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Romance de López Naranjo sobre mi libro “El Angelito”

19 de junio de 2019
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
19 de junio de 2019

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Francisco Javier López Naranjo

El Romance de la sierra y la estrella, escrito por el galardonado poeta risaraldense Francisco Javier López Naranjo, cumple a cabalidad con las normas que rigen desde hace varios siglos al romancero español: estrofas de ocho versos, lo que facilita el relato propio de estos poemas de rancio ancestro popular, y versos, a su vez, de ocho sílabas (octosílabos), que le dan esa alta musicalidad, cercana al canto. Es, sin duda, un romance lírico, como se verá a continuación.

En los romances, ya se sabe, suelen contarse historias. Y éste no es la excepción: empieza con una pequeña niña de solo diez años de edad, “hermosa florecita / que perfumaba en la estancia”, dando enorme alegría a su familia. La felicidad del hogar, sin embargo, se rompe en pedazos cuando la parca se enamoró de ella, causándole la muerte. La niña, pues, murió en la plenitud de su infancia, sin alcanzar siquiera sus sueños de juventud. Partió cuando apenas comenzaba a vivir.

El dolor de su padre, como era de esperarse, fue total. Pero, aquí el poeta emplea un recurso bastante ingenioso para identificarlo: lo llama “la sierra”, en tácita alusión a su apellido, Sierra (Jorge Emilio Sierra), quien escribió precisamente un libro a la muerte de su hija María Fernanda –El Angelito-, origen del romance que estamos narrando. La sierra, además, adquiere por momentos su real significado, como si las montañas, en la tierra, sintieran ese dolor “que le ha erosionado el alma”.

El Romance de la sierra y la estrella es, en fin, la trágica historia del padre y su hija muerta, descrita inicialmente en el libro El Angelito (Poemas a la muerte de mi niña), del cual soy autor.

Refugio en la poesía

Sigamos con la historia. ¿Qué pasó con la niña? Según las creencias cristianas, tan arraigadas en la bella región cafetera de la que es oriundo el poeta, subió al Cielo, transformándose así en un angelito, como lo expresa Sierra en su libro: “Eres un ángel, mi niña, / un angelito de amor. / Volviste al Cielo, pequeña. / Volviste a reinar con Dios”.

“Su esencia fue a las estrellas / con los ojos de esmeralda”, afirma López Naranjo, destacando el color verde de los ojos de María Fernanda, a los que Sierra dedicó uno de sus poemas, cuya primera estrofa dice: “Tenías los ojos verdes. / Eran verdes como el mar, / brillaban más con el sol / y parecían estrellas / en el cielo de tu rostro / angelical”.

El padre, además, se refugia en la poesía para calmar su pena. Tras la muerte de su hija -señala el Romance, conmovido-, “el poeta le canta a María Fernanda”, precisando más adelante la situación de ambos, unidos en la distancia: “Desde el Cielo, en lo alto, brilla / la estrella María Fernanda, / y en muy tiernas poesías / la sierra, el padre, le canta”.

Hasta aquí, los sentimientos que prevalecen son el dolor, la tristeza, la soledad y la desolación del padre angustiado, presa de la desesperación, de lo cual va dejando constancia en sus versos, leídos veinte años después de la muerte de la niña (cuando el libro El Angelito se publicó, en febrero pasado) por López Naranjo, nacido, como Sierra Montoya, en un pueblito de Risaralda: Apía y Marsella, respectivamente.

Al padre, valga anotarlo, lo salvó la poesía de tan honda pena y, en especial, su fe cristiana, compartida también por López Naranjo, quien recurre a ella para mostrar cómo la niña no está muerta sino viva, gozando de la vida eterna, donde espera a su progenitor para reanudar sus alegres juegos de otrora y oírle sus poemas infantiles que él le escribía y recitaba.

Es la parte final del Romance, que repasaremos a vuelo de pájaro.

Mensajes de fe

Para expresarlo sin rodeos, es la misma niña quien salva a su padre. ¿Cómo? Dándole fuerzas, ánimo, desde el Cielo, y diciéndole, con amor, que allá lo espera, sembrando en él la esperanza: “Pero la amorosa estrella, / con fulgores de esperanza, / al gran poeta lo alienta: / “¡Aquí te espero!”, le canta”. La esperanza, recordemos, es una de las tres virtudes teologales en la doctrina cristiana, junto a la fe y la caridad (que es sinónimo de amor).

“Soy ahora un angelito”, confiesa, según habíamos anticipado. Por ello le explica, con la sabiduría divina a cuestas, que “la existencia en la tierra, / papá, es solo una escala / que a la eternidad nos lleva”, para concluir que el Cielo es “nuestra verdadera casa”. Llegamos acá, por tanto, a un plano metafísico, religioso en sentido estricto o de suprema reflexión filosófica que el padre habrá de alcanzar, como en efecto sucedió.

Al final del Romance, el angelito le anuncia a su papá que cuando llegue para hacerle compañía “jugaremos en el alba” y “me arrullarás con versitos que solo un lucero canta”, ante lo cual él parece mirar hacia el infinito, lleno de amor: “Y la sierra, con suspiros, / escucha en la noche helada / su amor puro e infinito / al ángel María Fernanda”.

El Romance de la sierra y la estrella ha terminado, aunque se prolongará en un futuro romance de López Naranjo –Del angelito y el gitanillo– que sigue los pasos al Romance de la luna, luna de García Lorca en su Romancero Gitano, sobre el cual hablaremos en próximo artículo.

Romance de la sierra y la estrella

De Francisco Javier López Naranjo

Hay un dolor en la sierra

que le ha erosionado el alma:

una flor, de las más bellas,

se marchitó y fue tronchada.

Su esencia fue a las estrellas

con los ojos de esmeralda.

Desde entonces, el poeta

le canta a María Fernanda.

 

Solo diez años tenía,

mas se enamoró la parca

de la hermosa florecita

que perfumaba en la estancia.

Desde el Cielo, en lo alto, brilla

la estrella María Fernanda,

y en muy tiernas poesías

la sierra, el padre, le canta.

 

Pero la amorosa estrella,

con fulgores de esperanza,

al gran poeta lo alienta:

“¡Aquí te espero! -le canta-,

pues la existencia en la tierra,

papá, es solo una escala

que a la eternidad nos lleva…

¡Nuestra verdadera casa!

 

Soy ahora un angelito.

Jugaremos en el alba;

me arrullarás con versitos

que solo un lucero canta”.

Y la sierra, con suspiros,

escucha en la noche helada

su amor puro e infinito

al ángel María Fernanda.

 

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua