7 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

OXFORD  

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
14 de junio de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
14 de junio de 2019

Se necesitaba a una persona que tuviera la disciplina y consagración suficientes como para emprender una tarea enorme, monumental, que debía partir de cero y cuyos límites no era posible concebir en ese instante. Miraron al interior de la academia y no encontraron a nadie con la disposición de hacerlo, porque todos estaban  ocupados en las diferentes funciones que como docentes, investigadores, académicos, asesores, tutores debían desempeñar en su rutina diaria. Nadie tenía el tiempo disponible, ni mucho menos los conocimientos como para ser capaz de armar un plan de trabajo, en el que se pudiese fijar un cronograma  que fuese capaz de dar una respuesta a la Universidad en que momento se tendrían avances de la obra y cuando podría anunciarse su final. Si era que tenía  final, que fue el primer gran interrogante que apareció cuando la idea se puso sobre la mesa.

Buscaron eruditos que pudiesen tener la disposición de hacerlo, por encargo de la Universidad y con dedicación de tiempo completo, que luego llegarían a saber que  era tanto como horas pudiese tener el día, sumándole las de la noche. Buscaron a un veterano profesor, calificado entre los mejores. En el Consejo Directivo lo entrevistaron y la primera gran sorpresa que se llevaron fue que ni siquiera tenía un título universitario. No podían entender como un hombre  que no se había graduado en nada, pudiese ser calificado como un gran profesor en el alma mater. El profesor se sostuvo con firmeza  que no era doctor en nada, que no había tenido esa oportunidad vital, que todo lo que sabía no era más que el producto de un proceso de aprendizaje autodidacta.  Era el candidato ideal. Le gustó el proyecto. Expuso sus ideas y de cómo podría desarrollarse. Cuando se da el debate  de cual era la exigencia  que demandara ser profesional graduado en algo para ser el responsable de esa realización, no la encontraron. Casi lo contrataron por descarte. No había nadie más. No había calificado nadie más y nadie más estaba en disposición de comprometerse con una empresa de ese tamaño, que era tanto como aventurarse a navegar  con un pequeño barco de vela en un mar tormentoso, inmenso, interminable. Un mar que no tenía fin.

El profesor llegó a casa  entusiasmado  por el proyecto que le acababan de encomendar y al que le dedicaría de ahí en adelante todo su tiempo. Esperó la reacción entusiasta de su esposa, quien fue más consciente  de la dificultad de la tarea y supo en ese momento que su esposo, que poco o nada permanecía en casa por sus obligaciones laborales y sus constantes lecturas e investigaciones, ahora estaría más ausente  de la familia. Reaccionó con el sentido pragmático de la mujer, que antes que nada piensa en la familia, en el hogar, en la estabilidad emocional de todos, para lo que es indispensable  la presencia de todos. Pero allí estaría y ayudaría en lo que pudiese. El proyecto, además, iba a ser muy bien pagado y  eso permitiría más holgura económica en casa. Se haría el esfuerzo.

Cuando el profesor James Murray  dió inicio a las investigaciones  de establecer la totalidad de las palabras existentes  en el idioma inglés, definiendo a cada una de ellas y dando un ejemplo de cita en que se incorporase, entendió que el encargo era maravilloso, porque iba a aprender  lo que hasta ahora no había aprendido y su mente se mantenía alerta y abierta a recepcionar cualquier conocimiento.  Su vida, en adelante, sería nutrirse de palabras, conceptos, definiciones, explicaciones y cosas  que no estaban en el acervo de su memoria. Fue cuestión de avanzar unos pocos días en la investigación, para darse cuenta de que necesitaba ayuda académica. Pidió a los directivos que lo apoyaran  con empleados que fueran sus auxiliares investigadores. Le dieron los que pidió, pero mientras  más le daban más le hacían falta, hasta que se llegó al tope máximo del presupuesto del proyecto y fueron contundentes con Murray: tiene que trabajar con lo que haya, porque no había más.

La aventura del conocimiento siempre será atractiva para la gente. El profesor Murray convocó voluntarios que quisieran ayudar con  el proyecto y resultaron varios que le dedicaron mucho tiempo a investigar y ordenar palabras, definiciones, conceptos, citas, ejemplos y tener esos elementos manualmente organizados en medio de montañas de libros, de muchas notas tomadas a mano, de muchas anotaciones adicionales que debían ser complementarias.

Hasta el anexo psiquiátrico  del penal llegó la convocatoria y uno de los pacientes-presos pidió que lo dejaran participar porque necesitaba estar ocupado. Permanecía a disposición de los burdos métodos psiquiátricos de entonces (finales del siglo XIX), sometido a la férrea voluntad de un profesional  que lo trataba como a un animal y le aplicaba toda clase de torturas a manera de tratamientos de recuperación de la pérdida de la razón, ya que estaba allí por haber sido enviado por una Corte que lo juzgó por la muerte de un hombre, a quien mató en la oscuridad de un callejón, en medio de un episodio de delirio de persecución, habiendo sido declarado no responsable, pero por demencia. No era demente, fue una decisión judicial que así lo determinó, para enviarlo a tratamiento de recuperación, tras las rejas de una celda y viviendo las 24 horas del día sometido a las humillaciones de cadenas en sus brazos y en sus piernas, al ser declarado un loco de alta peligrosidad.

No fue fácil que el médico tratante accediera, en la condición de  que lo hiciera en su celda de reclusión (castigo), para mantenerlo bajo control absoluto. Comenzó a pedir libros, muchos libros, de toda clase, de todas las ciencias, de todas las artes, su inteligencia era de un nivel superior.  Era médico de formación, de origen norteamericano, ilustre y reconocido en el mundo por sus estudios científicos, en el campo de la ciencia se movía  en su propio universo. Tenía una memoria absolutamente prodigiosa. Todo lo que leía o veía, lo grababa de manera inmediata. Razonaba con una extraordinaria facilidad. Comenzó a devorar libros de toda clase. La celda se convirtió en una desordenada biblioteca, llena de notas con palabras, definiciones, conceptos, ejemplos y citas. Trabajaba día y noche. Eso lo alejaba de las salvajes prácticas médicas que pretendían curarlo de su locura y apenas si lograban desquiciarlo del todo. Era el doctor William Chester Minor. Comenzó a enviar palabras y palabras a la Universidad para el proyecto del Diccionario de la Lengua Inglesa de Oxford. Murray desconfió de los primeros envíos, los revisó y comprobó que cumplían con todo el rigor científico de una obra de esa naturaleza.

En menos tiempo del previsto, los tomos correspondientes a las letras A, B y C estuvieron listos para ser editados y darle al mundo un avance serio y contundente de lo que sería ese gran diccionario,  que ahora puede consultarse electrónicamente  en la totalidad de sus tomos y  que permanentemente  es actualizado, porque se ocupa de una de las materias más dinámicas en el conocimiento humano, como es el lenguaje. Este, como la sociedad, no se detiene nunca en su desarrollo. La teoría que los explica tampoco se puede detener.  Con la edición de los primeros tomos los exigentes académicos hicieron par al profesor Murray y le dieron un doctorado honoris causa en lingüística, para que fuese uno de ellos el autor de ese monumento a la sabiduría.

Surgió entonces la inquietud obvia de Murray de conocer a ese eficiente y gratuito colaborador, a quien bien podría decirse que en ese momento se debía la mitad de la obra. Cuando quiso hacerlo, encontró todos los tropiezos habidos y por haber. Estaba prisionero y su libertad la tenía perdida en un anexo psiquiátrico, considerándolo alguien peligroso. Insistió hasta que pudo entrevistarse con él y nació una relación que no debe  calificarse de manera diferente a una amistad intelectual, fundada en un proyecto común. Se encontró con un ser lúcido, consciente, inteligente, brillante, con muchos proyectos  en la cabeza y lleno de temor ante los tratamientos que recibía. El proyecto continuó adelante con  la colaboración de ambos, ahora de manera abierta y con la facilitación ilimitada de libros para el doctor Minor, que no paraba de encontrar palabras y desmenuzarlas para hacerlas comprensibles a todos los hablantes del idioma inglés.

Minor  vivía su tragedia aunada a la de la familia del hombre  al que dio muerte de varios disparos de  revolver, habiendo sido visto, reconocido y  ratificado por la esposa del fallecido, quien fue la principal testigo en el juicio. Minor supo que esa familia moría de hambre. A través de un tercero hizo lo posible por socorrerla y ayudarla de manera periódica y constante en lo económico. No les fallaba la mesada asignada, digna para la dama y sus cuatro hijos.

La viuda lo quiso conocer para darle las gracias, sin perdonarle la muerte de su esposo.  Y se creó una confusa relación (odio-gratitud-amor?)  que llevó a que la  dama invitase  a sus hijos hasta la prisión para que conocieran a su benefactor, sin ocultarles que era el asesino de su padre. Los menores lo saludan con cortes en manos de apasionados  desbordados, como son todas aquellas realizaciones en las  se logran hgrandes metas. na realidad, peroía. La mayor le estampa una gran cachetada y lo mira con odio. Ella, la viuda, sientió que en su afecto se generaba una extraña emoción que no fue capaz de definir y mucho menos de controlar. Es un drama que se une al otro drama de una locura creada por el mismo tratamiento médico. Es una situación  que no es fácil de razonar.

El diccionario llega a ser una gran realidad y constituye el tema central de la película “Entre la razón y la locura”, basada en la novela “El cirujano de crowthorne”, de Simón Winchester, autor inglés, nacido el 28 de septiembre de 1944, publicada  por primera en 1998, y cuyos derechos de autor para cine fueron adquiridos por el actor y productor Mal Gibson hace más de veinte años, pero cuyo desarrollo tuvo todos los tropiezos  del mundo, por cambios de director, modificaciones en el guión, pleitos legales, al punto de que habiendo sido  realizada en el 2016, apenas pudo estrenarse en mayo de 2019, pasando un tanto desapercibida en las carteleras nacionales, en las que se imponen las aventuras ficticias  de monstruos mecánicos que no demandan pensar y de esa manera dedicarse durante su proyección a comer crispetas y tomar gaseosa. Es un cine de conocimiento y la atención tiene que ser constante.

La película cuenta con la actuación principal de Mel Gibson, en el papel del profesor Murray, que debe decirse sale dignamente librado, en algo que no posee sangre, ni salpicaduras de ella en la cara de los espectadores, como es el estilo de este actor y de Sean Penn, quien personifica a Minor, en otra más de esas actuaciones memorables a que nos tiene acostumbrados  este versátil  hombre de teatro, capaz de meterse en la piel y en las emociones de seres enajenados  que terminan siendo completamente creíbles.

A más de los protagonistas dichos, el filme cuenta  con las actuaciones muy brillantes de Natalia Durmer y Jennifer Ehle, quienes  desde el segundo plano hacen unos papeles convincentes, capaces de transmitir toda la emocionalidad que situaciones como las vividas por esas personas del mundo real, pudieron vivenciar.

La película tuvo todos los tropiezos  del mundo. Estuvo a punto de nunca ser exhibida pues cuando ya estaba terminada surgieron disputas legales que terminaron en tribunales, que al final le dieron la razón a Gibson, como dueño de los derechos de autor para cine. Fueron varios los directores que en un comienzo se comprometieron con el proyecto cinematográfico, pero hubo desentendidos y confrontaciones que condujeron a que en un momento determinado fuera el mismo Gibson quien dirigiera, pero al final dejó esa tarea al guionista  Farhad Safinia (norteamericano nacido en Teherán, Irán, el 3 de mayo de 1975), con quien ya había trabajado en su cinta “Apocalipsis”, sobre el mundo aborigen mexicano, con sobrecarga de  violencia, que usó en esta ocasión para presentarse  un seudónimo ya utilizado, como es el de P. B. Sherman,  que al final de la cinta no le dice  nada al espectador.

La obra deja ver en algunos muy pocos pasajes las numerosas contingencias que debieron superar para que fuera una realidad, pero en general da cuenta de un gran proyecto del conocimiento que se emprendió en manos de apasionados  desbordados, como son todas aquellas realizaciones en las que  se logran  metas inmortales.

La cinta cuenta como se redactó el Diccionario de la Lengua Inglesa de Oxford, en la que se encuentra el idioma anglosajón en su totalidad y sigue siendo un texto de gran utilidad para los estudiosos de las lenguas.

No es fácil hacer una película con un tema que puede aparecer pesado en medio de tantas ficciones. Aquí se trata de contar algo real, teniendo como guía un texto novelado, que a su vez se fundó completamente en hechos de orden histórico. Mantener la atención de los pocos espectadores que la han visto en Colombia, es asunto complicado, pero quienes entienden del saber y del encanto que es acercarse al conocimiento en todas sus formas, lo toman como un filme muy digno, que es posible que en otros ambientes diferentes al facilista de lo comercial, como el nuestro, haya tenido y llegue a tener una mejor suerte. Es que hasta con la crítica  no le ha ido bien a la cinta, que vale la pena observar con la pasión de quienes fueron capaces de construir ese monumento a la sabiduría que siempre es un gran diccionario. Los diccionarios seguirán siendo la fuente de muchos, de casi todos los saberes.