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Variaciones a un romance de Federico García Lorca

26 de junio de 2019
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
26 de junio de 2019

El “Romance de la luna, luna” es uno de los poemas preferidos por los fieles lectores de Federico García Lorca en todo el mundo y, especialmente, en los países de lengua castellana. Forma parte del “Romancero Gitano”, la obra más popular del célebre y siempre recordado poeta granadino; incluso fue musicalizado, con interpretaciones memorables como la de Carmen París (cuyo video se puede disfrutar en YouTube), y sus versos todavía se repiten por doquier, a veces aprendidos de memoria y declamados con pasión, lo que de ninguna manera puede evitarse.

De hecho, la historia que allí se narra, tal como es usual en el romancero español, genera dichos efectos, más aún cuando se trata de una tragedia teatral que se desarrolla en tres actos con versos octosílabos, los cuales le dan esa gran musicalidad de ritmo flamenco, donde hay dos actores principales, la luna y un niño gitano, seguidos de cerca por el poeta, quien hace las veces de narrador.

Los tres actos

Al abrirse el telón, aparece la luna, vestida de blanco, que se asoma a un solitario campamento gitano, donde un niño la mira, embelesado: “La luna vino a la fragua / con su polizón de nardos. / El niño la mira, mira. / El niño la está mirando”. Estas dos últimas líneas, que repiten la escena inicial en ritmo frenético, acompasado (“la mira, mira…, la está mirando”), ejercen sobre el lector un efecto hipnótico, del que ya no podrá salir hasta el fin del poema. Queda atrapado, como en una cárcel.

A continuación, mientras la luna atrae la atención del niño con su baile seductor, insinuante -“En el aire conmovido / mueve la luna sus brazos / y enseña, lúbrica y pura, / sus senos de duro estaño”-, se entabla un diálogo entre ellos, donde el infante le pide al astro que se vaya, que huya, pues si llegan los gitanos -le advierte- “harían con su corazón / collares y anillos blancos”, a lo que la luna se niega, acaso para acompañarlo, hacerlo dormir y velar su sueño. Esta escena también se repite al cerrarse el primer acto (“Huye luna, luna, luna… Niño, déjame…”), evitando así que el lector-espectador despierte del estado en que se encuentra.

Segundo acto: Al volver la narración del poeta, los gitanos se acercan a su campamento, con “las cabezas levantadas / y los ojos entornados”, a través del olivar que todavía se extiende a lo largo de Andalucía, precedidos por un jinete, “tocando el tambor del llano”. El niño, entretanto, “tiene los ojos cerrados”.

Tercero y último acto: De nuevo el poeta-narrador interviene para describir el dolor, al que ni siquiera la naturaleza es ajena: “Cómo canta la zumaya, / ¡ay, cómo canta en el árbol!”. ¿Qué pasó? Las imágenes se suceden de manera atropellada: la luna se marcha “por el cielo”, llevando al niño de la mano, mientras los gitanos gritan, desconsolados, en la fragua.

“El aire la vela, vela. / El aire la está velando”, dice Lorca con su mágico ritornelo que nos hace, por fin, abrir los ojos y darnos cuenta, con tristeza, de la terrible tragedia: ¡el pequeño no está dormido sino muerto!

Encuentro en el Cielo

¿Qué fue -cabe preguntar- de los gitanos? ¿Y del niño, de quien apenas se sugiere que fue al Cielo, gracias a su inocencia? Nada sabemos, en realidad. Solo queda el presente continuo, perpetuo, del dolor por la muerte temprana, sentimiento revivido a su vez por los lectores de todos los tiempos.

Hubo alguien, sin embargo, que se atrevió a prolongar esa triste historia de Lorca, por absurdo que parezca. En efecto, el poeta risaraldense Francisco Javier López Naranjo, también autor de romances que le han merecido premios internacionales (varios en España, precisamente), escribió otro romance -“Del angelito y el gitanillo”, lo llama-, que repasaremos a continuación. Veamos.

“Por el cielo va la luna / con un niño de la mano”, dicen los primeros versos, haciendo eco, textualmente, a la descripción postrera del poeta granadino. Pero, continúa: “Y con él un angelito / juega, corriendo en los astros”. Los versos también acá son octosílabos, en estrofas de cuatro y ocho versos, que narran una pequeña historia, al mejor estilo del romancero español.

El gitanillo, en consecuencia, llegó al Cielo y aparece jugando con un angelito, de quien se aclara de inmediato que es una niña: “El querube fue una niña / que aromó a su hogar de encanto”. Se trata, pues, del mismo personaje aparecido en un romance anterior de López Naranjo -“De la sierra y la estrella”-: María Fernanda, “la hermosa florecita / que perfumaba en la estancia”, a quien su padre, autor del libro “El Angelito (Poemas a la muerte de mi niña)”, le cantó “en muy tiernas poesías”.

Así las cosas, el angelito y el gitanillo se encuentran en el Cielo, luego de sus muertes sorpresivas, inesperadas; juegan, como tanto lo hacía María Fernanda con su papá, y se miran, igual que el niño miraba a la luna en el romance de Lorca: “Sus luceros de esmeralda / a él ya lo están mirando, / mientras el niño la mira / con sus ojos entornados”, expresiones que rememoran los ojos verdes de la niña y sendos pasajes del “Romance de la luna, luna”: “El niño la mira, mira” con “los ojos entornados”, propios de los gitanos.

De un momento a otro, ambos empiezan a cantar una copla que sale del fondo de sus almas gemelas, con lo cual llegamos al clímax del poema.

Mensajes de esperanza

De hecho, los dos niños están -dice el poeta, con la objetividad debida- “lejos de sombras y abrojos, / lejos del dolor humano”. Y es cierto: la niña murió después de una breve enfermedad, como pudo haberle sucedido al niño gitano, quien abandonó el mundo en medio de la mayor soledad, apenas acompañado por la luna. Ni siquiera ellos, en su infancia, se libraron del dolor y las sombras, a diferencia de la felicidad que ahora disfrutan en el Cielo.

Por eso les cantan a sus seres queridos, desde los gitanos hasta el padre, la copla que empieza con una reflexión filosófica, fruto acaso de la sabiduría divina, que bien podría formar parte de las inmortales “Coplas a la muerte de su padre” de don Jorge Manrique: “Las penas son pasajeras, / como el mundo y los halagos”. Desde el más allá, en fin, transmiten mensajes de esperanza, de fe y, sobre todo, de amor, para que unos y otros no se hundan en la desesperación.

“Solo el amor es eterno”, cantan en dúo, confirmando lo que presencian en la infinitud del universo, lleno de estrellas: “Por él (por el amor) sonríen los astros”. El espíritu religioso del autor se manifiesta al sugerir la suprema concepción de la divinidad para el cristianismo: “Dios es amor”, en palabras del evangelista Juan.

De ahí que esta copla se repita, respondiendo en cierta forma a los gritos angustiados de los gitanos y al llanto inconsolable del padre, para cerrar el poema, un recurso técnico, de extraordinario impacto emocional, al que recurrió Lorca en diferentes ocasiones, tanto en sus poemas como en sus obras de teatro.

No nos queda sino volver sobre los textos del “Romance de la luna, luna” y el “Romance del angelito y el gitanillo”, que reproducimos a continuación: 

Romance de la luna, luna

De Federico García Lorca

La luna vino a la fragua / con su polizón de nardos. / El niño la mira, mira. / El niño la está mirando.

En el aire conmovido / mueve la luna sus brazos / y enseña, lúbrica y pura, / sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna. / Si vinieran los gitanos, / harían con tu corazón / collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile. / Cuando vengan los gitanos, / te encontrarán sobre el yunque / con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna, / que ya siento sus caballos. / Niño, déjame, no pises / mi blancor almidonado.

 

El jinete se acercaba / tocando el tambor del llano. / Dentro de la fragua el niño / tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían, / bronce y sueño, los gitanos. / Las cabezas levantadas / y los ojos entornados.

 

Cómo canta la zumaya, / ¡ay, cómo canta en el árbol! / Por el cielo va la luna, / con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran, / dando gritos, los gitanos. / El aire la vela, vela. / El aire la está velando.

 

Romance del angelito y el gitanillo

De Francisco Javier López Naranjo

“Por el cielo va la luna / con un niño de la mano”. / Y con él un angelito / juega, corriendo en los astros.

El querube fue una niña / que aromó a su hogar de encanto, / pero ahora feliz juega / con su amiguito gitano. / Sus luceros de esmeralda / a él ya lo están mirando, / mientras “el niño la mira” / con sus “ojos entornados”.

Ambos a dúo en el Cielo / esta copla van cantando, / lejos de sombras y abrojos, / lejos del dolor humano: / “Las penas son pasajeras, / como el mundo y sus halagos. / Solo el amor es eterno; / por él sonríen los astros”.

“Dentro de la fragua lloran, / dando gritos, los gitanos”. / Y la sierra, por la niña, / se desangra, vuelta llanto. / “Las penas son pasajeras, / como el mundo y sus halagos. / Solo el amor es eterno…”, / los niños siguen cantando.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua