24 de agosto de 2019
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Entre lágrimas y sonrisas

30 de mayo de 2019
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
30 de mayo de 2019

Se nace con dolor. Aferrado al vientre de su madre, un pequeño de manos trémulas y piel de pergamino, se niega a explorar un mundo incierto. En un segundo, su campo vital se multiplica exponencialmente y con un ligero guantazo su respiración lo invita a la vida. Para el bebé su ambiente carece de sentido. Ni el sonido palpitante del quirófano, ni las luces que crepitan en lo alto, ni los rostros ufanos de sus progenitores. Nada en su entorno resulta conocido para el nuevo ser. Tan solo el susurro musical de la mujer que lo procreó apacigua el ímpetu naciente. Su llanto es el preludio de sollozos de júbilo que razonablemente brotan de los padres, quienes unieron sus semillas de amor para llamarlo al nacimiento.  Así surgimos a la nueva existencia. Con lágrimas de chiquillo, se adornan las sonrisas de amor en los felices rostros de su familia.

Por los caminos inciertos trasegamos tomados de la mano de Dios. Su bendición nos guía en vagos amaneceres cuando solo la esperanza brilla como faro en el destino humano. Se aprende de los equívocos y entendemos que nuestros triunfos se encuentran en la cumbre de una pirámide de errores, o, como lo diría Winston Churchill “El éxito consiste en ir de fracaso a fracaso sin perder el entusiasmo”.

El sendero a la hombría es cuesta arriba. Es mucho más que virilidad. Representa astucia, coraje, valentía, seguridad, fuerza y determinación para imprimir nuestro propio sello en un hado que, en ocasiones, parece designio de la Divina Providencia. Las inocentes lágrimas del infante de ayer se convierten en un rio fangoso de emociones donde todo tiene cabida. Emilio Mira y López los sintetiza en “Los cuatro gigantes del alma” como el miedo, la ira, el amor y el deber. Para hacerse hombre requerimos blandir una espada contra estos monstruos que con fuerza crujen a nuestro alrededor. Confrontamos el miedo con coraje, la ira con mansedumbre, el amor con el odio y el deber con el placer. De esta amalgama y de otras tantas que moran en las profundidades del espíritu, surge una personalidad, un individuo que fue moldeado por el barro de los hechos y que puede declarar, como José Ortega y Gasset en su libro Meditaciones del Quijote: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

En el crepúsculo de nuestro tránsito terrenal contemplamos con nostalgia el océano que hemos navegado. En él dejamos las margaritas que se han deshojado y las contemplaciones adquieren un carácter trascendental, un sino metafísico que permite palpar el más allá. Acondicionamos en la barca de la muerte los atavíos que nos acompañarán y descubrimos en una sonrisa mordaz, que estamos preparados para un viaje sin retorno. Las lágrimas del pequeño, que anunciaban la incertidumbre de sus días han desaparecido por completo y ahora solo guarda la sonrisa que presentará en su paso cuando el cuerpo perezca. Entretanto los amores que cultivamos hacen de su llanto un cántico para proclamar la melancolía de su corazón en el frío recordar de cada alborada.

Este es un orden natural elaborado con precisión de filigrana por El Creador. En él transcurrimos expectantes ante la sorpresa que cada mañana trae consigo. Desde nuestra génesis hasta el apocalipsis personal nos batimos entre la sima y la cima de la empresa que nos ha sido dispuesta, y en este diminuto espacio abstruso, aspiramos a una comprensión total del mundo que ahora habitamos.

Vivimos de sueños y soñamos que vivimos pregona Pedro Calderón de la Barca en el Soliloquio de Segismundo. Pero nuestra existencia, es más. Viene escoltada por brillo, pasión, dulzura, amor, conocimiento, aprendizaje, transición hacia lo bello. También nos sorprende con dolor, tristeza, ansiedad, desolación. Esto es vivir. Encontrar en cada momento una oportunidad de crecer y discernir que el camino no siempre trae ascensos vertiginosos pues, en ocasiones, nos sorprende con caídas tenebrosas o valles de soledad. Todo ello para recordarnos que estar vivo es un preludio para aprender a morir. Vivimos entre lágrimas y sonrisas y ellas serán nuestras compañeras en la eternidad.

Twitter: @juanalvaromont