24 de agosto de 2019
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Fábrica de silencios

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
22 de mayo de 2019
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
22 de mayo de 2019

El peregrino pisa el monasterio de los benedictinos en Guatapé, distante  de Medellín  dos horas y una misa de doble yema, y se siente instalado en tierra prometida.

Benedictinos entrada

A la entrada, una leyenda que tiene como telón de fondo la hermosa iglesia-basílica, notifica al advenedizo que no ha llegado a un parque de diversiones. Viviremos una trinidad de retiro, soledad y silencio.

Como el sitio es relajante como el salmo 23 dan ganas de quedarse a perpetuidad. Pero las ganas duran lo que el escueto salmo 117. Nos reclaman el mundo y sus vanidades.

Durante el fugaz sabático los que huimos despavoridos “del mundanal ruido”  compartiremos con los dueños de casa lecturas bíblicas, cantos gregorianos, maitines – cero martinis -, vísperas, aire y un menú austero que sabe a banquete de rico epulón.

Les dejamos a los religiosos para ellos solitos sus votos de pureza, castidad y obediencia, este último el más fácil de batutear. Aunque Ripley no lo crea, en las casas se hace lo que el hombre  obedece. Lo dice el filósofo Eneas, el parecero del diminuto Benitín.

De haber vivido en la era digital, el fundador, san Benito,  habría cambiado el voto de obediencia por la prohibición de cargar celular, las siete plagas de Egipto en una cajita.

Después de la estadía en este oasis teológico donde la divisa es orar y trabajar, el viajero queda cero kilómetros, listo para regresar a la competencia feroz, el pico y placa, las falsas noticias, las fotomultas, el trancón, la envidia.

En lugar de CNN que nos informa al instante sobre los lapsus que comete la humanidad, nos acompaña una sinfonía nocturna de cigarras.  El lugar es sauna y turco espirituales.

En el monasterio-posada no hay tarifas. El monje hospedero que nos instala en la austera celda no espera propina. Se lo prohíbe el voto de pobreza.

Como dicen en los buses, la cuota del alojamiento la pone  lo que le dicte la generosidad al feo durmiente. No en vano los escasos cupos disponibles para la gente contaminada de ciudad hay que separarlos con años luz de anticipación.

Mientras escribo  el borrador de estas líneas ardía la catedral de Notre-Dame. Sufrí un tsunami emocional dada mi condición de exseminarista que hace años visitó ese ícono religioso y cultural cámara Kodak al hombro.

Viendo arder París a través de su otro yo, Notre-Dame, me regalé una veloz blasfemia: Dios tomó compensatorio el lunes 15.

Despachado el enriquecedor triduo les dejo el siguiente mensaje a los monjes que nos sacaron del libreto:

No les cuenten a Trump ni a Bill Gates que existe este monasterio  porque no los sacarían de aquí. En la abadía somos millonarios en soledades,  ricos sin plata. Nuestros agradecimientos a los pupilos de san Benito. Nos regalaron silencio y redistribuiremos silencio según el mandato recibido. Pedimos pista para una segunda oportunidad. El Colombiano.