24 de agosto de 2019
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El ignorador del televidente

12 de junio de 2019
Por María Fernanda Restrepo Torres
Por María Fernanda Restrepo Torres
12 de junio de 2019

No sé cuántos de ustedes habrán visto al menos una emisión del defensor del televidente, o si alguno sabe para qué sirve. Según la Autoridad Nacional de Televisión (ANTV) “el televidente puede ejercer su derecho de expresión, formular preguntas, quejas, sugerencias o felicitaciones sobre los contenidos emitidos dirigiéndose al defensor del televidente de cada canal”.

Este espacio es como el boletín del consumidor de las novelas, magacines y realities pero en un horario muy desafortunado (sábados entre las 6:30 y 7:30 de la mañana) y carece de un elemento de identidad tan genial como Tal Cuál. Durante cerca de media hora el conductor lee, de la manera más acartonada posible, las inquietudes del televidente y expone la explicación del canal al respecto.

Esta figura nació previa a la creación de los canales privados y establece que “los operadores del servicio de televisión deberán reservar el 5% del total de su programación a programas de interés público y social. Uno de estos espacios se destinará a la Defensoría del Televidente. El defensor será designado por cada operador privado del servicio de televisión”.

Aquí creo que aplica esa sabia y colombiana frase que reza “no darle patadas a la lonchera”. No es necesario tener maestría en derecho comercial o sabérselas todas en materia de audiencias para concluir que un defensor del televidente designado por el propio operador compromete la independencia informativa, resta objetividad al proceso y se presta más para la autopromoción de contenidos.

Me dí a la tarea de ver unas pocas emisiones del defensor, es el espacio perfecto para plasmar el pensamiento mojigato del colombiano promedio y la nula importancia que dan los canales a las opiniones de sus televidentes. Quejas de lo más risibles enviadas seguramente por señoras camanduleras que consideran el peor atentado a la moral ver equipos compitiendo en vestido de baño.

Otros van más allá y se rasgan las vestiduras por el amplio espacio que se otorga a programas presentados por personas homosexuales. ¿Será que nunca han oído hablar del famoso rating? Un canal ridiculizaría hasta al propio Dios si ello le genera dinero y pauta, punto final. ¿Realmente el televidente cree que su homofóbica opinión será tenida en cuenta por los gerentes de entretenimiento? No entremos en discusiones bizantinas.

Porque los canales se rigen por números de sintonía y si usted como televidente considera inmoral ver un hombre o mujer corriendo con poca ropa, el defensor del televidente solo le dirá que tome el control y cambie de canal. Ese formato representa éxito para ellos y lo seguirán embutiendo mientras haya audiencias dispuestas a consumir y marcas interesadas en pautar.

Lo mismo sucede con los programas de entretenimiento: Para sus producciones los canales necesitan dinero y estas franjas son propicias para conseguirlo. Así que no solo seguiremos viendo eternamente la extravagancia de sus presentadores e invitados sino las interminables pausas comerciales, mismas de las cuales la gente se queja pero ningún defensor del televidente controvierte.

Si a las quejas nos remitimos y haciendo sondeos entre amigos, colegas y familiares, las novelas y los realities gozan de baja popularidad. Aburridos, inaportantes, inmorales o superficiales son algunos de los calificativos que reciben estos formatos, y el televidente indignado comunica su inconformismo al canal respectivo. Un juego de no acabar, pues el canal siempre terminará por justificar lo que sale al aire.

Si existiera verdadera responsabilidad con el televidente no tendríamos cada dos por tres una narconovela y habría más espacio para programas culturales, sociales y educativos. Sin embargo, hago la salvedad de que el televisor no reemplaza la educación de casa, porque otro vicio que adquirió el colombiano es culpar de nuestros males a la programación basura que ofrecen los canales.

La televisión es información y entretenimiento, no tiene por qué comprometer la ética particular, ni dar licencia al delito o creer que impone un estereotipo estético. Considerar que un programa atenta contra los principios, modifica la conducta, da vía libre a la agresión o sepulta a una persona en la depresión, más que responsabilidad del emisor, es de quien lo ve.

Como televidentes, consumidores de contenidos y miembros de una sociedad donde la televisión ocupa un lugar fundamental, más allá de simples reclamos deberíamos considerar elegir representantes comprometidos con esta causa, empeñados en hacer cumplir la misión de defender y exigir la emisión de programas de calidad. Mientras tanto, agradezcamos que existe la tv por cable, satelital, YouTube y Netflix.

Empezando por el insufrible horario, el defensor del televidente prácticamente está hecho para que nadie lo vea. ¿Hemos visto que nuestra televisión sea mejor que aquellos años gloriosos de la televisión educativa, las series juveniles del fin de semana y las novelas bonitas de las 8:00 de la noche? No, a mi juicio personal. Los canales siguen cambiando de horario los programas sin previo aviso y el defensor como mera figura decorativa.

Ellos están ahí solo como requisito, para vender la idea de que se interesan en sus televidentes, pero son como la infidelidad: solo existe si alguien lo ve. Creo que si mañana la ley suprime esta obligación, o al menos la hace opcional, ese espacio desaparece. Nadie lo va a recordar ni a extrañar. ¿A quién representan, quién los controla, quien pediría que regrese?

Al defensor del televidente podrán llegar infinitas quejas calificando una escena como morbosa, racista o violenta. Recordemos que el canal siempre tiene en sus manos el poder de editar los contenidos que saldrán al aire, pero no lo hacen porque significa rating. Así que los molestos deben recibir con beneficio de inventario las explicaciones del canal y su preocupación por defender valores: ese no es su negocio.