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Así fue la revolución educativa que impulsó Don Jaime Posada

4 de julio de 2019
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
4 de julio de 2019
Jaime Posada, se destacó como presidente del Consejo Superior
Como homenaje póstumo de EJE 21 al Director de la Academia Colombiana de la Lengua, Don Jaime Posada, quien falleció ayer en Bogotá, reproducimos un fragmento del libro “Jaime Posada: El poder de las ideas”, escrito por nuestro colaborador Jorge Emilio Sierra Montoya, Miembro Correspondiente de dicha Academia.

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

(Fragmento de mi libro “Jaime Posada Díaz: El poder de las ideas”

Tras la clausura del diario El Tiempo en 1955 durante el gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla, Jaime Posada se quedó sin puesto. Y por ser quien era, un intelectual, a quien solo le pagaban por trabajar con las ideas, encontró en la universidad, en la vida académica, el único espacio para dar rienda suelta a sus más hondas convicciones liberales y naturalmente para sostener a su familia, recién formada.

Fue cuando le dio por fundar una universidad: la Universidad de América, hacia 1956, en plena dictadura, tanto por quererse dedicar de tiempo completo a la academia, a consolidar su formación literaria, histórica y política, con varios libros de su autoría en el tintero, como por su deseo explícito de abandonar ahora sí el periodismo, entre otras cosas por la sencilla razón de no poder ejercerlo debido al cierre del periódico al que estaba unido con fuertes lazos afectivos, como el país entero lo sabía.

La idea de crear este nuevo centro educativo fue suya, igual que tantas otras. Y le surgió como respuesta a la represión desatada por el régimen de turno contra las propias universidades (como fue el caso de la Universidad Nacional), algunos de cuyos famosos profesores, desde Carlos Lleras Restrepo hasta Darío Echandía, fueron expulsados por órdenes oficiales que pretendían dar al traste con la libertad de cátedra, base fundamental del sistema democrático.

La Universidad de América se convirtió, pues, en refugio para aquellos profesores, salidos de la universidad pública y entregados de lleno, con autoridad moral y cultural, a compartir sus vastos conocimientos en las aulas, donde fueron apareciendo para mayor satisfacción de los jóvenes estudiantes.

Eran figuras notables, reconocidas, que en algunos casos se vincularon más bien en condición de asesores o miembros del Consejo Académico, organismo al que pertenecieron, en aquella etapa inicial, Luis López de Mesa, Ricardo Hinestrosa Daza, José Vicente Castro Silva, Antonio Rocha y Germán Arciniegas, así como Baldomero Sanín Cano, designado, por unanimidad, primer rector honorario del claustro.

Y claro, con ellos había otros intelectuales jóvenes, de su generación, como Próspero Morales Pradilla, Pedro Gómez Valderrama y Alberto Hernández Mora, quienes también gozaban de enorme prestigio intelectual, ganado por lo general a través de sus escritos, de ensayos y novelas, o simplemente por su misma actividad periodística, en la que todos coincidían, casi siempre alrededor de El Tiempo, diario desaparecido -valga la insistencia- por voluntad suprema del gobierno.

Ante la represión desatada, se vio la necesidad de crear una universidad abierta a las ideas, donde pudieran expresarse las tendencias renovadoras que habrían de poner feliz término a la dictadura y restablecer el imperio de la ley, la libertad y la democracia.

Una universidad “de América”, además. Es decir, profundamente americana, con el espíritu bolivariano, de auténtica integración entre nuestros pueblos, que proclamaban personalidades como Alberto Lleras Camargo y Germán Arciniegas, quienes por cierto habían abierto la Cátedra de América en la recién nacida Universidad de los Andes.

América era el gran tema de la época, sin duda. Lo era también, como es obvio, para Jaime Posada, quien veía así la oportunidad única, excepcional, de seguir trabajando en ese tema, con algunas de las mentes más lúcidas de la nación y aún del continente, por la verdadera liberación de nuestros países.

Era un pionero, claro está. Y actuaba con entusiasmo, con decisión, con la vida puesta en cada uno de sus actos, pero igualmente con paciencia, con tranquilidad, con la laboriosidad del que teje la historia, puntada a puntada.

Pero, nuevos proyectos de tanta o mayor envergadura estaban a punto de salir a flote.

El fundador de ASCUN

Eran tiempos sombríos, de violencia y zozobra. Las universidades no eran ajenas a esto, ni mucho menos. Al contrario, la represión militar se desató contra los estudiantes en sus protestas callejeras, con trágicas consecuencias como la matanza de que fueron víctimas los jóvenes que marchaban, con el sueño de la libertad en sus corazones, por la carrera séptima con calle 13, en el centro de Bogotá, que por fortuna fue el preámbulo de la caída del régimen.

Para entonces, Jaime Posada defendía a capa y espada la democracia, con pleno apoyo al movimiento liderado por Lleras Camargo tras abandonar la rectoría de la Universidad de los Andes, y en tal sentido promovía otro movimiento, esta vez entre los máximos directivos universitarios, que eran sus colegas.

Fue así como se realizaron encuentros de rectores para actuar en forma armónica, coordinada, a los que asistían, entre otros, los rectores del Rosario, Castro Silva; el Externado, Hinestrosa Daza, y Javeriana, Padre Carlos Ortiz Restrepo, conscientes todos a una de la responsabilidad histórica que les había tocado en suerte.

No fue de extrañar, entonces, que luego de los terribles sucesos arriba comentados los rectores decidieran, al unísono, cerrar las universidades, más aún cuando el gobierno extremaba sus medidas de control, siempre de carácter represivo, en los centros educativos, según disposiciones de la ministra del ramo, Josefina Valencia, hija del célebre poeta payanés, autor de Anarkos.

Los rectores se reunían, además, para hablar de su oficio, de los proyectos conjuntos que debían emprender, de cómo debían integrarse para mejorar la calidad de la educación y la labor investigativa, cual si fueran uno solo o se tratara de una universidad única, unida y universal, según los principios que le habían dado origen en la Edad Media.

Se fue formando, pues, una asociación de universidades en Bogotá, integrada por sus rectores, que Jaime Posada, en su condición de promotor, fue a impulsar también en Medellín, adonde lo habían invitado a dictar una serie de conferencias sobre el General Francisco de Paula Santander, otro de sus personajes favoritos de la historia patria.

En la capital antioqueña fue recibido con los brazos abiertos. Su iniciativa caló de inmediato. Tanto que los rectores del momento (Gonzalo Restrepo Jaramillo, en la de Antioquia; Monseñor Félix Henao Botero, en la Bolivariana, y Eduardo Fernández Botero, en la de Medellín) le manifestaron su apoyo irrestricto, asumiendo las consecuencias políticas por los compromisos correspondientes.

A su regreso a Bogotá, Jaime Posada, en un mensaje trascendental como se vería con el paso del tiempo, propuso a sus colegas crear una asociación de universidades, cuyo lanzamiento debería hacerse en un encuentro nacional de rectores, el cual tuvo lugar en Medellín el 12 de octubre de 1957, con delegados de todo el país.

Sí, en un Día de la Raza, que celebra el descubrimiento de América, nació la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN), teniendo como telón de fondo la lucha, que al fin saldría victoriosa, contra la dictadura, por la concordia nacional y el restablecimiento de las instituciones democráticas porque realmente el sistema político y constitucional estaba acabado.

“Yo soy el fundador de ASCUN”, decía con orgullo.

Al Ministerio de Educación

A comienzos de 1961, Jaime Posada era Director de ASCUN mientras ocupaba, en forma simultánea, la Vicepresidencia de la Comisión de Educación de la Cámara de Representantes, adonde fuera elegido en 1957 (durante los comicios parlamentarios que precedieron al triunfo de Lleras Camargo tras la realización del Plebiscito) y reelecto en 1960.

Era, pues, Representante a la Cámara por Bogotá, con un electorado en ascenso, que fue la feliz culminación -o apenas el principio, en realidad- de su carrera política, posterior a su brillante actividad periodística, la misma que no podía ejercer porque Eduardo Santos, propietario de El Tiempo, consideraba incompatibles ambos oficios: el de la libertad de expresión, al servicio del bien común, y el del proselitismo político, signado por un propósito partidista, de claro beneficio personal, aunque se hiciera en defensa, que era su caso, de los intereses nacionales.

Como tal, como congresista dedicado a los temas educativos que habían sido objeto de su permanente reflexión en múltiples escritos desde la época en que ocupó la secretaría general del Ministerio de Educación bajo la sabia orientación de Germán Arciniegas, estaba acaso listo para asumir más altos destinos que en un primer momento se manifestaron por otro camino: la vía diplomática.

En efecto, fue en los inicios de 1961 cuando el Presidente Lleras Camargo lo nombró embajador de Colombia en Argentina, donde parecía emprender la carrera diplomática que habría de marcarlo igualmente en su vida. Viajó a Buenos Aires, organizó cuanto era necesario para garantizar las mejores condiciones en la futura estadía con su esposa y sus pequeños hijos, arrendó su vivienda en Bogotá y, cuando todo estaba en orden para el traslado, entró una llamada “de Palacio”, sorpresiva por cierto.

A decir verdad -le decía el jefe del Estado-, los recientes conflictos en la Universidad Nacional habían provocado la renuncia del ministro de Educación, Alfonso Ocampo Londoño, por lo cual era necesario escoger su reemplazo de inmediato.

“Tú eres embajador en Argentina”, le dijo el mandatario, sabiendo a lo mejor que en la noche anterior le habían rendido un homenaje de despedida en la sede de la embajada de Estados Unidos en Bogotá, al que asistieron numerosos diplomáticos para recibir con bombos y platillos al nuevo colega.

“Pero -agregó con un tono más familiar, de amigo-, quiero que me ayudes más bien en el Ministerio, como ministro de Educación. Tú decides…”.

Y Jaime Posada decidió de inmediato. “Con mucho gusto”, le respondió, asumiendo el reto de trazar y ejecutar la política que tanto había reclamado en múltiples ensayos, en artículos periodísticos, en los debates parlamentarios y, con mayor razón, en la Asociación Colombiana de Universidades que aplaudió con entusiasmo su designación, aceptando esta vez su renuncia que años atrás, cuando fue elegido al Congreso, no le quiso aceptar.

De este modo, entró a formar parte del llamado Kínder de Palacio, o sea, un gabinete ministerial compuesto por jóvenes, el mayor de los cuales era Fernando Londoño Londoño, Canciller de la República, a quien le seguían Otto Morales Benítez, Rodrigo Llorente Martínez, Gilberto Arango Londoño…, todos ellos menores de cuarenta años y con un sólido prestigio intelectual a cuestas.

De haber estado a la sombra del poder, ahora, con solo 37 años de edad, empezaba a ejercerlo.

Y claro que lo ejerció. El poder es para poder, diríase en respuesta a la célebre pregunta de Echandía: “El poder, ¿para qué?”. Pudo, entonces, hacer realidad muchos de sus sueños sobre la revolución educativa, cultural, que había concebido en su adolescencia, desde la Federación Nacional de Estudiantes.

Fue un ministro con todas las de la ley, según dijeron los comentarios de prensa.

Un líder continental

En su calidad de ministro de Educación de Colombia, Jaime Posada asistió a un encuentro con sus colegas de todo el continente en Washington, donde el Presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, había creado el Grupo Interamericano sobre Educación, cuya sede era la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Por lo visto, su espíritu americanista salió a flote, junto a los ideales de integración continental que compartía con la OEA desde sus orígenes cuando surgió de la mano inspiradora de Alberto Lleras, y fue así como en las reuniones ministeriales asumió un auténtico liderazgo, proponiendo allí reformas de fondo sobre educación, ciencia y cultura, que habían sido igualmente sus banderas en la dirección de ASCUN, la rectoría de la Universidad de América y la Cámara de Representantes.

A su regreso, y cuando ya se acercaba el inminente retiro del gobierno al concluir el mandato de Lleras Camargo, recibió una llamada telefónica desde Washington, de la Secretaría General de la OEA, nada menos que para ofrecerle el cargo donde podría llevar a cabo las reformas propuestas.

Aceptó, ipso facto, la tentadora oferta, tanto que ni siquiera se dejó seducir por otra, de Eduardo Santos, para actuar como director ejecutivo de El Tiempo al lado de Roberto García-Peña como Director General, invocando el compromiso previo de sacar adelante las citadas reformas en la OEA para justificar su decisión, sorprendente en grado sumo.

Ahora bien, cuando el Presidente electo, Guillermo León Valencia (a quien días antes acompañara, en comisión de empalme, a Washington, con el ministro de Hacienda, Jorge Mejía Palacio), supo del nombramiento que por cierto honraba a Colombia, le hizo un nuevo ofrecimiento que esta vez acogió: la embajada de nuestro país ante la Alianza para el Progreso, aprovechando sus buenas relaciones con Kennedy.

Ahí, como embajador, estuvo sólo un año, puesto que sus amigos de la OEA, tras insistirle una y otra vez, lograron convencerlo de asumir la Secretaría de Educación, Ciencia y Cultura, adscrita a la Secretaría General de la Organización, una de las posiciones más importantes que algún colombiano haya ocupado en el exterior.

Su gestión en dicho cargo fue intensa, dejando huella: creó los Departamentos de Educación, Ciencia y Cultura, con expertos de diferentes países y presupuesto propio, sumado al que provenía, como hiciera antes en el Ministerio, de la Alianza para el Progreso; realizó congresos y foros regionales sobre educación, con los ministros del ramo (Pedro Gómez Valderrama y Daniel Arango, por Colombia), y convocó varios encuentros de dimensión continental, ratificando el liderazgo americano que ya le caracterizaba.

Quería hacer una revolución educativa en las Américas, como la había soñado en su juventud; darle a la educación, en la OEA, la profunda transformación que ésta había alcanzado en el plano político, y hasta modificó su Carta suprema en tal sentido, montando el Consejo Ministerial de Educación, Ciencia y Cultura, naturalmente con los ministros respectivos como sus miembros.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua