21 de octubre de 2019
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El valor de la esperanza

29 de agosto de 2019
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
29 de agosto de 2019

El dolor destruye el alma humana. Se adhiere como rémora que se alimenta de la tristeza. En él, la alegría es un sentimiento extraño, ajeno y errante que debe extinguirse con determinación para ganarle espacio. Las lágrimas son su lenguaje silencioso. Aquellas gotas de melancolía expresan lo que las palabras no pueden y crean surcos que la memoria reconstruye en busca de un calvario constante. Quien lo padece, no se puede permitir una sonrisa pues la considera una horrenda traición a su “yo” interior.  Éste, se acompaña de un matiz masoquista que lo impulsa permanentemente a ahondar en las amarguras y repetirlas con insistencia, mientras observa la opacidad que cogita el corazón. Como lo describe Juan de Dios Peza en su famoso “Reír Llorando”: “Nada me causa encanto ni atractivo; / no me importan ni mi nombre ni mi suerte, / en un eterno spleen muriendo vivo, / y es mi única solución la de la muerte”. Este breve relato hace parte de las profundidades de la psique para aquellos que deben enfrentarse a la depresión como patología psiquiátrica que, no solo afecta el cuerpo, pues hace metástasis en el espíritu.

He convivido con el dolor físico y mental, viendo la manera como destruye la voluntad, amilana el ánimo, devasta la vida. Cuando este mensajero del hades nos visita, demuele los pilares de la existencia, invade la fe y consume la confianza. Y en este punto ¡oh Dios!, cuánto cuesta recuperarla. Caer a tan profundo vacío, es un ejercicio de auto destrucción que arrastra consigo las huellas del amor, que desgarramos en jirones en espera que la sangre brote.

De pronto la luz de Dios aparece, siempre aparece. Ese dolor que no es temporal sino permanente, que no duerme, no descansa ni da respiro, que ha carcomido la sobriedad y serenidad del ayer encuentra en la esperanza su némesis perfecta. Ésta reluce en el horizonte con un brillo matinal, diáfana, clara, siempre dispuesta y portadora de una sabiduría profunda. Se aprende que las preguntas deben formularse desde otra perspectiva. No tiene sentido inquirir el “¿por qué?” de esta prueba. Ese interrogante conlleva implícito un sentimiento de culpa que abate nuestras defensas emocionales. Al formularla controvertimos a nuestros amigos, padres, hijos, compañeros, pero ante todo cuestionamos al Creador. “¿Para qué? tiene mas sentido. Proyecta el porvenir e impregna una imagen de futuro que forja anhelos en el mañana.

La esperanza crea. Es una fuerza vivificadora que edifica sobre lo que parece imposible. Quien se ha comprometido con este pilar desconoce la derrota y hace de la batalla su mantra. Sabe que los días venideros traen retos, que algunos representan verdaderas luchas para superar la adversidad y que deben sobreponerse ante esbirros que solo esperan verlo caer. Quien se ilusiona con el futuro se prepara para transformar el mundo. De no ser por esta terca fe, Abraham Lincoln habría claudicado en su carrera política a los 21 al fallar en los negocios o a los 22 al perder su campaña legislativa, o a los 27 en una crisis de pánico; Einstein habría abandonado sus estudios secundarios al ser reprobado en matemática; los hermanos Wright habrían cerrado su pequeño taller para construir el primer avión al leer la nefasta nota de prensa del New York Times que la daba como un fracaso seguro, o Tomas Alba Edison habría optado por una profesión menor cuando su maestra lo calificaba como “estúpido para aprender” con ocasión de su deficiencia auditiva.

La esperanza fortalece. Cubre de una armadura impenetrable la esencia humana. Quien la adopta sabe que cada oración matinal es un momento para vigorizar su ímpetu, deshacerse de desilusiones y forjarse con una voluntad de acero. Quien así se protege, se prepara para hacer de los infortunios verdaderas oportunidades de vida.

La esperanza es fe. Es un sueño que puede transformar cualquier pesadilla. Es un hito que puede convertirse en una epopeya digna de ser contada. Tiene la fuerza para destruir la tristeza y trascender el dolor cuando este no abandona este cuerpo.

Convivir con el dolor de las personas que amo ha sido una experiencia restauradora. Me ha posibilitado ver el mundo de otra manera, y comprender que el crecimiento y el cambio no son producto de evento ocasional, sino que, por el contrario, deben cultivarse cada aurora mientras agradecemos a Dios y le preguntamos: ¿Para qué?

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