7 de diciembre de 2019
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El pequeño mundo de la chuzografía

20 de julio de 2019
En esta vieja fotografía captada en 1959, aparece en su juventud el laureado escritor Gabriel García Márquez en sus tiempos de corresponsal  de la agencia Prensa Latina.  Obsérvese que utilizaba para escribir solamente sus dos dedos índices. García Márquez en las oficinas de Prensa Latina, Bogotá, 1959. Foto tomada de Twitter.

Gabriel García Márquez –el más universal de todos los colombianos– jamás quiso estudiar mecanografía y prefirió, en cambio, ser el chuzógrafo más famoso que parió el periodismo criollo en el siglo XX.

Al mayor de los 12 hijos del telegrafista de Aracataca le bastaron las puntas de sus dos dedos índices para crear con el apoyo de su rica imaginación el mítico Macondo y darle a su país el premio Nobel de Literatura en 1982.

Es bien conocida la foto de Prensa Latina en la que aparece don Gabo, en la flor de su juventud, aplastando las teclas de su máquina de escribir en esa agencia cubana, en Bogotá.

Antes, las dos ilustres falanges habían soplado cuartillas a granel para El Espectador, El Heraldo barranquillero y El Universal cartagenero.

En una memorable conferencia que dictó en Caracas el 3 de mayo de 1970, el gran fabulador cataqueño hizo estas reflexiones y consideraciones alrededor de la máquina de escribir:

“Los escritores que escriben a mano, y que son más de lo que uno se imagina, defienden su sistema con el argumento de que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo continuo y silencioso de la tinta hace las veces de una arteria inagotable. Los que escribimos a máquina no podemos ocultar por completo cierto sentimiento de superioridad técnica, y no entendemos cómo fue posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo. Ambos argumentos, desde luego, son de orden subjetivo. La verdad es que cada quien escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es el manejo de sus instrumentos, sino el acierto con que se ponga una letra después de la otra”.

Y apuntó el irrepetible “Gabito”: “Lo peor es que cuando uno se vuelve mecanógrafo esencial ya resulta imposible escribir de otro modo, y la escritura mecánica termina por ser nuestra verdadera caligrafía. Hasta el punto de que hace falta la ciencia para interpretar el carácter de un escritor por las alternativas de la presión que ejerce sobre el teclado. En mis tiempos de reportero juvenil escribía a cualquier hora y en  cualquiera de las máquinas paleolíticas de la redacción de los periódicos, y en las cuartillas de un metro que cortaban del papel sobrante en la rotativa. La mitad de mi primera novela la escribí en ese papel en las madrugadas ardientes y olorosas a miel de imprenta del periódico El Universal de Cartagena, pero luego la continué en el dorso de unos boletines de aduana que estaban impresos en un papel áspero y de mucho cuerpo. Ese fue el primer error: desde entonces sólo puedo escribir en un papel como ese: blanco, áspero y de 36 gramos. Después tuve la desdicha de conocer una máquina eléctrica que no sólo era más fluida, sino que parecía ayudarme a pensar; ya no pude usar nunca más una máquina convencional”.

Celoso vigilante de la lengua cervantina, el prestigioso crítico gramatical Fernando Ávila, nos hizo este aporte, cuidándose de hablar en primera persona:

“Conozco uno que ha publicado más de 20 libros sobre el buen uso del idioma, y apenas usa los dos índices para escribir en el teclado. Una chica de Prómec se reía de él en la cara, y le decía «No puede ser. No lo puedo creer. Escribe con dooos deedoooos». Él se reivindica consigo mismo: «Si Fuentes escribió toda su excepcional obra con uno solo, pues yo he hecho la mía con dos. Así que ella se puede seguir riendo de mí, que nunca aprendí mecanografía, pero escribo al año 1 libro, 5 columnas para El Tiempo, 24 artículos para Ámbito Jurídico y 52 libretos para Blu Radio. ¿Cómo le quedó el ojo, señorita?».

Nota: planeábamos recoger en este Contraplano los nombres de los chuzógrafos de siempre, pero archivamos la idea porque nos íbamos metiendo en camisa de once varas.     .

La apostilla: Nos queda por averiguar si el cantante costeño Alci Acosta se disgustó cuando en el ámbito farandulero empezaron  a apodarlo “el chuzógrafo del piano”.

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