21 de octubre de 2019
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El dólar más caro de la historia

8 de agosto de 2019
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
8 de agosto de 2019

Este martes, Colombia despertó con el dólar más caro de su historia. Este evento, que puede ser el vaticinio de los mejores tiempos para los exportadores (incluidas las empresas de carbón o petróleo) es, sin duda, una catástrofe para todos los sectores que directa o indirectamente dependen de insumos o consumo atados a la fluctuación del dólar.

Al momento de escribir la presente columna, la Tasa Representativa del Mercado (TRM) que se calcula en base las operaciones intradía de compra y venta de los intermediarios financieros, se había situado en 3459,47 pesos por cada dólar estadounidense. La razón de este incremento es multifactorial y debe analizarse en conjunto para comprender las causas que presionan la divisa al alza.

En primer lugar, la guerra comercial plantada por EEUU a China, ha grabado con un arancel adicional del 10%, un total de USD300 mil millones de productos asiáticos. Estas medidas originan, sin más, el enfriamiento de las relaciones entre las dos principales economías globales, pues al resultar un 10% más costosos los productos chinos, se reducirá su consumo. Esta dificultad solo sería para país de Mao, de no ser por la estrecha dependencia de ambas naciones en el intercambio de materias primas como acero, carbón y petróleo, sobre las cuales se han realizado las proyecciones de ingresos de las multinacionales norteamericanas. Un menor comercio con Asia, significa una menor proyección de ventas en estos commodities lo que resulta, necesariamente, en una utilidad golpeada en los balances.

Financieramente la velocidad es importante. El dinero no puede permanecer estático. Debe moverse constantemente con beneficios para sus inversionistas. Si las materias primas bajan de precio, se venden esos activos y se busca un escenario más seguro como los bonos o el dólar, produciendo la caída en la cotización de las empresas dedicadas a estos sectores y el consecuente aumento de la divisa norteamericana que es empleada como patrón en el mercado internacional.

En el marco interno, este panorama tiene serias repercusiones. El declive en la cotización internacional del petróleo que se ha depreciado a cerca de 53 dólares por barril, conlleva menores ingresos en el principal sector de exportación que representa el 33.3% del total nacional (USD 13.160 millones), de tal suerte que cada punto porcentual equivale a USD 131 millones que deben ser compensados con una mayor tasa de cambio que permita cuadrar las cuentas fiscales nacionales. Desde luego que ésta fluctúa libremente, sin embargo, el gobierno evita cualquier tipo de intervención para hacer viable su flujo de efectivo por vía de mayores ingresos cambiarios.

La tremenda exposición de Colombia a bienes básicas o commodities, nos hace increíblemente dependientes de la suerte de las tensiones entre EEUU y China y del consumo asiático, pues este país es en la actualidad el principal motor del crecimiento global y el actor fundamental para fijar el precio de nuestros primeros renglones de exportación.

Así hemos llegado al dólar más caro de la historia. Y seguirá subiendo. Hoy los conflictos han cambiado las balas por computadores y los misiles por aranceles. En esta guerra, sufrimos un enorme coletazo que beneficiará a algunos, pero afectará a la mayoría de la población que ha visto su capital (en dólares), reducido a la mitad en una década. Empresas de insumos y fertilizantes, medicinas, turismo, aerolíneas, electrodomésticos, pasarán horas amargas contemplando estos números.

La diversificación de las exportaciones, una menor dependencia de las materias básicas, el impulso de la agroindustria, la economía naranja y es establecimiento de una verdadera economía digital que promueva la inversión extranjera en I+D, inteligencia artificial y avances tecnológicos deben ser una prioridad del Estado en Colombia. La nación, las gobernaciones y las alcaldías deben generar espacios para una verdadera transformación que cree valor exportable y no solo iniciativas que contribuyan a gastar el exiguo presupuesto nacional. Esta debe ser una prioridad para todos los candidatos en la actual contienda electoral y es deber de la ciudadanía exigir políticas y programas coherentes que aseguren en diez años la recuperación de la capacidad adquisitiva de la clase media colombiana. Si no lo hacemos, cada cierto periodo seguiremos viendo el dólar más caro de la historia.

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