5 de marzo de 2021
Directores
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Evelio Giraldo Ospina

CAMPANA

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
31 de mayo de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
31 de mayo de 2019

Ella y su madre estaban terminando de instalar los elementos  necesarios para la venta de arepas con todo, en una esquina del barrio, con cuyos ingresos han complementado de tiempo atrás  los pocos que su esposo y padre obtiene de un pequeño taller de zapatería donde son más los remiendos que resultan, que los encargos de zapatos nuevos, en los que puede haber un poco de más utilidad.

Se apuraban porque se acercaba la hora en que normalmente ya hay arepas para la venta de una clientela que se ha ido fidelizando con el paso del tiempo y con la calidad  del producto. La niña ayudaba en todo, menos en encender el fogón artesanal de carbón, para evitar cualquier clase de accidente. Las tareas de riesgo en el negocio estaban a cargo de la madre, que cuidaba celosamente que a su hija no le fuese a pasar nada, sencillamente que ayudara en lo que podía, para aprender bien,  porque de todos modos debía hacerlo para que más adelante pudiera  hacerse cargo de todo. Era el negocio principal de manutención de la familia compuesta por  su padre, la madre y dos hijas. Los precios de las arepas son muy bajos, porque en un barrio estrato uno no es posible vender nada caro, la gente carece de recursos y cuando se comen una arepa camino de regreso a casa es casi un lujo. La hora de abrir el servicio es sobre las 5 de la tarde, cuando comienzan a llegar los obreros de regreso de sus trabajos y las mujeres trabajadoras  que llegan a casa en el afán de tantos quehaceres que les esperan para mantener la casa al día.

En esas llegó la tía Yulli y le dijo a la niña que  ella no podía perder la oportunidad de que la oyeran, porque cantaba muy hermoso.  Ese era el último día de inscripciones al concurso y debían enviar el video  por instagram a la productora para que la oyeran, con todos los datos de nombre, dirección, edad, padres. Nada se perdía con enviar el video, al fin y al cabo las redes sociales no tienen costo y lo peor que podía pasarle era que le dijeran que no superaba la prueba y ella seguiría con sus estudios en el colegio y ayudándole  a la mamá en la preparación y venta de las arepas de la esquina.

La mamá estuvo de acuerdo que fueran a grabar el video, con la condición de que no se tardara, pues ya casi debían abrir la venta de arepas, comenzaba a circular la gente del barrio enclavado en el oriente de Cali, donde se hacinan cientos de miles de personas, con todas las dificultades habidas y por haber y muchos anhelos de salir adelante de alguna manera.

Se fueron a la casa cercana de la tía Yulli, conversaron un poco de cual de todas las canciones que la niña se sabía y que cantaba  en las veladas artísticas del colegio y las celebraciones del barrio, escogía para grabar y enviar. La grabación la harían con el teléfono de la tía. Esta habló de muchas canciones, todas ellas, en su concepto, cantadas de la mejor manera por la sobrina.  Todas las opciones que la tía le daba eran aprobadas por la niña. Hasta que esta le dijo: no escojamos más, si lo que se necesita es saber como canto yo, pues grabemos cualquiera, con eso no va a pasar nada, ni siquiera tengo ropa para presentarme lejos de mi casa.  La tía no tuvo la misma opinión: te vas a inscribir porque vas a ganar, cantas muy hermoso y tienes una voz demasiado potente. La niña objetiva, le dijo: tía, lo que pasa es que me quieres mucho, grabemos ya, mi mamá me está necesitando.  Y grabaron “ La Maldita Primavera”, a capela, en la sala de la casa, eliminando ruidos de hogar, revisaron el video, lo oyeron, no corrigieron nada y la tía se comprometió a que lo enviaría cuanto antes, pues las inscripciones se cerraban esa noche a las 12. La niña se marchó hacia su casa a terminar de llevar los implementos de venta de arepas en la esquina. Su madre ya estaba allá, prendiendo fuego al carbón, que comenzaba a humear. La hija  le contó a la madre que canción habían grabado. Ella le respondió que podían haber grabado otra de las muchas que se sabía, que a lo mejor esa no iba a gustar mucho, “porque eso es música de plancha y esos concursos son muy reguetoneros, les gustan son cosas modernas, que no dicen nada y que ponen a la gente a bailar sin saber bailar”,

Esa tarde y esa noche  se vendieron bastantes arepas, lo que de alguna manera podía tomarse como un buen presagio para el concurso, pero de inmediato descartaron ese pensamiento por la inexistencia de relación entre lo que es una venta de arepas y un concurso nacional de canto ante las cámaras de televisión.  Mejor olvidarse del asunto y hacia las diez de la noche recoger las cosas, guardar el fogón de carbón, irse a dormir y madrugar al día siguiente a emprender una jornada más de lucha por la supervivencia.

El asunto no se volvió a tocar en casa. La vida cotidiana no podía cambiar en nada por el simple hecho de haber enviado, mediante el uso de medio electrónico,  un video con una niña cantando una canción de esas que cantan  en las horas finales  de la bohemia cuando afloran los amores idos, los frustrados, los por llegar, los que nunca llegaron, los que nunca serán posibles, los que sólo representaron frustraciones y desengaños que terminan convertidos en recuerdos que quieren ahogarse en alcohol  y olvido.  A la niña le gustaba cantar y lo iba a seguir haciendo, con concurso y sin concurso,  en el colegio y en el barrio. A la gente le gustaba escucharla.  Todos decían que cantaba muy lindo. Sus padres y sus familiares también, pero no dejaban de tener presente el factor emocional y la unidad que han tenido  con la menor.

Dos semanas después llegó la tía Yulli al puesto  de arepas de la esquina con el corazón en la mano. La acababan de llamar de la productora del concurso y le dijeron que la niña había entrado a las rondas clasificatorias en Bogotá, que debía presentarse y que le llegarían los tiquetes aéreos para ella y su madre. La oirían los jurados calificadores y  le dirían  si era una de las voces para estar entre 64 concursantes  venidos de todo el país, escogidos entre miles de videos llegados y con la selección de cientos de ellos para las pruebas iniciales, que se grababan  y que luego en diferido, editadas, serían conocidas por una audiencia  que desde cuando el concurso existe marca el rating más alto de la televisión  colombiana en el horario de las 8 de la noche.

Todo el barrio se enteró  que tendría una representante en un concurso de esa naturaleza y como gesto de solidaridad con la familia, intensificaron la compra de arepas, pues sabían que para atender los compromisos del certamen deberían dejar de venderlas durante un tiempo. Necesitaban ganar un poco más, para ahorrar  y dejarle algo de adelanto económico al padre y a la otra hija que quedaban en casa, sentados al frente de un televisor de no muy buen tamaña, con sonido amplificado por todo el barrio en el momento en que ella cantase.

El día del viaje, a primera hora de la mañana, no puede decirse que madre e hija se despertaran temprano, es que casi pasaron la noche despiertas, estaban nerviosas, muy nerviosas, no por el concurso, no por el canto, que la niña tomó como la cosa más natural: ir a cantar, a hacer lo que ella le gustaba, sino porque nunca habían montado en  avión y habían  oído tantos comentarios de miedos y temores a estar volando por encima de las nubes, que no lograban imaginar como podía ser eso y si resistirían las emociones que ello les produciría.

En el viaje al Aeropuerto recorrieron  un Cali que poco o nada conocían, pues sus desplazamientos tienen las limitaciones de quien lo hace en le necesidad de estar atendiendo algún deber  de rutina. Al llegar al terminal lo preguntaban todo. Subirse al avión fue asumir un mundo completamente desconocido. Ese era otro mundo. El despegue fue sentir que dejaban de tener los pies en la tierra y estaban conociendo el cielo que solamente miraban desde abajo.  La placidez  de una mañana soleada les ayudó a entender que ya les había pasado lo mejor de sus vidas con el concurso: montar en avión.

En la productora del evento no dejaron de sorprenderse ante el dominio de si misma de la concursante. Cuando llamaron a Anabelle Campana Ribera  no encontraron ninguna de las reacciones nerviosas de la gran mayoría de los participantes. Al preguntarle que canción quería interpretar  les dio un menú de muchas melodías románticas, de esas que cantan los tradicionales baladistas, con potentes voces y grandes interpretaciones.  Les dijo a los productores que le indicaran alguna de esas muchas que les acababa de enumerar y con esa saldría. Lo hizo y en los primeros compases marcados por los altos, los medios y los bajos del tono de la voz de la niña, supieron que allí tenían una participante que podría llegar muy lejos. Su madre, presente en la prueba, Pilar, no paraba de llorar de la emoción de ver la desenvoltura de su hija en medio de tanta gente  y las atemorizantes cámara al frente grabando. La niña le dejaba la sensación de que estaba cantando en la sala de su casa.

Cuando comenzaron las transmisiones de las rondas clasificatorias para escoger los 64 participantes definitivos, en las que los niños cantan  al frente de unas sillas altas de espaldas, en las que al girarse se podrán apreciar a los jurados calificadores,  cantó como si estuviera en su colegio, con naturalidad, pegada a la pista con rigor y dando unos tonos que desde el inicio sorprendieron. Mucho antes  de terminar los dos minutos que les dieron de clasificación, los tres  evaluadores se giraron en sus sillas con entusiasmo y comenzaron a disputarse la posibilidad de llevarla a uno de sus equipos, Fanny Lu y Sebastián Yatra con sus meloserías empalagosas  que tocan el rícudlo y que son casi ofensivas para los niños y Andrés Cepeda con la seriedad de un artista maduro, compositor, cantante, arreglista, músico de toda la vida, quien la única oferta que le hizo fue  enseñarle muchos secretos de lo que es la música y lo que es el espectáculo. Anabelle no tuvo la menor duda, se fue con Cepeda. Ella jamás había estudiado música y lo que hacía no era más que el producto de su actitud natural, de las calidades de su voz y del entusiasmo con que se aprendía las canciones de su gusto, esas que de alguna manera hablan de desamores y amores que se han ido sin siquiera despedirse. Cepeda fue feliz, tuvo la convicción de que en  ella tendría una carta ganadora del concurso, que trabajar sus presentaciones no sería difícil  y que llegar hasta el final con tanto talento aparecía tan natural, como la manera de comportarse en el escenario de la niña.

Anabelle, hija del zapatero Jeiner Campana y de la vendedora de arepas en una esquina del barrio El Poblado II, en el Distrito de Aguablanca en Cali, Pilar Ribera, quien tiene una hermana un poco mayor que ella y muchos tíos y primos, entre quienes sobresale Yulli, porque desde siempre ha vivido convencida que tiene una sobrina artista, fue la ganadora de la versión 2019 del concurso de Caracol Televisión “La voz kids”, que es un formato exitoso de origen holandés, que ha generado los más altos niveles de sintonía  de la televisión nacional,  por la calidad de niños  que se pueden ver y oír y porque es uno de los pocos espacios libres  de sexo, violencia, partidos políticos y opiniones descalificantes del otro, que hacen de este país un lugar  que mirado desde afuera pareciera que se está desmoronando, pero no es más que el reflejo de unos ambiciosos que todo lo quieren para ellos,  sin tener en cuenta que en las democracias todo debe estar al servicio de todos, no de unos pocos.

En desarrollo del concurso y en la plena convicción de que en Anabelle tenía una verdadero promesa de la canción colombiana, Andrés Cepeda en un fin de semana invitó a Cartagena a Pilar y la niña. De nuevo un viaje en avión, un poco más largo, conocer una ciudad –la única- diferente a Cali-, y tocar el mar con sus pequeños pies, sentir el sabor salobre de sus aguas  y los atardeceres de color naranja que se van diluyendo con la llegada de la noche.  La alegría  y las emociones en los cuerpos de Anabelle y Pilar ya no cabían. No importaba que pasara al final del concurso, con su voz habían montado dos veces en avión y habían ido hasta el mar, para tenerlo entre las manos.

Llegó a la final del concurso como la cosa más natural. Ahora cantaba mucho mejor, pues Cepeda y otros entrenadores infantiles le habían enseñado el manejo de los tonos, las actitudes en el escenario, la forma de transmitir un poco más el contenido de las canciones, la habían hecho una artista con mucho talento, que traía consigo, pero ahora administraba mejor. Le deseó lo mejor, de manera sincera y profunda, a sus dos competidores y les auguró lo mejor de ahí en adelante; por su parte ella había logrado definir su camino: sería cantante, sin dejar de estudiar y sin dejar de ayudarle a Pilar a vender las arepas en el Poblado II. Ganó. No lloró. Se emocionó controladamente, porque siempre ha sido así y porque le habían enseñado que el artista debe emocionar hasta el llanto a sus espectadores, pero debe mantener el control constante del espectáculo para que este brille hasta el final,  como brillan y suenan las campanas, como su apellido, con el paso de los tiempos. Esa campana sonora que le lego su padre por apellido, va a sonar de ahora en adelante en el mundo de las canciones. El apellido se lo dieron, el sonido lo ha dado ella y lo seguirá dando, cada vez con mayor fortaleza.  De la esquina de su barrio humilde pasará a las luces de escenarios y a las exigencias de grabaciones millonarias con la compañía internacional a que fue asignada como premio mayor. Ya no habrá más ventas de arepas, ya no habrá  más zapatos para remendar, aunque siempre le va a pedir a Jeiner que le haga un nuevo par de zapatos, como el que le hizo para la noche en que se consagró en medio de muchas lentejuelas.