26 de febrero de 2021
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Fútbol, fanatismo, fiesta… ¡Flojera!

26 de junio de 2019
Por María Fernanda Restrepo Torres
Por María Fernanda Restrepo Torres
26 de junio de 2019

Discutir sobre política, religión y fútbol es inútil. Y en Colombia, hablar sobre cualquiera de esos temas no solo es infructuoso sino peligroso; lo mínimo que se consigue es un insulto, cuando no una puñalada o la muerte. En estos días anda alborotada la fiebre futbolera en el continente y a riesgo de sonar impopular y por supuesto, que a nadie le importe, con los años he ido acumulando cierta pereza por ese deporte.

Le tengo un cariño especial al Once Caldas, por lo que logró en el pasado y por amor de ciudad; sin embargo, soy la seguidora más ingrata de todas: solo me gusta cuando gana. Ver el Palogrande vestido de blanco celebrando triunfos es una sensación bonita, no olvidaré nunca el 1 de julio de 2004. La idea de ver el equipo en la B me aterra y eso es lo más cerca que estoy de una pasión futbolera.

Empecé a acumular desinterés por el fútbol gracias a mis colegas. Es natural que un juego despierte entusiasmo, el cual se aprovecha para seguir exprimiendo ese formato ya tan desgastado de la previa, con todo tipo de entrevistas de relleno e informes insulsos. No considero material noticioso saber como se grita un gol en San Paulo o en Pasto, ¿quién fue el primero en salir con esa tontería? Ahora ya es obligatorio un directo con el berrido del periodista junto a cualquier aparecido.

Luego viene el ya acostumbrado informe desde el pueblo natal de tal o cual jugador, donde literalmente, se les meten al rancho. Que ramplonería. Por supuesto para un noticiero es más jugoso explotar la miseria de una familia en sus 15 minutos de fama; que lograr una crónica elaborada y sensible. Los deportistas son una fuente invaluable de historias de vida, pero para los medios es más rentable mostrar el bochinche pasajero.

¿Quién de ustedes supo que por segundo año consecutivo la Selección Nacional de Natación logró el título de campeón en la Copa Pacífico? ¿Nos enteramos en tiempo real que tres ciclistas caldenses conquistaron las máximas categorías en el Campeonato Nacional de Ciclomontañismo el pasado fin de semana? ¿Trascendió que una deportista colombiana ganó la medalla de oro en el Mundial Juvenil de Levantamiento de Pesas?

Logros valiosísimos que tuvieron lugar en las mismas fechas, opacados porque es el fútbol el que ocupa titulares, eso sin que la selección haya ganado nada distinto a una Copa América hace casi dos décadas. En el partido inaugural no faltaron las evocaciones del 5-0 frente a Argentina, un equipo que al menos sí ha ganado varios torneos. Es más importante reproducir imágenes de archivo de un partido que nos sabemos de memoria, que un minuto para conocer la hazaña de atletas distintos a los futbolistas.

No veo los carros de bomberos para el recibimiento triunfal de los nadadores campeones. No he visto El Campín abarrotado, con día cívico, concierto y animadores a bordo para recibir a los ciclistas que año tras año triunfan en competencias mil veces más exigentes que un partido de fútbol. Lo que si he visto es periodistas hurgando en las raíces humildes de Caterine Ibargüen, de Nairo Quintana y Oscar Figueroa. No les da para más.

Gracias a estos periodistas, que viajan por todo el mundo de mundial en mundial y de amistoso en amistoso es que hoy se cuentan como influenciadores personajes tan absurdos como la tal Epa Colombia, y reciben un jugoso cheque cada mes, entre otras para informarnos, como si de noticia de última hora se tratara, que Shannon de Lima está en una tribuna y Daniela Ospina en la otra. ¡Hágame el favor!

La apatía por el balompié se me acentuó además con todo lo que lo rodea. No voy a caer en el lugar común de decir que mientras unos celebraban el triunfo ante Catar, en el Congreso nos hacían gol con la Ley Anticorrupción, eso no es culpa del fútbol ni de los hinchas sino de la mayoría incompetente que nos gobierna. Tampoco tiene sentido cuestionar que el mismo país que hoy ríe, toma y celebra por el paso a la siguiente ronda de la Copa, hace unos días se rasgaba las vestiduras por el asesinato de una madre frente a su hijo.

No faltaría más que estemos condenados a no tener una alegría. En medio de este despropósito que somos como patria los triunfos de un grupo que de cierta forma nos representa son bálsamo para algunos. Pero como el colombiano promedio no sabe celebrar con mesura, inmediatamente después de haber ganado el partido contra Argentina salieron a la luz los reportes de hinchas nacionales armando pelea en las tribunas.

Hace un año exacto la vergüenza corría por cuenta de un fanático que quiso hacerse el chistoso ridiculizando a una seguidora de Japón. Ese partido ya estaba perdido antes de jugarlo: cuánto tenemos que aprender frente a la cultura que muestran los japoneses a dondequiera que van. No fueron ellos los que ingresaron licor al estadio mofándose de burlar las reglas; ni fueron ellos quienes faltaron al respeto a una mujer colombiana. Acá por menos nos matan a diario.

Esos hinchas que nos hacen quedar por el suelo en otros países no son otra cosa que el reflejo de lo que se vive cada semestre en el torneo nacional. Vestir una camiseta contraria es sentencia de muerte; una familia no tiene tranquilidad en el estadio ante un eventual enfrentamiento de barras bravas, el comercio colapsa, el transporte público en zozobra y la angustia de no estar seguros ni en la casa, pues los desadaptados arremeten contra todo lo que esté en el camino.

Es francamente vergonzoso que las estadísticas de muertos aumenten cuando hay triunfo de la selección o del equipo local, que aquello que debería ser una fiesta sana y alegre se convierta en una preocupación para las autoridades y en luto para las familias. ¿Por qué las victorias en el fútbol no se pueden celebrar con la mesura que se festejan las demás conquistas deportivas?

Otros atletas deben tocar muchas puertas por un patrocinio y labrar con las uñas su futuro, mientras los clubes pagan cifras exorbitantes por futbolistas, a quienes endiosan y nos venden como modelos hasta en la sopa, muchos de ellos con escándalos de narcotráfico, violencia e indisciplina. Afortunadamente existe el cable, los libros, la imaginación y otros deportes, bienvenido sea todo aquello que enajene a quienes ya no nos mueve la fiesta del gol, incluso si, como dicen algunos, Colombia se corona campeón.