19 de abril de 2021
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Columnistas políticos

22 de febrero de 2019
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
22 de febrero de 2019

¿No leyeron al columnista político, que escribió que en el aeropuerto estaban el gobernador Echeverri, el alcalde Cardona, otro político, el contratista y urbanizador Calderón, el dirigente cafetero retirado Mario Gómez, como si fueran un solo «parche», en alegre charla, como si fueran en comisión a Bogotá o donde fueran? En vez de preguntarse qué hace con ellos, o qué tiene en común, un empresario privado, cuestionado por una obra que amenaza un recurso natural, valiosísimo para la ciudad, en vísperas electorales, como si el Procurador no hubiera venido, ni dicho nada sobre el asunto. 

¿Encuentro casual y social? ¿Se conocían o eran amigos, desde muchos años antes, el hoy alcalde José Octavio Cardona y el señor Felipe Calderón? O solo ahora, en que ambos son poder. El político, tan ligado al económico, y el económico, al que le es tan conveniente ligarse o utilizar el político. 

No sé qué era el alcalde, antes de serlo. Pero ignoro, y no alcanzo a intuir, qué los pudo haber conectado antes. Es conocida la posición del alcalde Cardona ante el proyecto urbanizador de «La Aurora». Posición que a la comunidad manizaleña desconcertó, cuando no entristeció. Suponemos que el señor Calderón, no está en plan de financiar campañas. Pero se deberían curar en salud. 

El columnista, en vez de tener ojo avizor, en lo relacionado con los intereses de la ciudad, lo único que vio o le pareció fundamental comunicar, es que el señor Hernán Penagos, al que no conozco, y que pertenezca al grupo que pertenezca, me ha parecido un hombre sereno, un caballero, no se arrimó al grupo. 

Dizque Penagos no los saludó con las efusiones de los que comparten poderes y tuvo la discreción de sentarse aparte, evitando todo oportunismo, o «manguala» como podría juzgar un malpensado, viendo al discutido y discutible urbanizador, con las máximas autoridades locales, cuando todavía se está investigando y en juicio, en los tribunales, y bajo la lupa de la Procuraduría Nacional, una serie de construcciones que han puesto en vilo el futuro ambiental de los hijos de Manizales. 

Lo que no fue o debió ser más que abstención prudente y respeto por un grupo ya integrado, en una conversación en curso, más la concentración en sus propias responsabilidades, que hacen que una persona se haga aparte, sin ponerse a buscar con quiénes «socializar», comentar rumbos, chismosear, ponerse al día, intercambiar abrazos y besamanos, como a cualquiera de nosotros nos ha sucedido o nos puede suceder, sin necesidad de ser «importantes». Ni éstos, tienen la obligación de hacerse juntos, así se conozcan, ni es mala educación y menos altivez, no cumplir automáticamente aquello de que «los mismos tienen que hacerse con los mismos», por instinto, por olfato, o por simple arribismo.

A ese querer estar solo en la sala de espera de un aeropuerto, por el motivo que haya sido, que no importa, ni nos importa, ni debe importar a nadie, porque bien pudo ser un gesto inconsciente, así se trate de un «hombre público», del que desconozco cómo será como político y me tiene sin cuidado, la interpretación que le da el periodista, de su propio coleto, basada en lo que supuso o que se debe suponer, según el capricho de su miope visión, subjetivísima, pueblerina, es, esa sí , irrespetuosa, despectiva, maliciosa, con la cizañera intención de crear malquerencias e incomodidades inútiles y dañosas.

Y por si fuera poco, le atribuye un ordinario origen a la conducta criticada por él (¿lo sería por el grupo, que ni cuenta se dio?), insinuando un «nuevo riquismo», ante personajes acostumbrados a ingresos muy superiores.

Le dio al gesto, la lectura pecuniaria de vereda o de queja de vecino de estrato dos, al ademán inusual del conocido que mudó de fortuna. 

Y toda esa malaleche, que se destila en un diario que informa a sus lectores, se debe, según expone, a que el señor Penagos le cae gordo, le parece antipático y no se lo puede tragar. No tengo ni idea  quién es el redactor de la columna política a que aludo, en la que con frecuencia expresa públicamente la devoción o el desafecto que le inspiran personajes, igualmente públicos. Ni tengo curiosidad o interés en saberlo.

Y ésta es una ventaja y una diferencia. El poder escudriñar un escrito, o una conducta, de la manera más objetiva posible y con incondicionada libertad, exclusivamente sobre lo que muestra o lo que dice, y como lo dice o lo muestra, sin considerar a la persona, o la fama, origen, clase social, autoridad, edad, o relación de amistad, con que se le conoce. Con todo, la interpretación que analizo, no es nueva, es cotidiana y sintomática del periodismo político lugareño que leemos a diario.

DE OBSESIONES Y MODAS

Mejor no se les pudo servir. Han estado entretenidos. Los odios están ahora amortiguados por los diseñadores. La obsesión,  parece más liviana.

Sabemos que son incapaces de superarla, la tienen tatuada muy adentro. Y pase lo que pase en el país, o en cualquier parte del mundo, volverán a ella, es decir a mirársela. Es su somatén.

Y otra vez, cualquiera sea el paso que den, para adelante, para atrás, o para los lados, miren para arriba, miren para abajo, hablen o callen, allí estarán fijas las lupas para no perder el más mínimo detalle. Jamás se quedarán sin pretexto. 

Al fanatismo, no se le puede negar que es imaginativo. Y es siempre retrospectivo. Vuelve y volverá una y otra vez, sobre lo mismo. 

Los colombianos somos así, estamos hechos de esa madera, y por habilidad, astucia -otros dirán que por lo contrario-, o por lo que sea, la tendencia a mezclar, cuando no confundir, lo epidérmico, con lo esencial.

Por mi parte, también me he divertido con ellos (son demócratas, socialistas, igualitarios), con los de las burlas, las sátiras, los reproches, etc, que combinan – no pueden prescindir del condimento- con las rabias. Menos mal, no tienen exclusiones.