21 de marzo de 2019
Aguas de Manizales - Marzo 2019

O39

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
15 de febrero de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
15 de febrero de 2019

En medio de ese gran malestar físico y unos cargos de conciencia que le invadían la vida, tomó dos decisiones: llevaría a lo más profundo del olvido lo que le había ocurrido la noche anterior y no volvería a ingerir licor nunca más, porque no quería volver a padecer  de esa manera una vergüenza tan cierta. Fue mucho el dolor que se acumuló en su dignidad de hombre honrado y no quería repetir esa experiencia emocional. Guardó tan bien lo sucedido en su olvido, que hasta él mismo llegó a desconocerlo con el paso de los años. Todos supieron que había  un extraño músico que le decía con contundencia no al licor, en todas las circunstancias.  Muchos le interrogaron sobre la causa de ello y siempre se limitó a decir que por algo muy malo que le había ocurrido cuando era muy joven. Jamás fue explícito en ese hecho, cuando decidió llevarlo al olvido, efectivamente lo condujo a ese lugar del que no se regresan los hechos, porque de hacerlo dejaría de llamarse olvido.

Su vida iba a estar marcada por las notas de la música, en la seguridad de que se trataba de una aventura en la que no tendría asegurado un ingreso que le permitiera sostenerse, como si sucedía con la vaquería, en la que lo había aprendido todo, pues comenzó a ser ayudante cuando apenas contaba con diez años y era necesario contribuir al sostenimiento de esa familia de siete hijos y muchas necesidades. Mucho antes de la salida del sol, ya estaba en los corrales de la finca “Las Cabezas”, en El Paso, por entonces Departamento del Magdalena y ahora en el Cesar, desde su creación como ente político-administrativo.  Sin zapatos, algunas veces con alpargatas tres puntadas, le fue tomando el pulso al trato con el ganado vacuno y los caballos. Se entendía muy bien con los animales. Los vaqueros  lo tenían como un  ayudante eficiente, que siempre estaba dispuesto a atender las órdenes de quienes  lo enviaban a determinadas labores.  Fue ordeñador, arreador, aprendiz de vaquero, vaquero, jefe de vaqueros y su oscura piel –ébano puro-  se hizo brillante con los rayos del sol, protegiendo en algo su cara con un sombrero sabanero, que luego pasaría a ser un sombrero vueltiao, del que nunca se despojó, hasta el punto de no permitir fotos sin tener su cabeza cubierta. Ese sombrero pasó a ser uno de sus dos símbolos, a más de un acordeón, con los que se distinguió por siempre.

Su escuela fue la vida.  En ella lo fue aprendiendo todo. De escolaridad tuvo lo absolutamente necesario, como aprender a leer, escribir y las operaciones aritméticas. Le fueron suficientes. Nadie le enseñó a cantar. En los cantos de los vaqueros, su voz y su tonalidad  encontró los elementos que le dieron el estilo con el que hizo interpretaciones magistrales, al ritmo de las excelsas notas de su acordeón. De la existencia  y de lo que vivía y conocía con su gente en las inmensas sabanas del Magdalena y el Guatapurí, fue haciéndose a las ideas que quedaron plasmadas en sus canciones  que fueron muchas. Algunas de ellas, verdaderos íconos de lo que es la música vallenata.

No llegó muy temprano a la música. Primero era necesarios ganarse la vida. Tuvo  trabajo desde cuando quiso en la finca “Las Cabezas”, de donde dijo siempre que era oriundo, donde creció, se hizo joven, se hizo adulto y llegó a convertirse en un hombre fuerte, decidido, dispuesto a luchar  sin temor a los obstáculos.  En los sabanales  supo que estaba  su hombría y de allí tomó los elementos sustanciales de lo que llegaría a ser la vida  de uno de los más grandes músicos  autóctonos de Colombia.

Alejo Durán se hizo  a la vida  en esos espacios amplios, calientes, alegres, poderosos, ricos en todo sentido, donde  el tiempo transcurría a la velocidad de los hatos ganaderos.  Los vaqueros eran como una familia. Una familia que primero arropó a ese muchacho  despierto y con muchas ganas de ganarse  un sustento haciendo lo que le dejaran hacer y que fue aprendiéndolo todo, viendo, haciendo, practicando. Llegó a ser de los mejores.  En medio de esas soledades de ir tras una gran cantidad de reses, en un caballo, alentándolas a avanzar con su voz, la música le daba vueltas en la cabeza, porque  se le habían pegado las ganas de serlo cuando veía a su madre ejercer como tamborera en conjuntos musicales de pueblo, que alegraban bailes de familia.

Un día, cuando ya contaba con 26 años de edad, abrió un viejo baúl que era de su tío Octavio Durán. Sacó el acordeón y comenzó a sacarle algunas notas, muchas de las que salían en desorden y sin ningún sentido de expresividad. No le importó. Insistió. Tuvo paciencia y poco a poco le fue dando sentido a esas notas que aprendió a ordenar de tal manera que le dieran una lógica a la percepción del oído.

Encontró a los maestros Octavio Mendoza, “El negro Mendo” y Víctor Julio Silva, quienes  le enseñaron el dominio de ese instrumento, del que se enamoró de manera perdida. Dejó de ser vaquero, pero entendió que algo debía hacer, pues de tocar un instrumento musical para el deleite personal, es completamente imposible vivir.  Con metodología y unos conocimientos sustanciales del manejo  del fuelle sonoro,  fue puliendo  un estilo, una manera de interpretar, una forma de hacerse sentir y oír.  Un día tomo la decisión de que lo que quería ser en la vida era  músico. No volvió a la finca donde siempre le dieron trabajo y se fue a la aventura  de encontrar un camino que lo llevara a alguna parte, aunque fuera el de las satisfacciones personales que dejan las canciones cuando se sabe que han sido objeto de interpretación acertada.

Su mundo dejó de ser el de vacas, caballos, terneros, sogas, postes y extensos caminos de arrear y pasó a ser el de los que deben dedicar muchas horas a la perfección de una nota, de una escala musical, que siempre conocía de oídas, poco o nada de manera teórica, como para la construcción de un pentagrama con su correspondiente lectura.

En esa nueva dedicación, descubrió que a las declaraciones de amor que se hacen en compañía de notas musicales la resistencia es mínima, casi inexistente. Fue un enamorado de siempre. Alguna vez habló de haber procreado “25 hijos, todos con la misma, pero en distintas mujeres”. Era vigoroso. Su gran debilidad fueron las damas. A todas ellas les cantó, hasta aquella que un día lo dejó a la orilla de un río, cuando pasó el bus que iba para Santa Marta, un viejo carro que tenía la placa terminada en 039, que fue lo último que sus ojos vieron de ese amor que se iba y nunca más volvería a ver. Ahí nació la más conocida de sus canciones:

Cuando yo venía viajando,
viajaba con mi morena,
y al llegar a la carretera,
se fue
y me dejó llorando.

 

Ay es que me duele
es que me duele
es que me duele
válgame Dios

039
039
039
se la llevó.

 

Ay mi negra se fue llorando
Y a mi esa cosa me duele
Se la llevó
Aquel maldito carro
Aquel 039.

 

Que tiene todas las interpretaciones que se quieran. Desde conjuntos tradicionales vallenatos con guitarras, caja  y maracas, hasta orquestaciones que han sido objeto de arreglos de grandes maestros nacionales  e internacionales. Es una canción sencilla, capaz de traducir sentimientos de ausencia de cualquier amor que se ha ido, y pocos son en la vida a quienes no se les ha ido un amor, o aquello que pensaron que era un amor. Y además llegó a convertirse en uno de esos símbolos que genera directamente lo colectivo, pues cuando alguien la escucha en el exterior de inmediato le genera sentimiento de pertenencia y a quienes la oyen por primera vez, les hace mover los pies y las piernas en ánimo de bailar. Es una canción sencilla, pegajosa y de fácil nemotecnia sonora, que ha llegado a la etimología de lo que es ser colombiano.

Gilberto Alejandro Durán Díaz nació un 9 de febrero de 1918, en el pequeño municipio de El Paso, cuando pertenecía a la geografía del Departamento del Magdalena, que al crearse, a finales de la década de los sesenta, el Departamento del Cesar quedó dentro de este. Hijo de Máfer  Donato Durán Mojica y Juana Díaz, el primero de ellos con antecedentes musicales, pues su abuelo, Pío Durán, fue músico, e igualmente su tío, Juan Bautista. Ella no tenía esos antecedentes artísticos, pero era tamborera en conjuntos de vecinos que animaban las fiestas familiares. El niño Alejandro la acompañó muchas veces en esos bailes y veía el entusiasmo con el que ella golpeaba los cueros y les extraía sonidos que marcaban el ritmo de las melodías que malamente interpretaban sus compañeros.

Desde muy niño, Alejo, como finalmente llegó a conocerlo el mundo, debió trabajar en tareas de fincas sabaneras, especialmente en “Las cabezas”, donde hizo de todo hasta cuando a los 23 años llegó a ser ayudante de vaquería y luego vaquero, lo que desempeñaba cuando a los 26 decidió que lo suyo era la música y que ese acordeón de su tío Octavio lo aprendería a tocar como debía y le pondría, por encima de todo, el corazón a lo que haría.  Todos coincidieron en decirle que de músico se iba a morir de hambre, pero él insistió en que la cuestión no era de faltas del estómago sino de las emociones que percibía cuando el instrumento estaba colgado a su espalda y él lo podía acariciar con sus dedos, caricias que salían al aire convertidas en notas que eran capaces de hablar con quien las escuchara.

Decidió que iría de pueblo en pueblo, de parranda en parranda, tocando ese que llamó su “pedazo de acordeón”. Conoció a Luis Enrique Martínez, -otro de los grandes grandes del vallenato- y juntos se fueron a recorrer polvorientos caminos de fiesta en fiesta, donde tocaban hasta por lo de la comida y la dormida. Poco o nada  quedaba en sus bolsillos, pues los pagos eran precarios. Ninguno de los dos tuvo la menor idea de abandonar ese camino difícil que habían emprendido, e iban en giras de días, semanas, meses y hasta años.  Se iban, no se volvía a saber nada de ellos, regresaban un día cualquiera, cuando nadie los esperaba, de la misma manera que se iban, sin avisar ni siquiera para donde iban. Era que ni ellos mismos sabían a donde irían en la siguiente gira.

Ambos se hicieron famosos como juglares vallenatos. Iban cantando esas historias  que nacían de las tradiciones y contando muchas cosas de las cotidianas, que musicalizadas eran capaces de generar la alegría de quienes les escuchaban con alegría y entusiasmo.

En 1968 el primer Gobernador del Departamento del Cesar, Alfonso López Michelsen, con la ayuda de una amante de la música nativa del Valle de Upar, Consuelo Araujo, organizaron el Primer Festival  vallenato, con el fin de exaltar y mostrar a todo el mundo la riqueza de ese folclor tan encerrado entre los linderos de lo que se conoce como el Caribe colombiano.  El fuerte del Festival era el concurso de acordeoneros y allí estuvieron quienes luego pasarían a esa especie de altar mayor de los vallenatos: Abel Antonio Villa, Alberto Pacheco, Toño Salas, Alcides Moreno, Ovidio Granados (el único sobreviviente), la única dama que se le midió a competir de tu a tu con esos recorredores de sabanas y parrandas bajo la sombra de palos de mango, Fabricia Mariño, a quien todos llamaban Fabri y Luis Enrique Martínez.  Invitaron a Alejo, que se mostró  renuente a competir con quienes eran sus amigos, pero finalmente pudieron más los argumentos de la Cacica Araújo y el Gobernador.  Fue en 1968, Primer Festival de la Leyenda Vallenata, que ganó de lejos el Negro Alejo Durán, quien dio muestras ante los miles de asistentes a la plaza principal de Valledupar, de la gran destreza  en sus manos y el enorme sentimiento  con el acordeón. Fue el primer Rey Vallenato. A partir de allí  fueron muchas las puertas que se abrieron, muchas más de las que ya tenía abiertas, pues su fama iba de boca en boca y sus discos, grabados en diferentes casas productoras, circulaban en ese mundo un tanto cerrado por entonces del gusto por esa clase de folclor colombiano, que ahora se extiende como una especie de manta nacional, a pesar de las grandes modificaciones que ha sufrido en su producción, como método de comercialización, en aras de lo que los promotores denominan la internacionalización de la música colombiana.

En 1951 fue a vivir a Barranquilla, completamente dedicado a la música y siendo un acordeonero vallenato reconocido. Después se asentaría definitivamente en Planeta Rica, que lo adoptó como su hijo nativo y él la tuvo siempre como su patria chica.  Allí vivió hasta cuando los años se le acabaron. En su cementerio está su tumba, siempre adornada con bellas flores.

De Alejo Durán  es la mejor versión que se llegó a grabar de “Alicia Adorada”, ese poema un tanto desparpajado  de quien le canta a su amor de toda la vida y le pide que no se moleste por tanta parranda, tanta trasnochada, tantos desvelos, que de todos modos por muy emparrandado que se encuentre él, el amante, siempre tiene presente a esa Alicia Adorada.  Pocos son los colombianos que alguna vez no han tarareado esas notas, que incluso muchos se atreven a atribuir su autoría a Durán, lo que no es cierto porque fue compuesta por  Juancho Polo Valencia, gran amigo del juglar de El Paso.

Es que los sentimiento de amor y celos son diferentes en sus expresiones en el mundo Caribe. No es necesario ser agresivo. Las cosas se pueden decir con sentimiento y un tanto en broma, para que la dama le baje un tanto al temperamento. Eso lo entendía muy bien Alejo, cuando compuso:

La mujer que tengo
se pone celosa y guapa
porque yo compongo
canciones pa´las muchachas.

 

Por ejemplo ahora
conmigo se ha puesto brava
porque yo compuse
un paseo para Rosalba.

 

Déjate de cosas
y estate tranquila
que yo no te cambio
por nada en la vida.

 

No creo que sea malo
cantarle a unos labios rojos
tampoco es pecado
mirar a unos lindos ojos.

 

Yo a ti no te canto
yo no necesito eso
te quiero y me quieres
y son para ti mis besos.

 

Déjate de cosas
y estate tranquila
que yo no te cambio
por nada en la vida.

 

La mujer molesta y celosa cuando escucha esto, lleva su rostro hacia una sonrisa y el mundo sigue andando, con ese amor  libre de tantos prejuicios que a veces se forman los enamorados.

En 1988, al cumplir veinte años el Festival Vallenato, los organizadores tuvieron la idea de reunir a los ganadores de todos los festivales, y abrieron el concurso Rey de Reyes. Por supuesto que allí estuvo Alejo Durán, de mucho tiempo atrás convertido en uno de los grandes maestros del folclor puro de lo que es la música de los sabanales de la costa atlántica. Su oído había tenido desarrollos  superlativos y captaba los menores defectos que se pudieran presentar en sus interpretaciones. Se volvió un perfeccionista, como un gran maestro de la vida, formado en presentaciones, no en escuelas teóricas. En su salida ante el público, que sin oírlo lo aclamó de una vez como el más popular, interpretando uno de los ritmos obligatorios del concurso “ se le fue un pito”. Se detuvo.  Tomó el micrófono y dijo “Pueblo, me acabo de descalificar yo mismo”. Dio por terminada su función. Se fue a camerinos. El público lo aclamaba y lo reclamaba. El jurado deliberó, consideró la descalificación de Alejo, pero no fueron capaces de tomar dicha decisión. Prefirieron, ante el aplauso repetido de los asistentes, darle la oportunidad de nuevo. Salió a la tarima. Le dio gusto al público y al final comunicó que por lealtad a los demás competidores, a quienes no se les había entregado esa segunda oportunidad, lo hacía estando ya fuera del concurso.  En el saber y el sentimiento del público multitudinario el Rey de Reyes fue Alejo. La corona oficialmente fue para otro.

No hay duda de que el Rey de Reyes en la música vallenata  de mucho tiempo atrás, desde cuando dejó de ser vaquero para convertirse en juglar, fue Alejo Durán, a quien le rinden  muchos homenajes ahora con motivo de sus 100 años del nacimiento. Dicen que se murió  en 1989, en una Clínica de Montería, de infarto al miocardio, pero sigue y seguirá presente en esos intangibles que son la gloria  de los que siembran para ser inmortales. Alejo Durán lo es.