27 de febrero de 2021
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Gracias Julio

29 de mayo de 2019
29 de mayo de 2019

Por Rubén Darío Arcila*

Levanto la vista y ahí está… Ahí está viendo pasar el tiempo Julio Arrastía. Si me detengo en el Arco del Triunfo, ahí está. Si cruzo por la Puerta de Alcalá o llego a Varese, su sombra se dibuja. Si dormimos en Riosucio, la silueta se prolonga viendo pasar los días con su gorra, las gafas, el bigotito, la camisa a cuadros, el cronómetro y la tabla en la mano. El dinero lo guardaba en la media. De allí que abultara frecuentemente cuando le iba muy bien con loshonorarios.

Bucaramanga era un buen vividero, pero transcurridos dos años, la movida estaba otra vez en Medellín. Regresé estrenando sello y partida de bautizo al ser apadrinado en la ciudad de los parques con un nuevo nombre: Rubencho. El hierro santandereano al rojo vivo me marcó para el resto de la vida.

Las luces que a lo lejos alumbraron este retorno fueron mi guía con sus pálidos reflejos hasta el restaurante de Doña María de Robledo, en una noche de agasajos entre gente de radio donde me tocó -por bendición de Dios- compartir mesa con el hombre del pañuelo de seda gardeliano en el cuello y nudo de pajarita para proteger la garganta.

Lo tenía al lado. Levanto la vista y ahí viendo pasar el tiempo. El viejo macanudo Julio Arrastía. El Che! El mismo personaje que me trepó por primera vez a la escotilla del transmóvil número 2 de La Voz de Medellín en una doble a Riosucio. Al volante estaba Alonso Ospina y la técnica del carismático y gran amigo Pedro Perico Salazar. Esa vez el narrador titular, el locutor de planta, era Darío Álvarez Rodríguez -fallecido- mientras yo ante la insistencia de Julio aprovechaba la palomita para decir cualquier cosa sobre la carrera y darme a conocer.

La severa resistencia de Darío a aceptarme en sus dominios, se convirtió después en perdurable amistad y compinchería al ser nombrado como gerente de RCN, cargo desde el cual Darío patrocinaba entusiasta las ocurrencias y locuras que se me venían a la cabeza: la máxima fue el programa OÍGALO, censurado por la Organización y acogido por Todelar. Con Darío Álvarez tuve las oportunidades que quise.

Recuerdo todo lo de aquella velada en Doña María del barrio Robledo: los vasos estaban llenos, pusieron cubiertos y aparecieron bandejas humeantes con olorosas viandas. Salve segunda trinidad bendiga ¡Salve frisoles, mazamorra, arepa…

Aproveché la zona de alimentación para picar la conversación con una pregunta que recalentara el ambiente:

–¿Usted que sintió Don Julio, cuando se equivocó dando ganador al suizo Fuchs por encima del colombiano Cochise? Ocurría todo lo contrario. Lo estábamos viendo por televisión. ¡Era el título mundial!

Más que una pregunta parecía un bidón o una caramañola envenenada. Uno de los más recordados sucesos del deporte colombiano, tiene que ver con “Cochise” Rodríguez toda vez que el país no contaba en los comienzos de los años sesenta con un campeón del mundo individual en ninguna actividad muscular.

Julio Arrastía Brica entrevistando a Martín Emilio «Cochise» Rodríguez en plena carretera.

El título mundial de los 4.000 metros persecución, lo conquistó Martín Emilio en Varese, Italia, en 1971, con motivo de los Campeonatos Mundial de Pista, en cuya final derrotó al suizo Joseph Fuchs con tiempo de 4-53-98.

Ese 27 de agosto, millones de colombianos, instalados frente al televisor en blanco y negro, contemplaban con rabia cómo se les esfumaba el título, de acuerdo con los comentarios de Julio. Otros se frotaban los ojos.

–Es una pena. Cochise está perdiendo. Qué lástima, el suizo pasa la meta por encima del colombiano. Faltan dos vueltas. Será otro día…

Su compañero en el estudio de televisión, Alberto Piedrahita, ve otra cosa, pero no riesgos, no se atrevía a desmentir al viejo. Le decían La Biblia. Con mayor razón tenían que hacer un milagro. Se inspiró el maestro tolimense y otro gallo cantó en el gallinero:

–Perdóneme Julio, le interrumpo. ¡Creo que el ciclista que está al frente es Cochise…Si Cochise! Y falta una vuelta. El colombiano va a ser campeón del mundo. ¡No es Fuchs, es Cochise!

Lo que faltaba. La primera piedra hacia el éxtasis final. Ahí mismo la che rectificó. A los colombianos le volvió el alma al cuerpo y Arrastía, agradeciendo el apoyo de Piedrahita, insistía en querer equivocarse de esa forma todos los días, aunque la verdad es que por momentos la moral del pueblo quedó en el piso. Derrotados fugazmente, por culpa del comentado despiste, los aficionados celebraron ruidosamente en las calles su primer título mundial individual que llevaba el sello indeleble del sufrimiento.

Julio no tenía mucho para festejar. Se marchó al Hotel Cordillera con el nudo de la garganta deshecho y el pálpito de que a la mañana siguiente los periódicos iban a volverlo papilla. Por extranjero. Por argentino. Por pensar más en ese suizo que en el nuestro.

El Tiempo le llegó muy temprano bajo la puerta de la habitación. En primera página el titular decía: “Gracias Arrastía por haberte equivocado”. Respiró tranquilo. Desterraba al baúl cualquier pesadilla.

–¡Ese día supe cuánto me querían! Así respondió el macanudo a mi insolencia, bajo el burlón mirar de las estrellas.

“Cuando se escriba la historia del ciclismo nacional, y cuando dentro de ella se incluya la brillante victoria de Martín Emilio Rodríguez, tendrá que recordarse la gran equivocación del más autorizado comentarista de ese deporte. Conocido como La Biblia, Julio Arrastía, siempre tan certero en sus pronósticos como discreto en las críticas, tuvo en vilo a más de 15 millones de colombianos, por espacio de cuatro minutos. Arrastía cayó desde el comienzo en un error de apreciación que fue prolongando a medida que su emoción iba en aumento. Fue tan intensa que llegó a contagiar a sus ocasionales compañeros de transmisión desde los estudios de Inravisión hasta perderse el sentido exacto de lo que se veía en la pantalla. Sus palabras señalaban que el colombiano iba perdiendo tiempo frente al suizo. Cuando habían pasado los dos kilómetros Arrastía fue más enfático: “Algo anda mal en Martín…recordemos que cuando terminó la serie semifinal cojeaba. (La verdad era que Martín iba ganando a Fusch en forma nítida y clara). Cuando restaban tres vueltas, Arrastía dijo sentenciosamente como una Biblia: “No hay nada que hacer…la ventaja es muy grande”. A su lado Alberto Piedrahita fue más discreto y con una alta dosis de consuelo, manifestó: “Martín se está reservando para lo último”. Allí, entre los hombres que veían y narraban -Arrastía, Piedrahita y Hugo Alberto Munker- se había hecho posible lo imposible ¡Veían al revés! El entusiasmo había cegado la exactitud. Pero de pronto Arrastía se iluminó:

“Es Martín el que va a adelante…! es Martín…! ¡es Martín…!”.

Y la Biblia del ciclismo, cuajado en años, vueltas y revueltas, pronósticos y aciertos lo dijo con valor: “Ha sido la más grande equivocación de mi vida” (El Tiempo. Agosto 1971. Por Fernando Corredor).

Un chip se le quema a cualquiera. Julio se inició como comentarista en los Juegos Olímpicos de Tokio prestando sus servicios a Radio Cadena Nacional, cuya presidencia quedaba en Medellín. Antes, conducía un programa de hípica, Por una Cabeza, en RadioVisión. Espacio presentado por el mundo que cada día canta mejor: Carlos Gardel.

Cuenta la leyenda que un día cualquiera en Medellín se metió con su escarabajo blanco, Volkswagen modelo 53, al sector de El Pedrero en Guayaquil por los lados de la plaza de Cisneros. Un hervidero de pillos, donde dejaban en pelota al ladrón de Bagdad. El auténtico mercado de las pulgas. A Julio le gustaba la aventura, el rebusque y el menudeo. No se subía a un bus porque ese transporte tenía fama de que el pasajero lo bolseaba un carterista y quedaba limpio; o se bajaba del bus y le arrancaba el sombrero un ciclista. A un sitio tan peligroso, pensó, es mejor ir en su propio carro. Sacó la mano para meter el Volkswagen en un callejón sin salida y ¡zuas!…le robaron el reloj! El carísimo reloj Pierce que le había regalado Don Neftalí Pedraza.

El viejo macanudo no quiso bajarse del carro y-de una- se fue del lugar, con el rasguño en el brazo. Dio una vuelta a la manzana y recordó sabiamente que el delincuente siempre regresa a la escena del crimen. Ardido como estaba, se metió otra vez en la boca del lobo y efectivamente avistó al hombre en la esquina esperando otra víctima. ¡Ese era el ratero! Todavía tenía el reloj en la mano. Se acercó como un guepardo, con máxima cautela. Quería estar completamente seguro de su presa. Vaya un ciego a ver un ladrón entre mil. Se arqueó como gato que se apresta a la pelea. ¡Sacó la cabeza por la ventanilla del coche y…! le robaron las gafas! (Adiós vida mía, si te he visto no me acuerdo).

En Acarigua, durante el desarrollo de la Vuelta al Táchira del 86, tuvo mejor suerte cuando los choros se metieron al hotel y dejaron sin un real al grupo de técnicos y locutores. Aprovechando cualquier descuido, se colaron a las habitaciones y ya ustedes imaginarán lo que ocurrió: esa platica se perdió.

El único que salió con la moral en alto fue Julio. Los ladrones nunca encontraron el rollo de billetes en el cuarto de Arrastía. ¡El dinero lo tenía escondido en la media…! ¡Si entre los zapatos!, y hasta allí no les alcanzó el olfato a los malandros.

Julio Arrastía era bien escrupuloso en el manejo de sus viáticos o lo que llaman las señoras un hombre bien organizado con la plata. Cada que el mesero nos entregaba la carta en un restaurante cinco estrellas, como nos pasó en San Andrés, él solo miraba la columna de los precios. Por allí empezaba a clasificar el plato que pensaba ordenar. Pidió un menú sencillo. Pero cuando aclaramos quién iba a pagar la cuenta -el C-100 de ciclismo nos invitaba- entonces el viejo y yo mandamos a cancelar lo del tal menú y nos lanzamos con todo: desde jaibas hasta langostas Thermidor bañadas con vino de Undurraga. Claro, hicimos levantar el consomé y las botellas de Kola Román que teníamos sobre la mesa. Arrastía se gozó la espectacular cena a orillas del Mar de los Siete Colores, repitiendo cada cinco minutos: ¡Aprovecha gaviota, que no te verás en otra!

No pasó mucho tiempo para que este portento del comentario, en la cresta de la ola, ganara mucho dinero al abandonar a RCN y aceptara una jugosa oferta de Caracol. Le alcanzó hasta para comprar casa de campo -Palermo- en el municipio de El Retiro al oriente de Medellín. En la radio de Costa Rica lo llamaban el viejito millonario. Ese día que firmó su nuevo contrato, le envié un breve telegrama que solo él, muerto de la risa, entendió al instante:Aprovecha gaviota, ¡que no te verás en otra!

Se burlaba del fantasma de la muerte: le hacía musarañas cada que pasaba por un cementerio y debía detenerse para tomar un cronometraje.

No sé por qué razón o motivo, a medida que avanzaban los achaques del macanudo, a los comisarios de carrera o a la comisión técnica les entró lafiebre por elegir metas volantes y premios de montañas frente a los campos de paz de cada pueblo.

Julio me miraba, picaba el ojo y soltaba una risita burlona cada que encontraba una pancarta: “Un kilómetro para el cementerio”. Y justo en ese sitio, donde estaban las trompetas del juicio final, se agitaba la bandera a cuadros.

El viejo entendía que no se trataba del último embalaje. Sólo una meta volante. Julio era como el Fausto Coppi del ciclismo subiendo eternamente las durísimas cimas de Lavaredo, la de la genialidad, sin descomponer la figura, guardando sus cartas.

Otra noche, a orillas del lago Sochagota de Paipa, en la despedida de Lucho y Parra, invitados a un colosal diluvio de juegos pirotécnicos (aún en los confines del ser existe la belleza), me confesó que el disco duro lo traicionaba a ratos “sabés una cosa pibe: a mí todo lo que pasó ayer, esta mañana, hace una semana, se me está olvidando. Lo que sucedió cuarenta años atrás sí lo tengo clarito.”  Mientras los polvoreros de Boyacá no paraban de lanzar cohetes y voladores al cielo en un maravilloso espectáculo aéreo, Julio sabía que eran sus últimos destellos. La nostalgia parecía acompañarlo en las etapas finales de su vida al recordar, cada que le daban cuerda, ese himno cantando por miles y miles de inmigrantes italianos al arribar a América: ¡oh! Sole Mío.

Evocando los alrededores de Nápoles, Sicilia y el sol peninsular, le llegaba la letra por misteriosos caminos a través de las ondas invisibles que propagan sonido y palabras hasta los rinconcitos más secretos de la memoria:

Oh ¡Sole mío. Che bella cosa’na iurnata ‘e sol. N’aria serena dopo’na tempesta. Pe’ll’aria fresca pare gia’na festa. ¡Che bella cosa na jornata e’sola! (Que cosa hermosa es un día de sol. El aire sereno tras la tempestad. ¡El aire fresco resulta ya una fiesta! ¡Qué cosa hermosa es un día de sol ¡Pero otro sol, aún más bello, esta frente a ti, ¡oh sol mío! Está frente a ti… está frente a ti…está frente a ti). Un signo de la enorme popularidad internacional de la melodía, esta dado por la calidad de sus intérpretes: Caruso, Schipa, Del Mónaco, Josephine Baker.

Julio Arrastía Bricca es otro sol que seguirá iluminando. Se retiró trabajando para Caracol, víctima de una enfermedad devastadora que lo llevó al desespero de abandonar la escotilla en plena carretera, antes de convertirse en la carcasa vacía de su propia persona. Si la memoria no me falla el viejo se apeó en la entrada del municipio de Sotaquirá, tomó un taxi y se largó. En Boyacá moduló por última vez para el ciclismo en la clásica a ese departamento del año 1992. Murió el 29 de mayo de 2003 a los 85 años de edad (La muerte es la solución a todos los males, pero hay que echar mano de ella a última hora). “Basta de carreras. Se acabó la timba. Un final reñido yo no vuelvo a ver.”

Cuando lo echo de menos abro mi mente al pasado, me sirvo un vaso de vino, y continúo la conversación con él, como antes. Dice un escritor libanés que en la literatura la vida se perpetúa a través de las palabras. Es un diálogo que los muertos mantienen con los vivos.

En las noches, después de la cena, El Che preparaba un extraño remedio con vino blanco y azúcar. Los europeos lo veían y cerraban los ojos espantados: llenaba un buen vaso de vino blanco y le mezclaba dos cucharadas de ¡Azúcar! Invitaba a todos los comensales, proporcionaba un sueño largo y profundo. Desde luego al propietario del restaurante no le caía bien la alquimia que inventaba el viejo. Un legionario francés disgustado, lo recriminó duramente en un hotel de Burdeos: ¡Es tanto como si alguien llegara a nuestro país, le sirviéramos una taza del mejor café del mundo y encima le echamos un puñado de tierra”!

El viejo requetemacanudo, bautizado así por Alberto Piedrahita Pacheco, revolucionó el diseño de las transmisiones. Su disciplina era severa, férrea. El hombre se inventó los puntos de referencia para los cronometrajes: burros, camiones, nombres de fincas, campesinos, frutas, banderas. Todo le servía para enriquecer el relato (son horas y horas interminables). En Carrusel RCN, también de su registro, permitía a los tres transmóviles entrar en un juego muy dinámico a orilla de carretera para cubrir la película cuadro por cuadro, sin faltar un solo competidor. El cronómetro en todo lo alto. Un carro iba relevando al otro “de mano en mano la antorcha va encendida.”

Levanto la vida y ahí está…viendo pasar el tiempo. Repitiendo lo que se le volvió un estribillo: “La experiencia no se improvisa, viejo”. Gracias Julio.

Cuando éramos niños

Los viejos tenían como treinta

Un charco era un océano

La muerte lisa y llana

No existía,

Cuando muchachos

Los viejos eran gente de cuarenta

Un estanque era océano…

La muerte solamente una palabra.

Ya cuando nos casamos, los ancianos estaban en cincuenta.

Un lago era un océano

La muerte era la muerte de los otros.

Ahora veterano

Ya le dimos alcance a la verdad

El océano es por fin el océano…pero la muerte empieza a ser…LA NUESTRA”

(Pasatiempo. Mario Benedetti).