21 de marzo de 2019
Aguas de Manizales - Marzo 2019

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Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
15 de febrero de 2019
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
15 de febrero de 2019

Por Carlos Alberto Ospina M.

“¡No sé qué es un orgasmo!”. Esta inquietud la tomé con similar espontaneidad a la manifestada por la extraña. Dirigí la mirada hacia la señora que tenía al lado y cerré el libro “Antología poética” de Antonio Machado. De cuando en cuando repito la lectura de una obra que elijo al azar. Inhalo el aroma rancio y abaniqueo las hojas. Poco tiempo después las imágenes adquieren el significado del actual estado de alma.

Asistimos al centro de salud direccionados por la Eps. Ella, con la finalidad de realizar la densitometría que determina el contenido de calcio en los huesos y el suscrito, por mal de piedra; es decir, un cálculo hizo el paso torpe a través de las vías urinarias. La mayoría de personas que coinciden en la sala de espera del consultorio médico buscan entretenimiento en el celular, la revista de chismes, el periódico viejo, el fisgonear alrededor y por mera casualidad, dizque, también inician el diálogo con otro paciente.

“¿Ese libro es muy viejo?”, preguntó la vecina.

“No tanto como el autor; en todo caso, usted es más joven que ambos”, respondí con la habitual sonrisa de complacencia desconociendo el impensado giro de la conversación. Detrás de los interrogantes de rigor y las reflejas indiscreciones de alguien que busca deshago e implícita mudez, asomó el drama personal de Laila.

“El jueves cumplí 42 años, ya soy abuela de una preciosa niña. Tengo una hija de 24 años y un niño de 12. Vivo con ellos, porque me cansé de mi esposo, era un Hijueputa. ¡Usted no se alcanza a imaginar la vida tan difícil que he tenido!”, a manera de confesión sacramental, declaró la joven nana.

A los cuatro minutos utilicé similar epíteto para describir la actitud del descortés especialista en ultrasonido. Fui apto para contener en la vejiga, durante 1 hora, los seis vasos de agua ingeridos, pero incapaz para aceptar la falta de trato digno por parte de ciertos individuos mercaderes de la salud.

“¿Cómo le fue?”, curioseó la desconocida. “Creo que me equivoqué de consultorio parecía el laboratorio de coprología con semejante displicencia de ese tipo”, respondí con gesto de desprecio. No tuve espacio para avanzar en la irritación. Mientras esperaba el resultado de la prueba, Laila, desató el nudo de su corazón dolido.

“Solo falta que tenga osteoporosis. Un tío abusó de mi cuando tenía 14 años. Mi mamá me hizo sentir culpable, me odia. Sufro de trastorno depresivo mayor. El papá de mis hijos me pegaba ¡hasta por sospecha! Si me paraba en la puerta a ver pasar la gente, decía: ‘ahí estás de perra esperando ver al mozo´. Me tiraba con todo lo que encontraba. El único modo de defenderme era acurrucándome y tapándome la cabeza con las manos. En seguida, me forzaba a tener sexo, él se venía en 10 segundos. Yo no sé qué es un orgasmo”. La mujer relataba aquel drama con tal grado de amargura en forma de muecas simples y la expresión endurecida. Eché un discreto vistazo a sus manos marchitas estrujadas sobre hierro ardiente.

Una situación de esa naturaleza conduce a la reflexión; en lugar de pronunciar babosadas, lo indicado, es seguir en silencio.

“Señor, un día cogí el rodillo de madera y le pegué una maceada que, nunca más, se atrevió a tocarme. Yesenia, mi hija, me preguntó qué le había pasado a Arturo y le dije: pregúntele a él”. Laila, entró en estado de exorcismo. Nivelaba frases y situaciones disímiles como si nunca hubiera sorbido agua. Testigo accidental de aquel conjuro contra los dolores callados, impávido, seguí sosegado a la orilla de la señora.

“Mi hija es lesbiana desde pequeña. Ella, también fue violada a los 14 años. Ocultó el embarazo hasta los 4 meses. Un fiscal le propuso que abortara y le dije que no. Mi nieta es lo mejor que me ha dado la vida”, ¡por fin!, brilló la ilusión detrás de tantos suplicios. Entonces, la orgullosa abuela debajo caer otra averiguación:

“¿Y en cuál capítulo va?, ¿qué dice?”. Abrí el libro en la coincidente página 151.

“¡Mariposa montés y campesina,

mariposa serrana,

nadie ha pintado tu color; tú vives

tu color y tus alas

en el aire, en el sol, sobre romero

tan libre, tan salada! …”

(Antología poética. Antonio Machado. Biblioteca básica Salvat, tomo 16, Gráficas Estella S.A. 1970)

Se ajustó a un abrazo como si nadie la hubiera fundido de amor cuerpo a cuerpo. “Señor, no quiero ser víctima, pero he apretado los dientes durante muchos años. La verdad, no sé qué me pasó. ¿Usted qué hace?”. Al escuchar mi respuesta, “soy periodista”, por primera vez, sonrió al mediodía de su existencia y destrabó otra frase: “¡Oh!, usted sabe escuchar”.

Enfoque crítico – pie de página. Laila, es abuela hace una década y el violador de su hija sigue libre.

“Es absolutamente inaceptable que la gran mayoría de los autores de la violencia contra mujeres y niñas quede impune. Muy pocos casos llegan a denunciarse a la policía; un porcentaje todavía menor se sanciona con penas, de las cuales solamente algunas son de cárcel. Las instituciones policiales y judiciales se deben tomar las denuncias muy seriamente y otorgar prioridad a la seguridad y el bienestar de las sobrevivientes, por ejemplo, mediante la inclusión de más mujeres policías para atender denuncias de violencia presentadas por mujeres.” (Mensaje de Phumzile Mlambo-Ngcuka, Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, con ocasión del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, 25 de noviembre de 2018)