1 de marzo de 2021
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JUGLAR

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
17 de mayo de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
17 de mayo de 2019

Se gastó la vida queriendo a la gente. Desde muy niño, en su poblado natal, dio inicio a esa carrera querendona que lo llevó por muchos espacios y tiempos del mundo, haciendo lo mismo: conociendo gente, haciendo amigos, construyendo emociones y frente a las mujeres bellas no dejando pasar la oportunidad de enamorarlas, de tenerlas cerca, de decirles muchas coas al oído y de escuchar otras tantas de la misma manera. Podía estar muy poco tiempo en un lugar  y allí dejaba sembrada la semilla de alguien que se recuerda por siempre, a quien se lleva metido en el corazón por múltiples razones, antes que nada porque era una persona que se dejaba querer. Para consolidar esos rasgos de su personalidad se valió de las letras del idioma español y de las notas musicales, ninguna de las cuales sabía leer en el pentagrama, pero las llevaba metidas en su cabeza, como la cosa más simple y natural.  Esas construcciones de amistad y de muchos amores, cientos, miles de amores regados por todas partes, las asentaba con la arcilla de sus canciones. Por eso en su obra se encuentran tantas con nombre propio y con circunstancias precisas que permiten saber que clase de emociones son las que está tratando de transmitir y lo hacía con una gran facilidad. No puede decirse que sea la obra más abundante, pero si que lo que hizo fue perdurable  y que dejó una serie de cantos que se siguen transmitiendo de generación en generación y seguramente se  va a seguir haciendo por siempre jamás, las creaciones de la imaginación humana se realizan precisamente para eso: para que pasen a ser parte sustancial del mundo real en que se generaron. El mundo es lo que el ser humano en su trasegar de creación cultural ha logrado construir. Cada quien construye en lo suyo y los que consiguen trascender en lo social son aquellos que obtienen influencias determinantes para marcar épocas y hacer historia.

Quienes van por la vida  edificando  amistades y generando afectos, se extrañan mucho cuando aparecen los silencios o las distancias y por eso se preguntan, de la mejor manera, que pudo haber pasado con esa persona a quien hace tanto tiempo que no se le ve y no se le oye. Es extrañar a quienes se llevan  puestos en lo que cada quien es. Y viene bien, entonces, preguntarse: 

Cuando viene  de la Paz

algún amigo,

le pregunto

si ha visto a Miguel Canales.

 

Dicen que en la montaña

está perdido,

que tiene mucho tiempo

que no sale.

 

De su vida

de su vida no se sabe.

Porque Migue

en la montaña está perdido.

 

Dicen que tiene barba

como un padre,

dicen que tiene

el pelo como un indio

 

Ay ¡ que le estará pasando

al pobre Migue

que tiene mucho tiempo

que no sale.

 

Apuesto a que si sabe

que yo vine,

de la montaña sale el pobre Migue,

decile que lo espero aquí en La Paz,

que si no viene aquí yo voy allá.

 Porque cuando los amigos no aparecen, es mejor no seguir en lamentaciones y tomar la decisión de ir a buscarlos, si de verdad importan.  Es la satisfacción de la inquietud, que no necesariamente debe salir del otro, bien puede nacer de cada quien.

Tantas veces ocurre que se conocen las partes, se comparte con ellas, se logran gratas impresiones, se pasan  excelentes momentos y se llega a la inexplicable seguridad de que ese instante va a durar toda la vida, pero cuando llegan las despedidas sin darse cuenta, la distancia muestra que  lo que se acaba de ir no es una mera presencia física, sino una huella de vida y no queda  otra alternativa que ponerse a cantar: 

Ella es antioqueña de la serranía,

pero fue allá en Cali,

donde nos encontramos

y cuando vio que me venía se puso triste

y quedó llorando.

Ay ¡, María Tere, María Tere

antioqueñita de ojos verdes,

yo solo pido que me recuerdes

mi María Tere , mi María Tere.

 

Quisiera escribirte,

pero dime donde,

porque quiero darte

prueba de mi amor.

 

Te regalé un ramo de flores

y sobre las flores mi corazón,

Ay ¡ María Tere María Tere, antioqueñita de ojos verdes,

yo sólo pido que me recuerdes

mi María Tere, mi María Tere.

 

Oye María Tere, oye María Tere

yo tengo razones para estar

muy triste:

el recuerdo de tus ojos verdes y aquellas

cosas que me dijiste-

 

Ay ¡ María Tere María Tere

yo sólo pido

que me recuerdes.

 Y María Tere puede ser María Tere, o como pueda llamarse esa persona con quien se viven momentos eternos que con el paso del tiempo y la distancia que generan los espacios se logra entender que es mejor convertirla en un bello recuerdo, con la única aspiración de haberse convertido también en una reminiscencia.

Cuando se quiere tanto y tan fácil, nunca será simple despedirse, porque al decir de  José Eustasio Rivera: “Todas las despedidas son inútiles, y a veces hasta tristes”. Más hay tantas vueltas en el camino por recorrer, que las despedidas son imposibles de evitar y por eso lo mejor es decirlo en ritmo vallenato y contarle a los demás lo sucedido, para que al menos la catarsis ayude a llevar esa pena doble  de ahí en adelante. Es que cuando se dice adiós se corre el riesgo de

 

Muchas lágrimas salieron,

cuando yo le dije así,

me duele porque te quiero,

Ay, pero yo me voy de aquí.

Y yo no me puedo quedar

sigo vagando por la vida,

lo mismo que la golondrina,

que nadie sabe a donde va, a donde va.

 

Arriba de las estrellas,

donde está el reino de Dios,

allá quisiera estar yo,

Ay, para no sufrir por ella.

 

Pero como no estoy allá,

sigo vagando por la vida,

lo mismo que la golondrina

que nadie sabe a donde va

a donde va a donde va.

 

Caminando por la tierra

o por debajo del mar,

quizás llegaré a encontrar algún lugar

donde no hay pena

y si no lo llego a encontrar

sigo vagando por la vida,

lo mismo que la golondrina

que nadie sabe a donde va

A donde va a donde va. 

Quien hizo todo esto fue el maestro Rafael Calixto Escalona Martínez, a quien le extendieron su registro civil de defunción hace diez años, pero quien sigue tan vivo ahora como siempre, a través de sus canciones, de sus creaciones, que en esencia fueron dedicadas al elogio y a la elegía de los afectos, de los amores, de los enamoramientos, de los coqueteos, de los arrullos de una noche o de un momento. Fueron 81 años de construcción de múltiples afectos en todos los espacios en que se movió. Sólo supo de amor y de cómo expresarlo a través de sus canciones, las más sólidas del folclor vallenato, entendido este en la pureza del juglar que le va cantando a lo que va sucediendo en su existencia, lo que presencia, lo que ve, lo que sufre y lo que siente, sin ánimos comerciales, con el sólo afán de expresar de una manera distinta eso que se lleva  como emoción propia.

Rafael Escalona, nacido el 26 de mayo de 1927 en el corregimiento de Patillal, uno de los 26 corregimientos del Municipio de Valledupar, capital del Departamento del César, y que para entonces pertenecía al Departamento del Magdalena, del que se desprendió, en la parte norte,  cercano a los límites con el Departamento de la Guajira, es sin duda  el más grande de los compositores vallenatos y llegó a convertirse en un verdadero símbolo de lo nacional, por la amplia repercusión que sus canciones, su vida, sus relaciones, sus amistades y sus realizaciones mismas le proporcionaron. Hablar de Rafael Escalona en el mundo es tanto como hablar del maestro Gabriel García Márquez. Ambos es posible  identificarlos  con uno de los folclores más puros de la nacionalidad colombiana, al punto de que el Nobel de Literatura de 1982 en alguna ocasión se atrevió a decir que su novela más reconocida “Cien años de soledad”, no era más que un vallenato extenso de un poco más de 400 páginas.  El Vallenato cierto cuenta historias, no acompaña escenas de alcoba. Eso es cuestión de comercio moderno.  El vallenato está para contar eso que se vive, se siente, se camina, se observa.  Es tanto como hacer mapas musicales.  Escalona si que los supo hacer.

La afinidad que se identifica en la obra de Escalona y Gabo no es casual. Cuando este era reportero de El Espectador fue hasta el Municipio de La Paz, en su trabajo de investigador periodístico y se encontró con el compositor.  En ese mismo momento ambos supieron que se conocían desde siempre y que serían hermanos por siempre jamás. Las numerosas referencias que García Márquez hace de Escalona en sus obras literarias no es gratuita. Es que Escalona fue parte esencial de las vivencias  del Nobel. En 1982, exactamente el 20 de Julio, García Márquez  hizo un viaje expreso a Patillal, con el único fin de conocer la casa donde había  nacido su amigo Rafael. Vivió la experiencia con las emociones que se perciben cuando se está en contacto con aquellos actos o cosas que de alguna manera le pertenecen a quien se quiere y que por razones comunicantes también se terminan queriendo. En cierta ocasión, el hijo de Aracataca, en una parranda vallenata, mientras cantaban repetida una de las canciones de Escalona, le dijo a este: “No joda, Rafa, eres desagradecido. Te he mencionado en muchos de mis libros y tu nunca me has mencionado en tus vallenatos”. El compositor respondió: “No joda, hermano, se te olvida que yo nunca compongo vallenatos por encargo”. Rieron todos.  Muchos meses después haría una canción en homenaje al más grande escritor en habla hispana del siglo XX. Es que “esos muchachos si se quieren”, como diría  alguna letra de otro vallenato.

Hablar de inmortales  en cualquier aniversario de lo que constituye su desaparición física es muy simple: es que no se habla de un muerto, se habla de alguien con plena presencia en la vida de todos los días. Las canciones de Escalona no fueron muchas, pero todas ellas dejaron ese mensaje de cariño, de afecto, de saber que se está ahí y se va a estar por siempre, porque  se ha llegado a la existencia precisamente a hacer amigos.

Y no es que lo hiciera con fundamento en la enorme popularidad que llegara a obtener a través  de sus reconocidas canciones, al punto de habérsele otorgado un Premio Grammy a la Excelencia en el 2006, sino desde siempre.

Tuvo muchos más amigos que plata, incluso que fama, habiendo sido esta la más amplia de compositor alguno en los tiempos modernos. Fue amigo de gente sencilla, con quienes no dudaba en sentarse en las bancas de un parque de cualquier pueblo de la costa, especialmente de Valledupar o de Patillal. Pero también fue amigo de Presidentes de la República, de legisladores, de magistrados, de científicos, de promotores culturales. En el gobierno de Alfonso López Michelsen  fue designado Cónsul General de Colombia en Panamá, y cuando todos esperaban una tarea de farándula y poca productividad, dio la sorpresa  de generar grandes avances en las relaciones culturales y económicas de los dos países y de asumir la conducta digna y respetuosa de una figura diplomática, como si se hubiese movido por siempre en ese mundo de tantos refinamientos.

Vivió rodeado de amigos por siempre. Pero hubo uno en especial que le marcó la vida y que marcó, además, la historia de la música del valle de upar.

El 7 de marzo de 1926 nació en Patillal, muy cerca de la casa de los Escalona Martínez,  un niño a quien le pusieron por nombre Jaime y habría de ser  un excelente pintor y en especial un agudo caricaturista, que logró determinante influencia  en la costa caribe, donde además fue un verdadero motor de la cultura vallenata. Hijo  de Camilo Molina y Victoria Maestre, en esa fecha llegó al mundo Jaime Molina, aquel que se hizo famoso por sus parrandas y quien llegaría ser el amigo de siempre, el entrañable de Rafael Escalona , quien nacería en el mismo lugar un poco menos de un año después.  El cerro  de Las Cabras, fue testigo de los paseos  traviesos de Jaime y Rafael, cuando eran niños e iban en busca de aventuras, en largas caminadas con regreso en la tarde, no sin antes darse un chapuzón  en el arroyo La Malena, que baña el corregimiento.  Ingresaron juntos a la escuela primaria  en Patillal y cuando llegaron a bachillerato ambos fueron al Liceo Loperena en Valledupar, donde estuvieron compartiendo todas esas  cosas que se gozan en la vida cuando se tiene la plena irresponsabilidad de la adolescencia  y se va llegando a hombre, con la influencia determinante de esa persona que ha estado al lado por siempre y que sin ser de la misma sangre llega a ser mucho más que eso, porque es familia de decisión de cada quien, no de imposición de un núcleo familiar. Los amigos se escogen, se seleccionan, se aceptan, se quieren y se llevan en el alma. Los familiares son el accidente en el seno del hogar a donde se llega.  Jaime y Rafael  aún en la distancia  física que los llegó a separar por razones de sus diversas ocupaciones, nunca dejaron de ser el uno para el otro.  Crearon entre los dos el más sólido laso de amistad, de fraternidad, de unidad entre ellos.  Eran uno sólo.

Jaime se fue primero, el 16 de octubre de 1978, Rafael  lo habría de sobrevivir 31 años, sin que ni un solo instante de ese tiempo hubiese faltado en los sentimiento, en los afectos  del compositor. Unos pocos meses antes de morir, en una entrevista de televisión, le preguntaron a Escalona sobre la historia de la composición del vallenato Elegía a Jaime Molina. Se quedó pensando. Los ojos  se le movieron de un lado para otro, en resistencia a la lágrima, las palabras se negaban a salir. Finalmente con voz entre coartada, 31 años después,  dijo que era la historia por todos conocida, la historia de perder al gran amigo de siempre, con quien existía una promesa en lo que cada uno hacía, pero que nunca había terminado de arrepentirse de haber tenido que componer el son, porque seguía esperando y aspirando a que fuera Jaime el que le pintara el retrato. Llegsicamente ni , porque sería espoo que se haya compuesto en Colombia, es un homenaje a la vida, que se rindixistrevista de televió el silencio. La voz se quebró del todo. El entrevistador guardó respetuosa pausa. La cámara se mantuvo a distancia y hasta allí llegó la entrevista, le habían tocado la vida plena de lo que fue Jaime Molina para Rafael Escalona.  De esa amistad quedó y queda el más bello canto de amistad y afecto que se haya compuesto en Colombia, es un homenaje a la vida, que se rindió en el momento de la muerte:

Recuerdo que Jaime Molina,

cuando estaba borracho,

 ponía esta condición:

que si yo moría primero el me hacía un retrato.

o, si él moría primero le tocaba un son.

 

Ahora prefiero esta condición:

que él me hiciera el retrato y no tocarle el son.

 

Famosas fueron sus parrandas,

que a ningún amigo dejaba dormir,

cuando estaba bebiendo siempre me insultaba,

con frases de cariño que él sabía decir,

después en sus piernas me sentaba,

me contaba un chiste y se ponía a reír.

 

(Ay compadre, si supiera

como lo recuerda Rafa

que solo llora).

 

La cosa comenzó muy niño,

Jaime Molina me enseñó a beber,

A donde quiera que estaba

yo estaba con él.

 

Ahora me duele que se haya ido,

yo quedé sin Jaime

y él sin Rafael.

 Físicamente ni Jaime Molina Maestre, ni Rafael Calixto Escalona Martínez están, el primero desde hace 41 años, el segundo desde hace 10, pero quien duda  que cada vez que se escucha –en una de las cientos de versiones que de ella se han hecho- es posible tenerlos a ambos al lado, cantando, bebiendo, gozándose la vida y en la misma trayectoria vital en que se movieron por siempre: los afectos.