24 de agosto de 2019
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La felicidad de Yeison no tiene precio

5 de marzo de 2019
5 de marzo de 2019

Por Guillermo Romero Salamanca

El colombiano más feliz del mundo tiene 27 años, no se asombra por la gritería ni payasadas de Nicolás Maduro, le importa un pito lo que digan en el Twitter Álvaro Uribe Vélez, Matador o Daniel Samper, le da igual si canta Shakira o Maluma –ni le inmutan sus ruidos– , a veces ve televisión, no se apasiona por ningún programa, muy rara vez oye radio, nunca se preocupa por el celular y sonríe muy pocas veces en su vida.

Pero hoy es distinto. Está feliz.

Se llama Yeison Anzola González, vive con sus padres –doña María y don José Esteban–en Yacopí, un municipio de Cundinamarca a más de 140 kilómetros de Bogotá y a unos 40 kilómetros más allá de la cabecera municipal, en la vereda de Terama, en pleno Magdalena Medio, en un sitio donde el silencio es interrumpido por miles de aves que con sus gorjeos despiertan a los campesinos y embellecen las montañas de estos parajes con cultivos de café, cacao y caña.

Su casa o, más bien su rancho, está levantado con trozos de guadua, unos cuántos ladrillos, unas tablas de mil usos y unas latas hacen de techo. Cuando el sol es inclemente, el calor se hace insoportable y cuando llueve, las goteras son abundantes y Yeison permanece inmóvil escuchando cómo el agua golpea como sonidos de tambor y los truenos estremecen el lugar.

eison y su familia

Yeison tiene parálisis cerebral. Sus padres, no saben definir el por qué “al niño” le dio esa enfermedad. Ella asegura que tal vez fue la demora en llegar al hospital cuando estaba con dolores de parto, pero él sostiene que quizá fue una mala atención médica. En un principio los galenos les dijeron que su hijo sólo viviría unos meses, pero a doña María le parecía imposible que esa sentencia se diera a lugar y por ello lo ha acompañado todos los días. Lo baña, le cambia los pañales, le da la comida y la bebida, lo acuesta, lo abraza, lo mima y lo carga cuando debe llevarlo a Bogotá para las terapias.

Ella es una mujer que soporta sus problemas con estoicismo. A veces llora, cuando está sola, pero hoy sus lágrimas resbalan por sus trigueñas mejillas tostadas por el clima y la dureza de las montañas. Esta mañana comparte la felicidad con el menor de sus hijos.

Cada tres meses emprenden una odisea que va desde su casa hasta Soacha, al sur de Bogotá para llevarlo a una terapia, recibir algunas medicinas y unos cuántos pañales. Se levantan a las 3 de la mañana, lo bañan y lo visten. Le dan su desayuno y luego, con la ayuda de su hermano Andrés lo cuelgan en guando –como se cargan los enfermos en esta región ayudados por un largo palo– y en una especie de hamaca, lo sacan hasta la carretera donde un jeep los acerca a Yacopí. Allí, gracias a la colaboración y generosidad de los conductores y secretarios de las Flotas Rionegro o Expreso Gómez Villa, lo ubican en los primeros puestos y emprenden un viaje que se extiende por las cimas de esas verdosas montañas hasta llegar a La Palma, donde reposan unos minutos y luego comienzan el descenso bordeando precipicios que hielan la sangre y hacen temblar las piernas, mientras se cruza por las llamadas curvas de la serpiente del diablo.

Los gobiernos de Cundinamarca aseguran que esta trocha está pavimentada desde hace varios años. En cada una de las elecciones los candidatos prometen un arreglo a la vía, pero ya los votantes saben que es mentira y que sólo recibirán el tamal o la lechona como compensación y los aspirantes a la Asamblea, al Congreso o a la gobernación no los vuelven a ver sino en fotografías en el Facebook.

Pasan por Charco Largo, un sector donde la pared y el Rionegro escasamente dejan un pequeño espacio para que pasen los vehículos y una hora después llegan a Pacho, para un merecido descanso. Doña María aprovecha para cambiar los pañales a Yeison.

Dos horas más tarde están en Zipaquirá y luego deben enfrentarse a la caótica circulación de Bogotá y ya de noche, se apean en la terminal de Transportes. Doña María espera ansiosa que su hija Rosa le ayude con la tarea. Esa noche hablan en Cazucá, en Soacha de cómo está la familia y deben madrugar al centro hospitalario, hacer las filas, aceptar con paciencia la burocracia y la paquidermia del sistema de salud colombiano.

Yeison hace crujir sus dientes, entrecruza sus brazos y juega con sus manos mientras espera el llamado. El médico le hace el chequeo, le repite las medicinas para las convulsiones y para el uso de pañales. A veces se pueden llevar los remedios, pero otras veces no y se van con las palabras cariñosas del galeno y las enfermeras.

Es tiempo para un almuerzo que han llevado en unas bolsas y vendrá el regreso a su casa de Soacha.  Esperan pacientes la madrugada para el retorno a su casa en Yacopí. Cuando pueden, compran un choco Ramo y un yogur, los bocados preferidos de Yeison en su visita a Bogotá. Son su premio. Le encanta también observar las luces de la Atenas Suramericana.

La gente pasa a su lado sin saludarlo. Él tampoco les devuelve el saludo.

Yeison en su cama

UN CAMINO A LA MEJORA

Animados por la esperanza, amigos y personas con pensamientos positivos, hace poco más de un año, emprendieron una etapa de mejoramiento de vivienda y de vida para Yeison y su familia.

Gracias al apoyo del Grupo Ladrillo Verde –de las empresas Ovíndoli, Tablegres y Gredos—el 26 de enero del 2018 se llevó un viaje de 1.200 bloques. Luis González, un hombre de alma generosa donó para el transporte y los primeros materiales.  Gracias a Dios y al ateo confeso Marcel Dousse y a su grupo de amigos de Suiza se ha trabajado en la construcción de su nueva casa. El arquitecto Fernando Ángel donó los planos. Luis Bolívar, el conductor del camión, hizo su mayor esfuerzo para atravesar este departamento de curvas y sentimientos.

Los vecinos, armados con picos y palas abrieron un sendero para acercar aún más el material a la casa por mejorar.

El fin de año del 2018 fue distinto para la familia Anzola-González. Yeison pudo ver a sus hermanos Aníbal, Wilmer, Marisol y Rosa y a sus sobrinos que viajaron hasta Terama para trabajar en la construcción de su casa. Además de las jornadas calurosas, en las noches contaban sus historias frente a Yeison, quien en su eterno silencio les observaba. Le gustó cuando se despidieron con un abrazo. ¡Cuánta falta le hacen!

Falta mucho para terminar la casa, pero algún día se logrará la meta.

Hoy Yeison está dichoso. En este marzo le ha llegado un regalo desde Bogotá. Sonríe. Ya dejó a un lado su catre hecho con recortes de madera que le acompañó toda su vida. Ahora tiene una cama, con blando colchón, almohada y unas tibias cobijas donadas por Lilia Baquero y su hija Juliana Barón.

Y más feliz está doña María que lo contempla con cariño y don José Esteban los abraza.

Así es Yeison, el último colombiano para el Estado y el primero para nuestros corazones.