17 de julio de 2019
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Con el perdón de los pájaros

Por Óscar Domínguez
11 de julio de 2019
Por Óscar Domínguez
11 de julio de 2019
Canario Silvestre, visitante habitual de la finca del ingeniero Fernando Zuluaga en Varsovia, Aranzazu.

El “mínimo y dulce” Francisco de Asís, cuyo día celebramos el 4 de octubre,  veía cualquier animal, así fuera un colibrí, helicóptero con alas, o “el lobo de Gubbia, el terrible lobo” que cantó Rubén Darío, y se le arreglaba el semestre. Invitaba a almorzar a todo el reino animal. Por eso se quedó sin plata.

No es raro que un prolongado silencio de alas se escuche cada vez que mis amigos los pájaros celebran el día mundial del ave.  La efeméride no suele aparecer ni en el pasa de los periódicos. Tampoco al lado del cementerio de los edictos impresos en letra imposible de leer, o de los avisos clasificados donde es noticia hasta la paloma del Espíritu Santo.

Esta conmemoración anual suele ponerme en contacto con el poema del caldense Antonio Mejía  titulado “Palabras al hijo para que no use cauchera”. Allí se lee con desolado acento: “La cauchera es traición, es alevosa. Tiene el sigilo de los criminales”.

Al leer lo anterior por vez primera, sentí que el bardo Mejía estaba hurgando en mi prontuario de delincuente de pantalón cortico.

Acabó de volver trizas mi precaria hoja de vida con lo que sigue diciendo en su poema: “La cauchera es una bomba atómica lanzada sobre los Hiroshimas de los árboles”. El poeta y columnista me había dejado en paños menores espirituales.

A partir de la lectura de Antonio no me quedó otra alternativa que intentar un responso por los pájaros que en el pasado cayeron en desigual batalla gracias a mi eficiente puntería de sicario sin plumas. Y con cauchera, claro.

“Vamos a matar pájaros”, era el macabro estribillo que recitábamos los piernipeludos depredadores de vereda, armados con nuestra propia “Hiroshima” último modelo.

Imagen Pixabay

A unos les daba para tirar piedra contra el establecimiento. A nosotros, por diezmar esas Edith Piaf con plumas que son las aves. (En su homenaje, la pequeña Piaf adoptó el alias de “Gorrión” de París que es, sospecho, como el copetón sabanero o el pinche paisa).

Cuando escucho las serenatas sin guitarra y sin licor que los pájaros me dan todas las mañanas en el sitio donde despierto, no puedo menos que tratar de echarle tierra a mi prontuario caucheril.

Les perdono que “no cambien nunca de canción los pájaros”, como se lee en el poema del transeúnte Rogelio Echavarría. Este verso me lleva a citar de oídas otro, de Tagore: Si solo cantaran los pájaros que lo hacen bien, el bosque sería muy triste.

Tal vez para indemnizar asesinadas tórtolas, pinches, tominejos, silgas, azulejos, mayos, tórtolas, algún exótico pájaro carpintero colega de San José, decidí redistribuir mi ingreso con ellas regándoles plátano en la ventana de mi casa todas las mañanas. No me permiten que me les acerque tal vez porque algún pajarillo les piconió que no soy de fiar, que mi “ridiculum vitae” es oscuro, que maté a varios de sus colegas alados.

Los matábamos porque sí, porque nos daba la gana. Por verlos caer. Por sacar pecho cuando la piedra asesina daba en el blanco. A veces alguna tórtola se convertía en sopa.

De pronto, cuando no los matábamos, los cazábamos solo para recortarles la libertad. Para aplicarles la lenta y dolorosa eutanasia con la pérdida del vuelo.

Qué diferencia: Leonardo da Vinci solía comprar pájaros en el mercado público para ponerlos en libertad.

Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa, digo hoy en recuerdo de aquellos pájaros que hoy no “trazan letras misteriosas como escribiendo un adiós”. Y por los que todavía tienen sus días contados ante la eficiencia de tiradores del nuevo milenio que apuntan desde la sombra “con el sigilo de los criminales”.

Ojalá vengan mejores días para los pájaros que, según el citado poema de Rogelio Echavarría, “no inventan nuevos picos para el amor”, “no se enferman ni amanecen enguayabados”, “nunca se quejan de su fragilidad…”.

Con el perdón de los pájaros, me abro del parche.