20 de febrero de 2019
Aguas de Manizales - Febrero 2019

El espíritu de turno

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
18 de enero de 2019
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
18 de enero de 2019

Solo aquel que ha sufrido la violencia de forma directa o como efecto colateral sabe a ciencia cierta que, el daño producido, sobrepasa la destrucción del organismo enraizándose en el alma, la mente y el espíritu del atormentado. Ahora es común escuchar la palabra ‘revictimización´ a semejanza de orgía verbal sin orden ni mesura; a lo mejor, rasgarse las vestiduras obedece a la táctica promocional de diversos intereses.

Unos censuran los difuntos en la otra orilla de la confrontación, mientras justifican los asesinatos a consecuencia del ideario político. ¡Qué grado de vileza y podredumbre moral! Vomitar odio sobre el cadáver desmembrado instituye la bajeza como mecanismo de comportamiento y muestra el fenómeno conductual de los adversarios. Contrario a lo que pregona el nefasto vocabulario mediático, la sociedad colombiana no vive polarizada. Más bien existen personas furiosas por disímiles causas y consecuencias; es decir, el entorno está contaminado.

El contexto social se encuentra tan descompuesto que, el morbo y la sevicia, suplen la razón. Cómo explicar que después del atentado terrorista contra Escuela de Policía General Santander en el sur de Bogotá circularan sin filtro decenas de imágenes de cuerpos despedazados, todavía tibios, por la explosión del carro bomba al interior de la academia. Más rápido se formaron cadenas de conjeturas, calumnias, despiadadas infamias e injurias que, marchas de rechazo y solidaridad, con las familias de los muertos y heridos.

“Bodegas” versadas en la elaboración de operaciones de odio enfilaron baterías con miras a la construcción de especulaciones, señalamientos infundados y oportunismo electoral. ¡Qué asco produce la retórica miserable! Y más repugnancia la mano precipitada y enfermiza que reproduce al instante el mensaje del desconcierto.

La denominada “la ola anti-establishment” exhibió las vísceras de su conducta desviada. Señalar, afirmar, acusar y echar fuego cegados por el enojo opositor; en lugar, de repudiar el acto terrorista, de tajo excluye la acción legal y valida las distintas formas de lucha. Las creencias y las emociones pertenecen al espectro de lo subjetivo. La epidemiología del aborrecimiento corresponde al ámbito de la psiquiatría y peor aún, al cálculo del poder político.

También el acento métrico hizo presencia en distintos medios de comunicación. Al parecer, las décadas de desangre nacional a causa del accionar violento de la guerrilla, los paramilitares, los narcotraficantes y los demás bandidos de diferentes raleas no han tallado el lenguaje de la prudencia, la duda metódica, el equilibrio informativo, la imparcialidad, la investigación, la honestidad y la verdad por encima de cualquier interés institucional. Varios periodistas reaccionaron contra el gobierno de turno, individuos capitalizaron el descontento y otros explotaron la ira alejados de la realidad.

La impulsividad en contravía al análisis mesurado y la orientación a partir del prejuicio allanaron el camino de la confusión social. No faltaron los lambones e insulsos reproductores del sonido oficial. Repito, el país no está polarizado, más bien nos falta entonar un mea culpa, derrotar la injusticia y las prácticas podridas como recrearse con el dolor ajeno.

Enfoque crítico – pie de página. En el caso del carro bomba de la Plaza de toros La Macarena de Medellín, Darío Arizmendi Posada, llevaba pocos días como director nacional del sistema informativo de Caracol Radio. Él y el entonces jefe de redacción, Juan Darío Lara, insistentemente pedían testimonios de los lesionados y otras cuantas atrocidades. Sí, fui el primero en llegar al lugar de los hechos y el último en pasar por alto el efecto que produce un dato precipitado.

“Señores, ustedes no saben la dimensión de esta tragedia”, les dije en tono abatido. Luego, me rebelé contra ellos y el establecimiento; al fin y al cabo, no eran mis jefes.

Por respeto, reserva y protección a la privacidad y al derecho a la intimidad de las familias de mis amigos fallecidos el 16 de febrero de 1991, en esa aciaga época no acepté la postulación a un premio de periodismo y jamás he relatado la barbarie que viví aquel día de olor a sangre y explosivos. Desde entonces el espíritu de mi tiempo no volvió a ser igual.