19 de marzo de 2019
Aguas de Manizales - Marzo 2019

Un moco en la corbata

3 de diciembre de 2018
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
3 de diciembre de 2018

El pasado 29 de octubre del año en curso se inauguró la nueva clínica Los Cobos situada en predios contiguos a la Universidad El Bosque, encomiable proyecto adelantado por este distinguido centro universitario y la caja de compensación Compensar. La nueva clínica se anuncia dotada con las más modernas tecnologías medicas en todas las especialidades y ofrece a los pacientes de la capital y de todo el país 313 nuevas camas hospitalarias, cuatro unidades de cuidados intensivos en las especialidades quirúrgica, médica, pediátrica y neonatal. El moderno centro de atención cuenta además con nueve quirófanos. En resumen, se trata de una magnífica y bien dotada clínica de cuarto nivel con un elegante edificio especialmente diseñado y construido para el efecto y con dotaciones y facilidades médicas instaladas “a todo trapo”.

La atractiva e imponente estructura está enmarcada por su frente con  una franja de césped y por una línea de árboles ya crecidos, que, aparte de darle un toque verde y armonioso al conjunto, seguramente amortiguan el probable ruido producido por el intenso tráfico de la avenida novena y le agregan un bonito marco al frontis del edificio. Sin embargo, como no hay felicidad completa, el mismo agradable y bien diseñado frente adolece de su propia verruga en la punta de la nariz, en esta ocasión representada por dos horribles edificaciones de tres plantas, cuyo aspecto, haría sonrojar a cualquier comunidad de estrato 1, restos de una antigua invasión, donde funcionan una carpintería de mala muerte y un negocio de enmarcación, también de discutible presentación y gusto. Como quien dice, eso es lo que se llama, un auténtico y audaz moco en la parte más visible de la corbata.

He oído versiones en el sentido de que los responsables del proyecto intentaron por todos los medios razonables adquirir los mencionados ranchos para demolerlos y mejorar la presentación general del frente de la obra, pero lo más probable es que los poseedores de tales esperpentos hayan valorado sus predios a los niveles de cualquier propiedad en las proximidades del Central Park en Manhattan o sobre la Quinta Avenida de Nueva York, los Campos Elíseos de Paris o alguna de las calles del célebre y concurrido distrito de Ginza en Tokio. Esa es la gran ventaja que los invasores de predios y terrenos suelen obtener en nuestro país. La extraordinaria y envidiable valorización de los espacios ocupados a la fuerza y sin oposición legal alguna por vivarachos y oportunistas, ejercicio que ha sido muy popular y cultivado con fervor por  algunos políticos del pasado, expertos en el tema, cuyas hazañas en la especialidad resultan difíciles de olvidar.

La situación descrita es semejante a los innumerables casos de predios y propiedades que en algún momento se atraviesan como una vaca muerta en el curso  de alguna obra de infraestructura relacionada con el trazado de una nueva carretera, la apertura de una avenida o la ampliación de una calle cualquiera. La carrera séptima de Bogotá ha sufrido en todos los tiempos de esos inconvenientes y obstáculos, ocasionados por predios particulares que se han resistido tercamente a proyectos de ampliación y mejoramiento. Recuerdo especialmente los casos de un predio situado en la calle 107 y otra antigua edificación situada aproximadamente entre las calles 150 a 155 que se mantuvo desafiante y en pie durante mucho tiempo, resistiendo los embates y la presión de los proyectos de ampliación de este importante corredor vial de la capital. Y qué me dicen de la inexplicable situación actualmente vigente en la esquina sur occidental de la carrera séptima con calle 116 donde un importante tramo de la calzada destinada para el tránsito vehicular norte sur está inutilizada y bloqueada desde hace muchísimos años con espantosos y pesados maletines de concreto, situación que naturalmente entorpece el movimiento normal de vehículos por esa congestionada zona de la ciudad y afean notoriamente el entorno de ese  importante sector, poblado de imponentes edificios que sirven de sede a importantes empresas del sector bancario y empresarial. ¿Habrá alguna autoridad capitalina capaz de remediar ese entuerto o al menos de explicar y justificar la continuidad y permanencia de semejante chambonada?

Tales situaciones me hacen pensar con envidia de la situación vivida en el Ecuador, cuyo desarrollo vial ha sido extraordinario en los últimos tiempos pues allí se disfruta de una estupenda red de carreteras, logro obtenido por el controversial gobierno socialista del presidente Correa. Parece que allí el tema de las expropiaciones justificadas funciona a ritmos que en nuestro régimen santanderista y leguleyo son desconocidos y en donde, para nuestra desgracia, no siempre el interés general prevalece sobre el particular. En alguna oportunidad escuché una entrevista radial concedida a un periodista colombiano por la joven ministra de Obras Públicas del Ecuador, cuyo nombre no recuerdo, durante la cual se le interrogaba sobre los detalles y elementos que explicaban los rápidos progresos y el encomiable desarrollo de la infraestructura vial de ese país vecino.

En una de las preguntas, el periodista le inquirió sobre los procedimientos utilizados para superar los probables obstáculos en el diseño de las rutas de nuevas carreteras, especialmente en los casos de conflictos surgidos en la adquisición de predios particulares. La ministra fue tajante y breve en su afirmación en el sentido que en tales casos se avaluaban los predios afectados y se informaba a los propietarios sobre la necesaria adquisición de los terrenos o la consiguiente e inmediata expropiación e indemnización en caso de alguna oposición justificada, proceso que en ningún caso demoraba más que algunas semanas. Nada parecido a lo que suele suceder en nuestro medio, donde cualquier parroquiano, debidamente asesorado por un ejército de ávidos abogados expertos en el arte de ponerle palos a las ruedas de un proyecto oficial, puede atravesársele a los programas de modernización más razonables y ambiciosos de cualquier gobierno y resulta capaz de obligar a cambiar el trazado de una moderna e indispensable autopista para preservar el lote donde cultiva algunas cebollas o la porqueriza en la que levanta una docena de marranos.