27 de febrero de 2021
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Los adioses

9 de junio de 2019
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
9 de junio de 2019

Por Hernando Salazar Patiño

 

¡Adiós! Cruenta palabra que inventó la tristeza,
eco de lo que acaba, grito de lo que empieza,
súplica de los ojos que no quieren llorar.
José Eustacio Rivera

Aunque estaba lejos, las noticias, las malas noticias, me llegaron. No en la dimensión que da la cotidianidad compartida, o la cercanía, sino en otra, en aquella en que la distancia física del acontecimiento, nos retrotrae a otras instancias de la memoria, a los vínculos originarios que nos ligaron con las personas o los hechos.

Así es como la muerte en Manizales, de Octavio Jaramillo Echeverri, a quien conocí desde mis primeros años de bachillerato; en Pereira la de César Montoya Ocampo, quien no me quiso nunca, no supe bien por qué; la de Amparo Noreña, también en la misma ciudad, un referente cívico en su ciudad y familiar en mi casa; y entre las más recientes, el primer sacudón a mi regreso, porque hasta  días antes le daba cuenta de mi viaje, la de Ramiro Tejada, un hombre todo teatro, en su Medellín dramatizado; y la entrañable de Gloria Marulanda, tan ligada a mucho de lo bello que he logrado atraparle a la vida, hacen que postergue el contar algunas de las impresiones de mi temerario viaje, como con anticipado interés me lo pidieron algunos lectores amigos, para dejar constancia, en unos cuantos renglones para cada una, de que la partida de estas personas, tan disímiles entre sí, y en mi relación con ellas, me trajo inesperadas imágenes de sus vidas, a algunas de la mía.

JOTA MARIO VALENCIA

Lamentable su muerte, sobre todo, todavía joven. Se convirtió en una figura de la TV, es indudable. Eso sí, estaba comenzando a lamentar su posible regreso a RCN. Digo por qué.

Comenzó muy bien, y creía que su dinamismo daba frescura a la TV colombiana. Un segundo Pacheco, más universitario y moderno. Sus entrevistas culturales y de opinión eran novedosas y ágiles.

De un momento a otro, su imagen se veía en casi todos los programas. Se fue volviendo un personaje » topante «, un término preciso, hoy descontinuado, que usó siempre mi madre, y cuyo único equivalente actual, aunque no exacto, es «intenso».

No soy televidente. Pero todos lo somos, de algún modo, como los fumadores pasivos. Y hace unos años, me tocaba forzosamente ver un programa o varios, las mañanas enteras de todos los días, animado cansona e incansablemente por Jota Mario, en los que a las horas del despeje mental, en que el cerebro descansado aprende y aprehende mejor, ocupaba desde las 7 u 8 am, hasta mediodía, la cabeza de los colombianos y de sus familias, vaciándolas de cualquier cosa que pareciera pensamiento o idea, entreteniéndolas según él, en concursos sobre utensilios y objetos, con preguntas que ningún lector de un libro podría contestar bien, porque giraban alrededor de la sociedad de consumo, del estímulo de compra, del poseer objetos, de la aparente satisfacción que da el tener aparatos útiles o inútiles, con qué llenar la casa y hacer de ello la meta de sus vidas, su aspiración principal.

Sí, las aspiraciones de la gente la satisfacía con aspiradoras. El adquirir, el tener, el cosificar, el no ser, parecía ser su «filosofía».

Me desesperaba o me horrorizaba que la televisión colombiana, ocupara las mañanas del colombiano medio, en hacer de lo fútil lo esencial.

Pero hizo parte del imaginario de los colombianos en los últimos 30 años. Porque lo recuerdo casi desde su primera aparición. Y se destacó en la farándula, hasta hacerse popular.

Y aparte de una desagradable y soberbia reacción que le vi alguna vez, porque no le concedieron la programación o los horarios por él solicitados, es innegable que adquirió una experiencia y poco a poco un dominio, que lo fueron convirtiendo (manes de los medios) en insustituible. Mucha gente lo quería y otros lo admiraron. Fue toda una carrera luchada y exitosa la suya. Descanse en paz.