21 de septiembre de 2019
Aguas de Manizales. Banner septiembre de 2019.

ILUSIONES

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
23 de agosto de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
23 de agosto de 2019

Eran las 7:32 de la mañana, de ese miércoles 6 de diciembre de 1989, un año convulsionado y en el que la violencia urbana se había apoderado del país y la angustia caminaba de la mano de todos los colombianos que se asustaban con el más leve ruido extraño que pudieran percibir, en la  convicción de que se trataba de un nuevo atentado. En un bus de la empresa de acueducto y alcantarillado del Distrito,  mediante un mecanismo a control remoto, hicieron explotar 500 kilos de dinamita, justo al pie del edificio donde funcionaba  el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, organismo de inteligencia del Estado colombiano, de carácter civil y encargado de labores de investigación en la lucha contra el crimen.  Bogotá se estremeció. Tembló. Todos  corrieron, era la más fuerte de las explosiones y pensaron en el momento final. La edificación se deterioró notoriamente, de sus ventanas no quedó un solo vidrio, en los alrededores todo fue ruina. La gente corría por la calle manando sangre de la cara y de sus miembros.  El caos fue la respuesta inmediata. El tráfico se suspendió en la zona de Paloquemao.

A esa hora los noticieros de radio gozan de la mayor audiencia y por supuesto se ocuparon de inmediato del suceso, que fue noticia todo ese día y muchos otros siguientes, en la medida en que se iban conociendo las consecuencias fatales que llevaron a que 63 personas, entre empleados de la agencia estatal y transeúntes que a esa hora se desplazaban hacia sus trabajos, más los miles de heridos, cuya cifra exacta nunca se pudo determinar. El país comenzó a vivir  en vivo la transmisión de un hecho criminal que todos de inmediato atribuyeron al terrorismo desatado por los narcotraficantes y que ese, concretamente, iba dirigido a atentar contra el gran perseguidor del delito, que no era nadie diferente al general Miguel Alfredo Maza Márquez, quien se había constituido en una especie de leyenda de la inteligencia por la solución que le daba a casos muy delicados, en los  que nadie lograba establecer el origen   de los mismos. Claro, iba dirigido al gran perseguidor de Pablo Escobar Gaviria y si era así, entonces la conclusión era muy sencilla: se trataba de un atentado criminal con nombre propio en cuanto a la víctima perseguida y al autor intelectual y financiador del los hechos. La tesis tomó fuerza en las diferentes voces noticiosas y casi  se convirtió en una especie de dogma que  se pensaba sin discusiones, ni cuestionamientos.

En tres celdas de los calabozos del DAS estaban tres de los capturados por el asesinato del líder liberal Luis Carlos Galán Sarmiento, ocurrido a las 8:25 de la noche del viernes 18 de agosto de 1989, en la plaza principal de Soacha, en las afueras de Bogotá, cuando el más opcionado candidato a la Presidencia de la República, se subió a una tarima de madera, levantó los brazos para saludar a la multitud, y desde la parte de abajo salieron múltiples disparos de ametralladora que le impactaron en la ingle y en el estómago, que quedaron al descubierto de la protección del chaleco antibalas que llevaba puesto, corrieron a llevarlo a un carro e iniciaron un recorrido mortal, parece ser que preconcebido, pues en lugar de transitar 300 metros para llevarlo al Hospital de Soacha, se fueron hasta el hospital de Bosa, a donde llegó desangrado y muerto por anemia aguda, privados de la libertad cuatro días después  del crimen, es decir el 22 de agosto de 1989.

Se sabía públicamente de esas capturas y ante los medios las personas fueron exhibidas como presas de caza, de una caza de eficiencia, inteligencia, sagacidad, brillo profesional y consagración  de efectividad  y eficacia de dos organismos de inteligencia: el DAS, a cargo de Maza Márquez y la SIJIN, a cargo del general Oscar Eduardo Peláez Carmona, quienes  todos los días eran noticia porque presentaban pruebas constantes de que estaban realizando una tarea  sumamente trascedente al frente de esas dos entidades y se les consagraba como los detectives que necesitaba Colombia. La ilusión de la inteligencia criminal.

Unos pocos cuestionaron  tanta eficiencia en tan poco tiempo, la mayoría aplaudió. Pero la capacidad de convicción mediática de ambos oficiales, llevó al convencimiento general de la opinión pública  de un crimen que todos estaban lamentando y una gran mayoría  llorando, porque en Luis Carlos Galán Sarmiento estaban puestas muchas ilusiones de cambio de la sociedad nacional,  como intentar una moral pública que correspondiera a la transparencia  y a la honradez. Ese atentado cambió de titulares cuando hubo otro y otro. Las bombas estallaban todos los días. En todas partes.

De los capturados se supo el día de su privación de la libertad y luego fueron  arropados por un manto de silencio en cuanto a su suerte judicial, mientras que los generales responsables de la inteligencia colombiana  hablaban todos los días de su enormes capacidades como investigadores y los eficientes resultados que entregaban. Cada día tomaban más forma de estatuas vivientes entre los héroes del país. Nadie sabía cual era el lugar de detención de esas personas, que por supuesto quedaron clasificadas como de las más peligrosas del continente y eran tildadas como parte de la estructura sustancial del cartel de Medellín.  El secreto de su sitio de detención era parte de la estrategia de seguridad para conservar sus vidas, porque, decían los generales inteligentes,  habían detectado múltiples planes para acabar con sus vidas, pues “la gente se ha ofendido hasta el extremo, hay que protegerlos, es el deber del Estado”.

Ese día miércoles 6 de diciembre de 1989, Alberto Júbiz Hasbum, Héctor Manuel Cepeda Quintero y Norberto Hernández Romero, tres de los detenidos por el crimen de Galán, señalado el primero como el autor material de los disparos y el tercero de ellos como la persona que se había entrevistado con Pablo Emilio Escobar Gaviria, había recibido los recursos económicos para costear el atentado y encargado de conseguir a los sicarios; esa misma persona, según los inteligentes generales,  era la encargada de matar a Júbiz en la menor oportunidad, con el fin de acallar cualquier avance de la investigación de ahí en adelante; a Júbiz siempre le advirtieron que se cuidara de Hernández porque sería la persona que le daría muerte, para acallarlo, se estremecieron  en los calabozos del DAS en Paloquemao, en donde permanecían aislados, sin derecho a ver el sol y rodeados de una gran fuerza de seguridad, y los tres pensaron de manera unánime que era el día de su muerte.  Cuando reaccionaron estaban libres. Todo se había caído. Se vieron, se sorprendieron y se dijeron  que se iban a presentar de inmediato para que los detuvieran porque ellos como personas inocentes no podían salir huyendo aprovechando el atentado. Sufrieron unas pocas y leves heridas. Permanecieron en el lugar y el personal del DAS cuando verificó su presencia no dejó de sorprenderse, pues todos esperaban que aprovecharan la oportunidad para comenzar a huirle al sistema judicial.  En ese momento, los tres entendieron que por encima de cualquier cosa ese atentado iba dirigido a acabar con sus vidas, pues con su silencio eterno y la cesación de procedimiento por ausencia de sujeto activo en el caso, se pondría fin a la investigación del asesinato del gran líder liberal.

A Alberto Júbiz Hasbum lo detuvieron el 22 de agosto, cuando asistía, desprevenidamente, a un curso de cultivos hidropónicos, con el fin de capacitarse en la materia, pues con varios amigos de Barranquilla, gente de clase alta y dirigentes políticos destacados,  pensaba montar un proyecto  productivo  de  alimentos. Al lugar llegó un pelotón de unidades policiales, armados como si fueran para la guerra, desplegando una fuerza monumental, rodearon el sitio y salieron de allí con el trofeo mayor: el asesino de Luis Carlos Galán. Un hombre  adulto, de bigote cano, mirada  transparente y que en ningún momento perdió su tranquilidad. Mostraba un gran dominio de si mismo cuando hablaba.  Lo llevaron, lo mostraron a los medios, lo reseñaron y le tomaron fotos en todas las posiciones en público. Era el gran trofeo de los generales Maza y Peláez.

En su apacible lugar de trabajo ese mismo día llegaron los escuadrones super armados a capturar a Héctor Manuel Cepeda Quintero, quien se asustó mucho, no entendía nada y daba respuestas incoherentes, sencillamente porque todo lo tomaba por sorpresa. Era un hombre de hogar, de trabajo, de amistades reducidas, desconocido para todo el mundo. Se lo llevaron  y le hicieron la misma presentación ominosa del anterior.  Otro trofeo de la inteligencia nacional.

En su tranquila oficina del Hotel Cosmos 100 laboraba en cifras, cuentas, cruces de facturas, cálculo de impuestos y proyecciones financiera el contador Norberto Hernández Romero,  cuando un gran despliegue de fuerza pública  hizo permanecer en sus sitios a todas las personas que estaban en el hotel, ordenaron el cierre de todas las puertas de entrada y salida y luego exhibieron a Hernández esposado como  el gran partícipe de ese crimen que después de 30 años de ocurrido el país no termina de lamentar.  Colombia podía tener ilusiones en el futuro; su aparato de inteligencia criminal era el mejor del mundo, pues un magnicidio lo había logrado resolver por completo en cuatro días.

Después del gran show mediático de su captura no se volvió a saber nada de ellos. Cuando el atentado en el DAS tampoco se supo nada públicamente de ellos. Ese tema lo manejaron en la mas absoluta reserva. Nadie supo que esas tres personas pudieron morir en ese hecho.  De su detención en ese lugar se ha venido a saber 30 años después, cuando la verdadero investigación del crimen ha comenzado a destapar una serie de cartas, con fundamento  en aportes de personas que han desaparecido, pero cuyas deponencias permanecen.  Queda claro ahora que ese atentado no era en contra de Maza Márquez, a quien nada le pasó porque en esa mañana no estaba en sus oficinas. Se trataba de matar a los tres detenidos, para cerrar el círculo del engaño en que se vio envuelto el país.

Luis Carlos Galán Sarmiento después de regresar a la disciplina del partido liberal, de donde había salido para fundar su propio movimiento que denominó Nuevo Liberalismo y que logró reunir mentes jóvenes, brillantes y no corrompidas por el poder de lo político,  era el candidato a la Presidencia de la República en ese año y en mayo tenía todas las opciones de ser elegido, como que en todas las encuestas figuraba con ventajas inalcanzables. La gente le creía a su transparencia, a su estilo, a su seriedad, a la profundidad de sus planteamientos. La clase política acababa de descubrir una gran fuente de financiación de las campañas políticas, con la  participación de traficantes de drogas como Pablo Emilio Escobar Gaviria. La permeación del narcotráfico  era evidente en todos los órdenes. Ya no habían jefes políticos, sino patrones del mal, que permitían elegir y eliminaban a los que no querían dejar elegir. Galán se vino de frente contra ese mundo planteado de esa manera y dio la pelea radical, al punto de expulsar de su movimiento, en público, en Medellín, al parlamentario Jairo Ortega, por haber permitido el ingreso a su grupo electoral de Pablo Escobar, quien además trabajaba al lado de Alberto Santofimio Botero.  Galán en todos los escenarios  planteaba  que combatiría de frente a los antisociales y los políticos corruptos.  Se fue convirtiendo en una gran ilusión de cambio para los colombianos, que veían en él la posibilidad cierta de tener un Estado al servicio de todos y no  como fuente de enriquecimiento de quienes accedían al poder. Era la gran ilusión  de los colombianos. Era la gran amenaza del crimen y de los políticos tradicionales, que jugaban su alma al diablo con tal de salir elegidos. En muchos escenarios Galán dijo que lo iban a matar y que necesitaba que el pueblo colombiano lo protegiera, pero frente al crimen organizado y patrocinado desde el Estado poco o nada se pudo hacer.  La clase política –aún no puesta al descubierto- y las fuerzas de inteligencia se coaligaron para asesinar esa ilusión y crear la ilusión de la inteligencia criminal.

El general Miguel Alfredo Maza Márquez  desde muy joven se distinguió en la Policía Nacional como un oficial de resultados y desde siempre  tuvo un extraordinario manejo de los medios masivos de comunicación, que le hacían bombo a todos sus operativos, así fuera para cosas nimias. Lo volvieron figura y desde siempre lo quisieron convertir en leyenda policial.

El general Oscar Eduardo Peláez Carmona  tuvo un ascenso parecido al de Maza y también se dedicó a las labores de inteligencia, con bombo batido cada que se obtenía un mínimo resultado de seguridad. Cuidaba mucho su figura y decían sus subalternos que se pensaba el Policía más hermoso del mundo.  Su prestigio fue en ascenso, igual a su carrera y llegó a la dirección general de la inteligencia policial, con contacto permanente con su compañero Maza.

Maza y Peláez idearon, una vez asesinado Galán -¿o antes?-,  el plan de resultados inmediatos  y con pruebas que en el proceso judicial se derrumbaron como castillo de naipes, dieron captura  a los tres personajes dichos, a quienes intimidaron de todas las maneras. En la noche del crimen de Galán los tres  estaban en labores y lugares que lograron probar, más sin embargo estuvieron detenidos por casi cuatro años, sin que ninguno de ellos diera su brazo a torcer y dejar de luchar  por la verdad.

A Júbiz al tercer año de detención un fiscal  le otorgó libertad condicional y provisional. No la quiso aceptar. Dijo: “Yo no maté a Galán, ni condicional, ni temporalmente, si no me desvinculan definitivamente del caso, no me voy de la cárcel”. Nunca perdió su dignidad. Escribió un libro antes de morir, donde contó su veracidad y el burdo montaje que en su caso se hizo por parte de dos inteligentes generales.

A Hernández Romero cuando le ordenaron su libertad, a la salida del penal lo fue a ver personalmente el general Peláez Carmona y le dijo que no se alegrara tanto de irse a casa, porque lo iba a seguir persiguiendo hasta que lograra su condena. El contador público, le pidió que respetara la verdad y que cumpliera con sus deberes públicos sin abusar del poder.  Nunca más se han vuelto a ver. Hernández Romero dice que no es necesario.

A Cepeda Quintero le dieron libertad  a los cuatro años de detenido y al muy poco tiempo falleció  como producto  de una gran depresión de la que nunca se pudo liberar, después de haber sido atropellado en sus derechos a la libertad y a la dignidad. Nunca quiso hablar sobre el asunto.

El 18 de agosto de 1989 a los colombianos les mataron la ilusión  de que al fin se había alcanzado una fuerza de inteligencia capaz de resolver cualquier crimen, por trascendente que este fuese. Era una farsa de dos  generales que engañaron a todo el mundo, hasta a ellos mismos, que se siguen alegando inocentes predicando ser héroes de la Patria, cuando a Maza  lo han condenado a 30 años de prisión por su participación en el asesinato de Galán y a Peláez ya el Consejo de Estado lo condenó al pago de una multimillonaria indemnización, por sus actuaciones abusivas en este caso,  y está a punto de ser sentenciado en lo penal por la misma causa. La trama tramposa de los dos generales hizo que la investigación judicial  arrojase  veracidades solamente en los últimos diez años, lograron enredarla y vincular personas ajenas al caso.

En esa misma noche mataron las ilusiones de todo un país que creía en un líder honrado, capaz de poner a funcionar el Estado como debe ser y  que le pusiese freno a la nueva forma de hacer política  con la participación de los delincuentes, que con su muerte no se detuvo, al punto de que  desde el narcotráfico se logró elegir un Presidente años después, para vergüenza de todos, es que fue la noche  en que mataron muchas ilusiones.

Las ilusiones eran grandes, apenas quedaron convertidas en frustraciones por una ausencia irremediable y un engaño imperdonable, procurado desde las más altas esfuerzas del Estado.