19 de abril de 2021
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Bachiller en letras

30 de agosto de 2019
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
30 de agosto de 2019

Por Hernando Salazar Patiño

Nunca tuvimos que leer en el colegio un solo  libro de manera obligatoria, que yo recuerde. Si leíamos alguno en horario de clase y no era de texto, nos los quitaban. Estoy hablando de hace medio siglo, años más años menos. Sin embargo la mayoría del alumnado leía, a pesar del largo e intenso tiempo que pasábamos en él, de las 7am. a las 5 pm. todos los días de la semana incluidas las mañanas del sábado. Con solo las dos horas del mediodía libres para almorzar. Y las primeras de los domingos por la misa. Tanto tiempo de permanencia allí, para bien o para mal, hacía que se le tuviera como “el segundo hogar”

No quiero significar con esto que la educación de antes fue de mejor calidad a la que se impartió más tarde  o a la que se imparte hoy. Lejos de mí. Tampoco sé si peor. Distinta, eso sí. Al terminar la secundaria, el título que nos otorgaron a  los de mi generación, a las de antes y a varias posteriores era el pomposo de “Bachiller en Filosofía y Letras”, pero explica el hecho que de la literatura supiéramos las nociones esenciales y tuviésemos información de los principales escritores colombianos, españoles y universales, de sus obras, géneros y escuelas y de su proceso histórico. Y que leyésemos libros tenidos como famosos, o al menos identificáramos sus autores, su época, su asunto. Ya insinué que tres horas a la semana, se estudiaba la literatura universal en noveno, la literatura española en décimo y la literatura colombiana en once, de acuerdo con la actual nomenclatura.

De ahí que crea que los bachilleres de mi tiempo, habríamos  estado en capacidad para responder una encuesta como la convocada por la Feria del Libro, con más sentido histórico, con mayor criterio literario, con menos complaciente vanidad. Pensar que el 77% de los libros de los contemporáneos, es superior al 23% de los publicados en los más de 150 años anteriores, no se nos hubiera ocurrido ni diciéndonoslo un profesor. Claro que mencionar 200 nos habría sido imposible entonces sin el índice de los textos de historia de la literatura colombiana, como muchos de los profesores consultados, para llegar a ese número del modo como pudo apreciarse,  abundaron en las obras de listas de “bestseller” y de mayor éxito de las revistas y las editoriales recientes, cuando no en la bibliografía de sus amigos o en la suya propia.

De basarnos en el Catálogo procurado por doctores, magísteres, escritores y profesores especializados en literatura con sus estudiantes, que convocó la Universidad de Caldas para el certamen ferial de 2019  según anota el editor de La Patria, los centenares de páginas de los tres volúmenes de Vergara y Vergara que abarcan cuatro siglos de la literatura de la Nueva Granada, los cuatro de Gómez Restrepo, el casi millar del señor Laverde Amaya y el más del millar del padre Ortega Torres, que avanzaron medio siglo, quedaron letra muerta o reducidas a unas cuantas, y ni qué decir en las que quedarían los modestos y muy sumarios textos de de literatura colombiana de Otero, Bayona, Arias y el padre Núñez, que aparecieron a mediados de los años treinta y se estudiaron hasta los sesenta del siglo pasado.

Y es excelente la acuciosa tarea de Fernando-Alonso Ramírez de clasificar los resultados de esa encuesta que dieron tan extravagante balance y ojalá hiciera el cuadro de los encuestados según el origen geográfico, por ejemplo de Caldas, Risaralda, Bogotá, otros, etc.  Porque si bien, a partir de 1967 con la publicación de “Cien años de soledad”, se hizo forzosa una más crítica retrospectiva a la novelística nacional, no por ello  minimizó la de antes de esa fecha y magnificó la que ha venido después, porque los probables mejores títulos en buena parte han venido siendo “reemplazados por una narrativa más comercial cuyo único objetivo es el éxito inmediato de ventas, la injuria y el escándalo o por centenares de libros de testimonios que abordan las diversas temáticas de la violencia endémica colombiana”, como dice en su última columna Eduardo García Aguilar, escritor del que ninguna de sus obras fue escogida, como tampoco de las del mayor promotor de sus contemporáneos regionales, Roberto Vélez Correa, pero sí las del convocador de la encuesta y las de  los organizadores de la Feria del Libro.