente Pedro Alcántara Herrán y otra al General Mosquera. Dice la carta enviada a éste último: “Cuando me expulsó el General Santander, salí sin nada antes a Honda, me mandaron toda la ropa viaja, y nada más, quedando lo que algo valía, en fin, este no es el reclamo que yo trato de hacer. Mi objeto es rogar a usted que llame al doctor Chaine y le pida los papeles que quedaron en mi casa a mi salida (..) estos papeles me hacen indecible falta para hacer unos cobros y así salir de mis apuros (…).”

Expulsada por el General Santander, Manuelita llegó a Ecuador y de allí también fue expulsada, de manera que tuvo que llegar a un puerto peruano llamado Paita en donde pasó sus últimos años en medio de unas necesidades inimaginables. Murió abandonada y olvidada a la edad de 60 años sin que las autoridades colombianas hubieran realizado alguna gestión con el objetivo de que sus últimos días no fueran amargos, como en efecto lo fueron. Lo paradójico es que mientras Santander y Bolívar aparecen en los altares de la Patria con olor a incienso, Manuelita sigue en el destierro de la historia.