8 de marzo de 2021
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 + Doctor: César Montoya Ocampo

Abogado, analista y columnista de opinión en El Espectador, Revista Semana y Eje 21.
9 de mayo de 2019
Por Uriel Ortíz Soto
Por Uriel Ortíz Soto
Abogado, analista y columnista de opinión en El Espectador, Revista Semana y Eje 21.
9 de mayo de 2019

Comunidad y Desarrollo

El dolor y la tristeza me invaden, al sentarme frente al computador, en el silencio de la noche, a escribir el panegírico, para con quién, no obstante haber tenido pequeñas discrepancias, – producto de mi independencia y rebeldía-, hoy ante su definitiva ausencia, las analizo positivamente, puesto que todo transcurrió bajo el manto de su nobleza, para mostrarme caminos de superación y prosperidad.

Me inclino reverente ante sus despojos mortales, para pedir al Todopoderoso, por el eterno descanso de su alma: de espíritu noble, brillante y bondadosa, que dejó a su paso por este mundo, sabias enseñanzas para presentes y futuras generaciones, que, si las saben aprovechar, muy seguramente que llegarán a la cúspide de lo que fueron sus grandes deseos, puesto que, nunca fue egoísta con sus dones de inteligencia privilegiada; siempre las compartió con quienes buscaban el caminos de superación.

Siendo un imberbe de 18 años, después de culminar mis estudios de bachillerato en mi natal Aranzazu, – el siete de enero de 1.967-, con mi modesto equipaje, llegué a enfrentarme a la vida, bajo la mano protectora y sabias orientaciones del doctor César Montoya Ocampo, q.e.p.d.

Lo primero que hizo fue rescatarme del sórdido San Victorino, para que fuera a vivir los primeros meses donde su muy querida hermana: doctora Cielo; posteriormente, se dio a la tarea de conseguirme empleo en la contraloría del Distrito y posteriormente mi ingreso a la universidad.

Pocos seres humanos, supimos entender su recia personalidad, matizada por una brillante inteligencia, que guardaba en lo más profundo de su corazón, las más bellas intenciones para el bien de la humanidad, sus columnas de todos los jueves y más de 10 libros escritos, muestran en su contenido el profundo amor por sus semejantes, pero muy especialmente por su familia y la tierra de sus afectos: Aranzazu y Salamina, su amor por estas dos ciudades, lo motivó para escribir el libro titulado: De aquí y de Allá.

En cada una de ellas, dejó hondas huellas de servicio comunitario, aunque los necios y detractores digan lo contrario, abrió caminos de progreso para todo el departamento de Caldas y el País, puesto que fue protagonista de nobles iniciativas, varias de ellas realizadas al son de campañas políticas o cómo legislador que fue en el Congreso de la República y varios concejos municipales.

Amó entrañablemente al pueblo y a sus gentes de Aranzazu, que lo vieron nacer, cada una de sus veredas, eran como una estación del cielo en los confines de la tierra y sus moradores, pacíficos campesinos que todos los días madrugan a luchar con honradez y supervivencia, para sacar adelante a sus familias.

Fue dueño de una exquisita oratoria: en los estrados judiciales brilló con luz propia, para convencer a los jurados de conciencia y arrancar de las garras de las injusticias a muchos inocentes; como orador de plaza pública fue un verdadero tribuno, predicando la doctrina de su partido conservador al cual perteneció.

Como coronador de reinas en diferentes ciudades del País, hizo gala de sorprendentes dotes poéticos, colocando en el pedestal de la grandeza a muchas niñas que no eran tan bellas, pero si lo eran al son de una oratoria que destilaba convencimientos y asombros de majestad.

Desde su más tierna infancia, sabía cuál iba a ser futuro, por sus inquietudes intelectuales y consumado lector, lo ubican en el País, como un verdadero mecenas de la literatura universal, no existieron predios vedados para analizar los grandes literatos y del parnaso colombiano y universal.

Paz en su tumba, resignación a toda su familia y allegados; para doña Heroína Giraldo hoy viuda de Montoya, su magnífica esposa, mi abrazo de cariño, condolencia y solidaridad.

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