19 de octubre de 2019
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El silencio de San José

29 de marzo de 2019
Por Jaime Jurado
Por Jaime Jurado
29 de marzo de 2019
Foto tomada de la página de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó en internet (http://www.cdpsanjose.org/node/14)

Mientras en todo el país se celebraba el 24 de marzo el día de San José de Nazaret, padre putativo de Jesús y santo patrono de la Iglesia Católica, en ese mismo fin de semana largo se conmemoró el aniversario 22 de la creación de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó.

El discreto carpintero ha sido llamado “el santo del silencio” porque en los relatos bíblicos no se citan palabras suyas y solamente se enfatizan su amor y comprensión por María y su hijo. Puede entenderse y hasta alabarse el mutismo en este hombre sagrado. En cambio, no es nada sano ni loable el silencio que se ha tendido sobre la pacífica comunidad que lleva su nombre en un recóndito paraje de las últimas estribaciones de la cordillera occidental, cerca del mar en el Urabá antioqueño.

Nada dijo la gran prensa sobre esta celebración en la que se conmemoró aquel 23 de marzo de 1997 cuando cerca de 1600 campesinos de diferentes veredas realizaron un pacto fundacional en el que le dijeron no al desplazamiento forzado, reclamaron su neutralidad frente a todos los actores de la guerra, incluyendo las fuerzas armadas oficiales, así como el derecho a permanecer en sus parcelas. Esta interesante experiencia no se ha limitado a la resistencia pacífica. Ha trascendido hacia nuevas formas de organización social y de producción autónoma como alternativa frente al modelo del capitalismo salvaje. El precio pagado ha sido muy alto: 267 de sus miembros asesinados a lo largo de esta ardua travesía de más de dos décadas en las que además de la violencia misma han tenido que enfrentar la estigmatización por parte de voceros oficiales que pretenden mostrarlos como aliados de grupos irregulares. Una de las etapas más duras se vivió en los primeros años cuando los paramilitares y el ejército establecieron retenes en los que se les confiscaban los alimentos para destruir la naciente formación social, a la vez que se asesinó a los tenderos y dueños de los almacenes en los que se abastecía la población. La firmeza, la denuncia y la solidaridad les permitió cruzar el desierto del cerco de hambre y los fortaleció en la creación de una economía solidaria y autónoma en la que se destacan los cultivos de cacao.

El reconocimiento a San José de Apartadó lo llevó a ser sede de un encuentro con delegados de otros grupos indígenas, negros y campesinos que crearon en 2003 la Red de Comunidades en Resistencia. Uno de los logros de esta red es la creación de una universidad campesina en la que se comparten saberes desde una mirada alternativa frente al concepto mismo de universidad dominante en la cultura mayoritaria. En esta forma de educación popular hay una formación teórico-práctica que no se encuadra en ideas de competencia ni explotación sino en un saber al servicio de la resistencia y de la búsqueda de una nueva sociedad no basada en el lucro sino en la solidaridad y en el derecho de los pueblos, en la que el conocimiento no es mercancía sino un saber compartido para impulsar la vida digna y en paz.

Es triste que la existencia y valor de esta comunidad sean más reconocidos fuera del país que dentro de él y que cada día sus pobladores tengan que seguir luchando arduamente por su opción pacífica y por la vida misma de sus integrantes, constantemente amenazada por formaciones paramilitares y en ocasiones por miembros del propio estado. A pesar de los riesgos persisten en sus normas de proscripción de la presencia de cualquier actor armado, en la prohibición de porte de armas por parte de cualquiera de sus miembros, en la transparencia y la solución pacífica de los conflictos, así como en la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas (mala noticia para los amigos del traguito).

Estos compatriotas, como todos tienen derecho a vivir en paz y a escoger libremente sus formas de organización, de producción y de vida colectiva. Sin embargo, ante la falta de garantías por parte de un estado que debería protegerlos, han tenido que acudir a instancias internacionales y a la protección de voluntarios de otros países. Es así como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha dictado medidas de protección y como en su territorio son acompañados por religiosos y laicos de otros países, entre ellos miembros de Brigadas de Paz Internacionales, Operación Paloma y Fraternidad de Reconciliación, reconocidas organizaciones no gubernamentales de apoyo a la paz en el mundo.

Que el mes de marzo que corre sea una buena oportunidad para recordar al santo del silencio y para romper el silencio sobre la hermosa colectividad que lleva su nombre.