16 de febrero de 2019
Aguas de Manizales - Febrero 2019

Crónica Así viví el terremoto en Armenia

Por José Miguel Alzate
27 de enero de 2019
Por José Miguel Alzate
27 de enero de 2019
Imagen You Tube
Esta semana se cumplieron veinte años del terremoto que destruyó a Armenia. Por considerarlo un trabajo periodístico trascendente, Eje 21 reproduce esta crónica del escritor José Miguel Alzate, publicada en cinco periódicos del país la misma semana en que ocurrió el movimiento telúrico que dejó 1.200 muertos. El terremoto se sintió en todo el Eje Cafetero.

La mañana había sido fresca, sin amagos de lluvia. Un sol brillante esparcía sus rayos sobre las calles de la ciudad, presagiando una tarde despejada, sin nubes en el horizonte. Eran la una y diecinueve minutos. No hacía un minuto me había levantado de la silla frente al computador. Había terminado de escribir un artículo sobre la integración regional para el periódico Café 7 días. De repente siento que la tierra se mueve. Fue un movimiento leve en los tres primeros segundos. Pero luego fue un sacudón enorme. Se escuchó entonces un rugido impresionante, como de un mar en furia. O como si una fuerza superior viniera desde el fondo mismo de la tierra arrasándolo todo. “Está temblando”, grito.  Asustado, me ubico entre el marco de la puerta que da acceso al patio de la casa, mientras llamo a mi esposa para que busque a los niños. La casa se mece como frágil barca hacia todos los lados. Son segundos angustiosos. Veo cómo sobre el patio cae el techo de una pieza acondicionada para el planchado la ropa. “¡Dios mío, sálvanos!”, alcanzamos a gritar. Y siento al instante un golpe seco, fuerte, demoledor. Miro hacia el patio de la casa contigua, y veo que parte de la terraza ha caído sobre la primera planta, destruyéndola. Siento sobre el techo de mi casa otro cimbronazo igual, como si la planta alta se hubiera derrumbado.  Entonces, desesperados, corremos hacia el portón. Y mientras buscamos la salida hacia la calle escuchamos el ruido de vidrios que se parten, de ladrillos que caen, de losa que se revienta, de objetos que se despedazan contra el suelo. El movimiento de la casa nos atropella a unos contra otros. Al fin logramos salir.  Sobre el andén veo tejas partidas, pedazos de bloques de cemento, vidrios quebrados. Afuera, en la calle, ya están todos los vecinos de la cuadra, pálidos, temblorosos. Al frente todo está normal. Pero el pánico es inmenso. Sin embargo, en ese momento todavía no nos habíamos percatado de la magnitud de la tragedia.

CASAS DERRUMBADAS

Fue al mirar hacia la casa contigua cuando empezamos a darnos cuenta de lo que en realidad había sucedido.  En la esquina, dos casas estaban totalmente en el suelo. Y más allá, a mitad de la cuadra, se veían paredes caídas, carros destrozados, hierros retorcidos. Entonces empezamos a tomar conciencia de que había sido un temblor de grandes proporciones.  Todavía sin reponernos del susto, caminamos hasta la cuadra siguiente. Y vimos, en la otra esquina, otra casa semidestruida:  toda la planta alta se había caído al suelo. En ese instante escuchamos que varias personas, llorando, pedían auxilio. Entonces, entre varios vecinos, tratamos de ayudarlos. En esa casa el panorama era desolador: un niño de escasos diez años de edad tenía una herida enorme en la cabeza, y una señora por ahí de unos cuarenta años estaba tirada en el pavimento con una pierna quebrada: habían caído desde la segunda planta. A su lado, un gato color café claro estaba aprisionado con una silla. Inmediatamente, un vecino prestó su carro para que fueran trasladados hasta el hospital. Los acomodamos en el vehículo. Una vez despachado los heridos, miramos hacia adelante, a lo largo de la calle 21.  Nuestra sorpresa fue mayor cuando vimos postes de la energía derribados, techos caídos, transformadores en el suelo, cables reventados. Estábamos ante una verdadera tragedia.

LA CALLE 21

Después del movimiento que causó los destrozos siguieron varias réplicas de menor intensidad que acrecentaron el pánico. Todos en la cuadra estábamos a salvo. Sin embargo, en las calles el movimiento de carros y motos con las luces encendidas y las bocinas sonando empezaba a inquietarnos. Todos daban noticias sobre estragos en el centro de la ciudad. Tratábamos de sintonizar las emisoras para informarnos, pero no entraban: estaban fuera del aire. Fue cuando decidí hacer un recorrido, en moto, por las principales vías. Eran casi las tres de la tarde. No había transcurrido hora y media después del remezón. Salí a la calle 21, que es una avenida de doble carril, más bien angosta. Presentaba un panorama desolador: familias enteras llorando, techos en el suelo, enseres domésticos en la calle, heridos pidiendo ayuda, postes de la luz caídos, paredes reventadas, casas totalmente destruidas.  Hombres y mujeres trataban de sacar del interior de las casas algunas cosas. Al llegar a la esquina del parque El Bosque, en el cruce de la carrera 23, el panorama era aterrador. La sede del Cuerpo de Bomberos, un edificio de tres pisos, estaba derrumbado. Se había ido al suelo como si fuera un castillo de naipes. Y se oían gritos lastimeros, llamadas de auxilio, quejidos lúgubres. Habían quedado atrapados, entre sus escombros, quince miembros de la institución. La gente, sin más recursos que su voluntad, trataba acercarse al edificio derrumbado. Pero nada podían hacer para rescatar los cuerpos: las planchas de los pisos, al caer, habían quedado intactas, sin partirse. Así la labor de auxilio era imposible. Las máquinas también quedaron aprisionadas entre los escombros.

LA CARRERA 19

Calle abajo, hasta la carrera 19, todo era destrucción. Sólo se veían edificios colapsados, vehículos aplastados, escombros regados en la calle. Un perro blanco de pintas cafés estaba aprisionado por un bloque de cemento. Y un niño como de seis años corría pidiendo que auxiliaran a la mamá. Era doloroso ver estas imágenes.  En toda la esquina de la carrera 19 con calle 21 un edificio de tres plantas se había venido encima de una volqueta. Al lado derecho, un caballo de esos que arrastra una zorra estaba tendido en la calle, con una pared encima.  Más arriba, en la esquina de la carrera 18, un edificio de cuatro pisos estaba totalmente averiado, ladeado hacia la calle, casi apunto de caer sobre la calzada. A todo lo largo de la carrera 19, una vida amplia, no se veían sino casas derrumbadas, puertas caídas, edificios agrietados. En el sector de la Cejita, cerca al puente que debe demolerse, se había formado un trancón enorme de vehículos buses urbanos, camiones, ambulancias, carros particulares. Impedían el tránsito. En su interior las gentes gritaban para que agilizarán el paso. Pero era imposible. Porque de ahí para arriba, hasta el Hospital del Sur, la situación era todavía más grave. De las casas destruidas la gente sacaba con dificultad a los heridos, personas de toda condición social corrían desesperadas, carros y motos andaban en contravía. Eran contadas las viviendas que en todo ese sector habían quedado en buen estado. La bomba Boyacá, recientemente remodelada, se había colapsado. Y los pocos edificios de tres o cuatro pisos que en ese sector se encuentran estaban agrietados, con sus ventanales rotos y sus antenas de televisión colgando, a punto de caerse. Cerca al Terminal de Transporte, al lado izquierdo de la vía, un hombre de cabello crespo, delgado, sin camisa, lloraba al ver su pequeño Renault 4 aplastado por una pesada viga de concreto.

HOSPITAL DEL SUR

Las imágenes más conmovedoras las empecé a ver en las instalaciones del Hospital del Sur, una construcción sencilla, de dos plantas, ubicada en la calle 48.  sobre el andén.  En la entrada de urgencias, cerca de 25 cadáveres de niños, mujeres y ancianos estaban a la intemperie, sin ser cubiertos siquiera con una sábana. La gente, apesadumbrada, sin pronunciar palabra, se acercaba hasta ellos para tratar de reconocerlos. Los que tenían allí a sus familiares lloraban desconsoladamente. Eran escenas verdaderamente desgarradoras. Había cerca de cien heridos:  golpes en la cara, contusiones en los brazos, piernas quebradas, rostros amoratados, bocas sangrantes. Todos esperaban a ser atendidos por el personal de médicos y enfermeras. Los gritos eran desgarradores. Aquí uno comprobaba que la ciudad había sido duramente golpeada. En los rostros de la gente se reflejaba un gesto de impotencia ante la magnitud de la tragedia. Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Porque hasta ese momento el país todavía no se había enterado de lo que sucedía en la ciudad. Todo debido a que Armenia quedó incomunicada por vía telefónica. Además, se había quedado sin servicios de acueducto y alcantarillado Y las emisoras no estaban al aire. Los esfuerzos que las grandes cadenas hacían para informar sobre la ciudad eran infructuosos. En este hospital, a esa hora, cuatro de la tarde, todo era conmoción. Los heridos llegaban en hombros de sus familiares, los vehículos arriban atropelladamente, los recursos para su atención eran insuficientes. Solo se veían caras compungidas, personas desesperadas, escenas de llanto.

CENTRO DE LA CIUDAD

Por la carrera 18 regresé al centro de la ciudad. Las imágenes eran las mismas: destrucción, dolor, muerte.  Cerca al sitio conocido como el Mirador del Quindío la calle estaba agrietada, las cuerdas de la energía en el suelo, varios vehículos chocados. Más adelante, en la calle 28, los edificios de un inquilinato, cada uno de tres pisos, estaban en el suelo. Ollas de aluminio, fogones de petróleo, pedazos de colchones, ropa de toda clase estaba regada sobre la calle, encima de los escombros. Por la carrera 17 el panorama era igual. En una consignataria de vehículos el techo se había derrumbado y quedaron destruidos cerca de quince carros. Sobre la calle 21 con carrera 15, en toda la esquina, el edificio donde funciona la Corporación Colmena estaba destruido. Y en una esquina del parque de Bolívar, frente al teatro del mismo nombre, un edificio de apartamentos colapsó totalmente. En la carrera 14 con calle 22 el Hotel Armenia Plaza se encontraba en el suelo, taponando la vía. Y una cuadra más abajo, en la calle 22, otro edificio de cuatro pisos estaba derrumbado. En la plaza de Bolívar la gente no hablaba. Reinaba un silencio total. Era como si el dolor de la tragedia se hubiera llevado las palabras. La gente se miraba con estupor, sin comprender lo que había pasado, como preguntándose ellos mismos “¿Qué fue esto?”. El edificio de la gobernación, el más alto de la ciudad, estaba bastante averiado. Y uno de sus componentes, la Asamblea Departamental, derrumbada contra la carrera 14, sin destruirse todavía. La catedral, afortunadamente, quedó intacta.  Pero los demás edificios presentaban graves averías. Todavía no había llegado ningún organismo de socorro. Y uno pensaba que, aunque no se escuchaban voces ni lamentos, debajo de eso escombros debía haber mucha gente sepultada. Porque a esa ahora eran pocas las personas que se atrevían a encaramarse sobre los bloques de cemento para averiguar qué sucedía. Mientras tanto, las palomas que volaban por los aires bajaban a posarse sobre los escombros como buscando un poco de comida.

DESOLACION

El ambiente que esa tarde del lunes 25 de enero registraba la ciudad era de desolación, de angustia, de temor por lo que podría venir después. A esa hora mucha gente ignoraba que el barrio Brasilia estaba totalmente destruido, lo mismo que los barrios la Isabela, Uribe, Quindío, Santander, Popular y María Cristina. Se respiraba un aire de tristeza. Cuando alguien se paraba frente a los escombros de cualquier edificación era como si quisiera indagar sobre sus muertos. Todavía no se escuchaba el ulular de las sirenas, ni el bullicio de las cuadrillas de rescate, ni la algarabía de los curiosos. La ciudad apenas se estaba dando cuenta de lo que había sucedido en esos cuarenta segundos de miedo. El cielo estaba poniéndose plomizo, como amenazando lluvia. Pero todo era silencio. El olor a ladrillo, a polvo fresco, a tierra mojada se respiraba en todos los rincones. Los perros caminaban por las calles sin siquiera ladrar, como si supieran de la tragedia. Y camas desbaratadas, colchones destrozados, televisores quebrados, neveras apachurradas, armarios destruidos se sumaban a la inmensa cantidad de vehículos que estaban debajo de los escombros, totalmente acabados. Era un paisaje, el de las cuatro de la tarde, desconsolador.  No podía uno creer que en cuarenta segundos se hubiera acabado algo que se construyó en 103 años de trabajo constante.

LA REPLICA

Cuando pasadas las cinco de la tarde la tierra se volvió a estremecer con un nuevo movimiento, la gente corrió despavorida buscando un sitio donde no corriera peligro. Fue casi de la misma intensidad del de la una y diecinueve minutos. Sin embargo, no rugió con la misma fuerza. El miedo, entonces, se hizo más grande.  Y se fueron al suelo construcciones que habían quedado en muy mal estado con el sismo anterior. El terror se adivinaba en el rostro de las personas que buscaban un sitio seguro para refugiarse. Los niños lloraban, las señoras gritaban, los hombres corrían. Cada uno llevaba encima del peso de su propio miedo, como un fardo difícil de cargar. En ese instante se pensó en la destrucción total de la ciudad, en que de pronto no había quedado casa en pie, en que los muertos aumentarían.  Nadie quiso ingresar a sus casas. Fue cuando la gente, temiendo una nueva réplica, decidió sacar a la calle colchones y cobijas para pasar la noche afuera. Esta réplica aumentó el desconcierto inicial. Ya nadie quiso salir a recorrer la ciudad por temor a un nuevo movimiento telúrico. Todavía no se sentía el hambre. Y los sobrevivientes buscaban en las tiendas de los barrios velas, pilas, agua, linternas. Ya se sabía que esa noche no habría luz, ni agua ni comida. Entonces todos trataban de adquirir algo para el día siguiente. Pero las colas en los pequeños negocios eran bastantes. A las seis de la tarde en ningún sitio de la ciudad se encontraba ya una vela, ni una bolsa de agua ni un par de pilas. 

LLEGA LA NOCHE

A las siete de la noche ya se sabía que el edificio de la policía estaba semidestruido y que cerca de dieciocho agentes permanecían atrapados entre los escombros. También se tenía conocimiento sobre la destrucción total de los apartamentos de Cajanal en el parque Valencia. La ciudad se aprestaba a pasar una noche de miedo en completa oscuridad. A medida que el firmamento se iba oscureciendo crecía en la gente la angustia, la impotencia, el drama. El ruido de los aviones que hasta tarde de la noche sobrevolaban la ciudad causaba asombro. La gente se acomodó en carpas, bajo plásticos, en los vehículos y en los antejardines. Pero nadie pasó la noche en las casas. Ni siquiera los niños jugaban en las calles. Todos se refugiaban en sitios seguros para no correr riesgos. Se encendían fogatas para calmar el frío y, en la misma calle, se preparaba café para tomar con galletas. Las calles parecían campos de refugiados. Cuando la luna asomó en el firmamento la tragedia pareció hacerse más grande. Cerca de diez helicópteros sobrevolaban la ciudad con sus luces encendidas. Entonces la gente empezó a buscar dormida. Pero era imposible conciliar el sueño. El temor de un nuevo movimiento telúrico estaba en la mente de todos.  Por eso cuando las once de la noche se produjo otra réplica la gente corrió desesperada a resguardarse en los carros, en las carpas que ya estaban instaladas o en lugares abiertos que no ofrecieran peligro. Al amanecer se encontrarían de nuevo con la realidad de la tragedia. Y nuevamente volverían a recorrer las calles para buscar a los seres queridos, para mirar cómo había quedado la ciudad, para comprender qué tanto los había afectado el terremoto. Y se encontrarían con la tremenda realidad de una tragedia de proporciones dantescas.