20 de julio de 2019
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Mi viaje a Marruecos

25 de marzo de 2019
Por Jaime Jurado
Por Jaime Jurado
25 de marzo de 2019
Mahoma. Imagen publicada en el blog de Carmen

Aun cuando tengo muy claro que no todos los árabes son musulmanes ni todos los musulmanes son árabes, poco antes de ingresar a Marruecos cruzando el Estrecho de Gibraltar, la llegada a un país árabe me hizo pensar en la figura de Mohamed, que en español conocemos como Mahoma, profeta y referente indiscutible del islam, religión profesada por aproximadamente mil trescientos millones de personas. 

Era pues evidente que ese nombre estaría muy presente durante mi reciente viaje por la nación magrebí, máxime cuando su rey se llama Mohamed VI. Lo que no presentía era que fuera a encontrarlo tan frecuentemente en personas comunes que me lo harían ver de una manera diferente de la que encarnan los dos altos personajes mencionados. 

Cuando el ferry procedente de Algeciras está a punto de tocar tierra al otro lado del estrecho, y estoy literalmente deslumbrado por la luz mediterráneo-atlántica que une a Europa y África en un mismo cielo de transparencia diamantina, alguien confirma lo que ya me habían advertido otros en el puerto español del que parte la embarcación. Por haber comprado el pasaje vía internet en medio de la prisa y de un receso durante la entrevista para la visa  en el consulado marroquí en Colombia, el boleto no era para la ciudad de Tánger propiamente dicha (Tánger City) sino para el puerto de Tánger (Tánger Med), situado a unos 45 kilómetros de la primera. Ya se acercaba el fin de la tarde, no disponía de moneda local, mi reserva en el hotel era para la ciudad y no tenía claro como ir de una parte a la otra. Miré con ansia la fila de pasajeros que hacían cola para bajar y decidí abordar un hombre de edad mediana que creí español por su aspecto tan definidamente mediterráneo y por su correcta pronunciación del idioma de Cervantes y resultó ser un camionero marroquí que trabaja largas temporadas en España. Para mi suerte no solamente me orientó sobre la ruta sino que se ofreció a llevarme en su auto sin costo alguno. Como si esto fuera poco agregó que también estaba dispuesto a transportar a otros que lo necesitaran. Sin pensarlo dos veces llamé a dos chicas que parecían estar en la misma situación, una suiza y otra española, que aceptaron entusiasmadas. 

Ya instalados cómodamente en el vehículo, el amable Mohamed, que a esa altura había revelado su nombre,  iba explicándonos cosas de su país y del camino. Informó que es una tradición poner el nombre del profeta al hijo varón mayor en toda familia y sin darnos cuenta arribamos a nuestro destino. A la pasajera ibérica la condujo hasta el terminal de buses porque iba a visitar a su esposo en otro municipio. A la helvética y a mí, a pesar de que le dijimos que nos dábamos por bien servidos con estar en la ciudad y que tomaríamos taxi hacia los hoteles, nos transportó hasta el límite de la casba o parte amurallada de la ciudad antigua ya que por la estrechez de sus vías no entran en ella los vehículos. 

Su ayuda fue clave porque de no ser por este primer Mohamed (que sonrió ruborizándose tímidamente cuando le dije que lo llamaría Mohamed VII, tal vez pensando que era atrevido compararlo con el monarca) hubiera llegado, en el mejor de los casos,  ya de noche a ese laberinto de pasadizos en que estaba situado mi hotel, tan enredado que hasta el espontáneo guía que después me “orientó” en el sector estaba desorientado  y solo al cabo de muchas vueltas pude encontrar mi lugar de alojamiento, ubicado justamente donde me había dejado el hombre diciendo que siguiera de allí hacia abajo en línea recta unos trescientos metros. 

De allí en adelante la ley de probabilidades se encargaría de contactarme con otros Mohameds y ninguno desmereció el nombre ni la marca tan alta que había puesto mi primer benefactor. 

Uno de ellos fue un profesor en Inezgane, ciudad vecina del puerto de Agadir, quien me sacó de la confusión pues creía estar en ésta ya que mi boleto decía que ese era mi destino ese día. Además me aclaró la confusión sobre el horario para El-Aaiún, siguiente parada para la cual mi salida era a las 8:30 p.m, hora que ya había pasado pues no me di cuenta de que a partir de determinada latitud cambia la hora. En fin, no solamente me orientó sino que intercedió por mí ante el encargado de la empresa de transporte para que se me despachara en el bus de las 10 (eso sí, sin que se me reembolsara el precio del boleto) y además me explicó en detalle su posición sobre el tema espinoso (prácticamente tabú) de la República Árabe Saharuí Democrática sin que yo sintiera que conversar sobre ello me pusiera en riesgo. 

Al día siguiente, a pesar de la advertencia del docente, me sucedió la misma confusión de Agadir-Inezgane y me apeé no en El-Aaiún ciudad como debía, sino en El-Aaiún Puerto o Playa, situado a varios kilómetros. Por ser muy temprano aún no había transporte público y decidí caminar. Solamente había avanzado unos cientos de metros cuando siento que para una camioneta y su conductor me pregunta si voy a la ciudad, ofreciéndose a llevarme, lo que acepté entusiasmado. Así este Mohamed, quien me comentó que era periodista, me condujo hasta el centro y me situó en la zona de hoteles que estaban al alcance de mi presupuesto. 

Ya en el terminal de transporte de El Aaiún, me dirigí a la ventanilla de Sata, la empresa de buses cuyo viaje había perdido. Allí pude explicar la situación al joven que atendía y desde el primer momento me aseguró entre sonrisas que se resolvería, lo que hizo al cabo de unos instantes abonando el tiquete a otro hacia Marrakesh para dos días después, ya de regreso al norte del país, mostrándose dispuesto a verificar que todo saliera bien y prometiendo su ayuda en caso de cualquiera otra necesidad. Habrán adivinado el nombre de este nuevo personaje, del cual solamente diré que era el primogénito de su familia. 

En la ciudad situada al borde del desierto del Sahara, otro joven, esta vez de nombre Zoubair, fue espontáneo cicerone y me recomendó visitar “la Boca del Río”, hermosa playa de la zona. Al día siguiente me desplacé a El Aaiún Puerto pero las limitaciones idiomáticas no me permitían localizar el sitio, que en árabe se llama “Fouam Eloud”. Mientras unos me decían (o por lo menos eso creía entender) que era hacia el norte, otros al sur y después de que la policía (luego de revisar mi pasaporte y averiguar vía teléfonica con alguna instancia superior) no me permitió entrar al muelle, me acerqué a almorzar en un ventorrillo. Allí vi con admiración como un hombre que no parecía lugareño sino que tenía pinta de burócrata, accedía al pedido de comida de un indigente, invitándolo a un almuerzo completo que tomó con gran regocijo en una mesa anexa a la suya. Al concluir el mío me acerqué al buen samaritano, que resultó responder al nombre Mohamed Said, funcionario del Ministerio de Sanidad en comisión en la región y gracias a equivalencias y otros malabares sobre el nombre del lugar en árabe, francés y español me esclareció definitivamente la ruta para el lugar buscado, mientras insistía en que también le aceptara la mejor parte de un delicioso pez que consumía. 

En el bus que abordé hacia la playa, un anciano que viajaba con su hijo estuvo pendiente de que efectivamente me bajara en el sitio indicado. No necesito decir el nombre de este mayor, a quien curiosamente volví a encontrar otro día en un restaurante en el que departimos con efusividad. 

Al regreso del refrescante baño en la boca del río, mientras esperaba el vehículo para El-Aaiún, un muchacho a quien pregunté sobre el horario del bus, luego de responder se fue un momento y regresó rápidamente con una botella de agua que me obsequió. Esta vez no era un Mohamed sino Mustafá quien calmó mi sed sahariana y mostró que la amabilidad no es monopolio de los tocayos del profeta. Tampoco solamente de los varones pues a pesar de que con las mujeres se siente una barrera muy fuerte, en una ocasión en la que por el cansancio de una larga jornada me recliné en la banca de un parque y estaba durmiéndome, también en la capital saharui, me despertó una señora preocupada averiguando si me sucedía algo. 

Definitivamente el significado de Mohamed “el que merece ser alabado” se hizo realidad reiteradamente al verificar que tienen el sello humano y solidario que acompaña esa denominación de origen. Fue una gran suerte conocer a algunos de los  150.000.000 de personas que hacen que sea el nombre  más común en el mundo. 

En fin, habrá otras notas en las que me refiera a la situación política y social de Marruecos y al espinoso tema del Sahara Occidental o República Árabe Saharui Democrática (Rasd) pero por hoy quise resaltar el gran recuerdo que dejaron muchas personas sencillas en mi paso por esos países. 

Esta es mi modesta forma de enaltecerlos (a los grandes Mohameds los juzgará la historia) y decirles: ¡sucran! (gracias).