24 de agosto de 2019
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Octavio Jaramillo Echeverri

11 de junio de 2019
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
11 de junio de 2019

Octavio Jaramillo Echeverri era ya un abogado, que con su hermano Marino, ejercía la profesión en una oficina situada en el marco de la Plaza de Bolívar, cuando le conocí. Sus nombres, en letra grande, sobre el vidrio, en un segundo piso, enseguida del edificio de Liborio Mejía,  se podían apreciar desde la calle. Marino ya era una figura destacada de la política y Octavio había sido diputado de la primera Asamblea Departamental del Frente Nacional.
Cuando mi familia vivió un tiempo, en una casa de don Leonidas Palacio, en la calle 27 con 20 o 19, por allá por los años 30, fue vecina de la suya. Tres Jotas, don José Jesús Jaramillo, su padre, amigo del mío y muy mencionado por éste, al que identificaba con las tres iniciales, fue bastante conocido y estimado en la ciudad.

La Patria acostumbraba publicar diariamente poemas cortos, sobre todo sonetos, en sus páginas editoriales, como años antes lo hacía en las sociales. Eran los tiempos de Rafael Lema Echeverri y Santander Arias, con los otros de su estirpe. Algunos de ellos los recortaba yo del periódico y los metía en algún libro. Fue a comienzos de los 60 o un poco antes, cuando el reinado de Luz Marina hizo caer a  buenos y malos poetas, en versificados pecados de lesa poesía.

Los sonetos de Octavio aparecían en ellas. La circunstancia de que en esos años Jaime Echeverri, el hoy consagrado  narrador,  llegara a ser mi vecino de enfrente, mi paciente interlocutor, mi cómplice de lecturas y proyectos culturales, incluso, más resignado que complaciente, hasta mi cuñado,  pues a la “monita” Maria Emilia, su hermanita, la convertí en víctima de mis primeros sonetos, de serenatas y declaraciones, con todo el ímpetu de los primeros amores, y que su tío Octavio, quien llegaba en un inmenso carro verde, visitara con devota frecuencia a su hermana Mariela,  me llevó a cometer el atrevimiento de someter a su criterio la colección de mis versos adolescentes, hecho que ni él ni yo logramos perdonarnos nunca. Lo habría olvidado, porque seguro mostré mis versos a otros, pero Octavio se encargó de recordármelo durante todos estos años, con una ingenua y complacida perversidad.

Fue siempre su pequeño desquite ante mis frases juguetonas, pues asumía algunas como pungentes, sin alterar por eso una afectividad que venía de tanto atrás. Porque fueron las situaciones que me ligaron a Octavio y a parte de su familia, para mi tan próxima, las que afirmaron unos nexos en los que la afectividad primó sobre las reticencias.

Hombre sensible, Octavio Jaramillo Echeverri, tuvo una actividad intelectual y profesional múltiple. Después de venir graduado de Popayán, donde dirigió publicaciones estudiantiles, hizo política, ejerció la profesión, escribió poesías y ensayos, ganó concursos, publicó libros, fundó emisoras, y en el ámbito personal, fue un caballero.

Generoso anfitrión y buen conversador, su amor por la literatura y la concepción que de ella tuvo, lo llevaron a gestos cándidos que sorprendieron y a concienzudos trabajos que le fueron reconocidos. No en vano se sintió poeta por sobre todo lo demás. Una carta manuscrita de Eduardo Carranza, enmarcada, aludiendo a los versos que harían parte de su primer libro, lució en su cuarto por mucho tiempo. No apareció el volumen entonces, pero quizá  algunos de ellos con otros, formaron parte del que publicó años después, en 1997, “Poemas en Voz Alta”. Fue un acierto suyo, el haber recogido parte de los textos de una polémica todavía inacabada, para tratar de esclarecer “Qué es el Gracolatinismo”. Octavio quiso celebrar sus bodas de oro literarias y en generoso gesto, vino el investigador Vicente Pérez Silva, a homenajearlo.

Al ser tierno que fue Octavio y que conoció su familia, lo están echando de menos Norita, Andrés y Luisa Fernanda Jaramillo Salazar, y los que le fueron cercanos, quienes saben, cuántas más cosas podría contar y con cuánta solidaridad los he estado acompañando.