24 de agosto de 2019
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Depende tanto

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
24 de mayo de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
24 de mayo de 2019

Escribí que no sería extraño que la cordura pendiera de una bromelia diminuta. Hace poco fui a buscarla, y allí está, escondiéndose de la guadaña de algún obrero acucioso; si nadie la molesta podrá vivir algún tiempo más y hasta le brotará en la base, gracias a su hermafroditismo, un hijo que luego dará pie -literalmente- a otro, y así hasta el fin, afortunadamente impredecible. Las bromelias son plantas tropicales, americanas, capaces de crear en su interior un universo completo, lago incluido, arañas, insectos, hasta anfibios.

William Carlos Williams escribió: “Depende tanto/ de/ una carretilla/ roja/ lustrosa de agua/ lluvia/ junto a los pollos/ blancos”. ¿Qué depende? El verso de Williams es abierto, comprensivo de casi todo, ¿qué es lo que depende? José Manuel Arango, quien además tradujo los versos que he copiado, dijo que “la vida, nada menos. La carretilla ayuda a dar la vida. En ella, como en los suecos de Van Gogh, está el sentido de la tierra. La brega y la alegría de bregar. Y la carretilla está puesta allí en el poema con la misma sencillez con que está puesta ahí, en la huerta, entre los pollos blancos…”.

No comparto la interpretación de José Manuel, pues los primeros versos generan una inquietud difícil de eludir, el carácter prosaico, elemental, de la carretilla roja y de los pollos blancos, es contundente. Queda la impresión de que para Williams la dependencia puede ser de cualquier cosa, pues finalmente todas las cosas tienen, o deben tener, la misma importancia en el universo.

Creo que la carretilla roja puede cambiarse según cada cual. Solo es necesario que se piense un poco, o se acuda a los recuerdos para que todos sepamos de que dependemos, e incluso es probable que la dependencia varíe según el tiempo.  El problema es si tenemos valor para aceptarlo, no es fácil admitir que somos un eslabón más en la infinita cadena de acontecimientos y relaciones, y mucho menos que dependemos de algo simple.  Tampoco sirve mucho andar pensando el tema, hacerlo puede convertirnos en cachivacheros supersticiosos o voyeristas inmóviles. Algunos casi lo somos.

Nan Shepherd, a quien acabo de leer, dice que “…Todos son aspectos de una sola entidad, la montaña viva, la roca que se desintegra, la lluvia que nutre, el sol que estimula la semilla, la raíz, el ave: son todos uno…”. Se refiere a los Cairngorms, los montes de las tierras altas escocesas. Tiene razón, todos son aspectos de una sola entidad, o mejor, somos aspectos de una sola entidad. Así que es cierto, dependemos, pero porque todo depende, porque no hay nada ni nadie autónomo, independiente, único; ni siquiera la bromelia.  Hacemos parte de una infinita red de sometimientos, en la que importan poco criterios como vitalidad, espacialidad y tiempo.

Otro poeta norteamericano, Edgar Lee Masters, abogado y funcionario, también gris como Williams, pretendió lo imposible, narrar en versos una vida, la de Elenor Murray, descubrió en su tarea que no existe manera de hacerlo: “Elegid una vida al azar y estudiadla:/ alegra, complica y afecta a otras vidas,/ se extingue…/ El destino arroja una piedra y el círculo de su vibración/ alcanza las orillas más remotas/ Un libro así sería interminable;/ si hubieran de seguirse todas las ondas, las huellas/ de una vida cualquiera …/ Y continuásemos más hasta contemplar no sólo las ondas/ expandidas/ y las vida afectadas, sino incluso los secretos ocultos/ de las personas de las que ni siquiera tuvo noticia…”.

La derrota en su propósito terminó por consumir las fuerzas de Masters, quien se internó en un hotel en Nueva York, acabó su matrimonio y no alcanzó un nuevo éxito literario.  Borges contó que alguna mañana el poeta visitó la tumba de Emerson “y pensó que el destino lo había derrotado y que eso no importaba”.

Apenas alcanzamos a imaginar las dependencias, las ondas expandidas.  Tal vez toda biblioteca, y toda suma de lecturas, no sea más que otra forma de manifestar el deseo de abarcar lo imposible, de desentrañar la infinita red de subordinaciones.

La roca que se desintegra, dijo la escritora escocesa, es decir el polvo que es y vamos siendo todos, y todo.

 

Manizales, mayo 24 de 2019