20 de octubre de 2019
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Rubik abre el camino

30 de diciembre de 2018
Por Jaime Lopera
Por Jaime Lopera
30 de diciembre de 2018

“El último donjuán”, de Andres Mauricio Muñoz, es una novela cuya complejidad va de menor a mayor; más bien digamos: es novedosa en el sentido de que te saca de una realidad para entrar a otra que apenas empezabas a presentir, lo que equivale a decir que siempre estarás caminando por los bordes de un suspenso. Si quieres saber la causa de este riesgo debes leerla del todo: solo que, por fuera de la sutil trama que la organiza, la novela es una estructura de varios pisos donde es preciso entrar a cada uno para saber la modalidad final que se espera. Estamos en las puertas de un cubo de Rubik[1] y la excitación camina por todos sus lados.

Como el principal escenario de esta novela son las redes sociales, y las vicisitudes que estas actividades conllevan, los lectores más jóvenes son los que más podrán disfrutarla. En uno de los capítulos, “Carolina conoce a Giovanny”, el formato consiste en la historia de unos diálogos en esas redes sociales que le permiten al autor entrar en contacto con la juventud que las utiliza. Vale decir, si bien podría entenderse como una especie de seducción a esos posibles lectores, de igual modo es una muestra evidente de los alcances que el WhatsApp tiene en las relaciones humanas, en especial por el uso del lenguaje que, entrecortado entre los protagonistas, apenas deja resquicios de comprensión. Cada párrafo es el cuadro de una comunicación lejana, tecleada con los pulgares, que puede terminar ahí mismo o se convierte en una nueva serie de oportunidades más complejas.

“La tía se va” es un capitulo (digámoslo con petulancia, holístico) que bien puede ser comprendido como el microcosmos de una familia. En mi percepción de lector curioso, en este texto de apenas cinco páginas encuentro resumida toda una historia familiar, con sus desventuras y mortificaciones. En realidad, quisiéramos recalcarlo, el libro está compuesto

por una serie superpuesta de historias que al principio no se organizan en la mente del lector con suficiente rapidez y sentido. Muy a vuelapluma se las podría calificar como unos cuentos en desorden que van adquiriendo fisonomía por sí solos. Esta historia del viaje de la tía —que tomo como una muestra de un todo, aunque pueda parecer un abuso con los demás capítulos— es muy sugestivo: por allí desfila la sociología de una familia, con sus pecados y virtudes. Casi se diría que es una historia autónoma, que se defiende sola y que revela la enorme capacidad del autor para describir usos y costumbres, lenguajes y pensamientos, esperanzas y conflictos en torno a esa mujer diferente y propositiva.

Un amigo me recuerda que la tía es a veces un personaje habitual de muchos hogares y su comportamiento fluctúa, en esta materia, entre la estabilidad que esperan de ella y el brote de rebeldía íntima que le viene a medida que pasa el tiempo. Muchos, que atravesaron ese campo de respuestas y autodefiniciones dentro de una familia ordinaria en este país, podrían identificarse con los esfuerzos de ella y descubrirla como un paradigma de los primeros brotes de liberación. En mi propio caso una tía alegre, divertida y cómplice con sus sobrinos, nos enseñó a bailar de una manera tal que tuvimos el privilegio de ser calificados como unos buenos danzantes al despuntar nuestra adolescencia, lo cual nos permitió ufanarnos como actores importantes de las fiestas locales en un breve periodo.

Al finalizar otro de los capítulos de Muñoz, ya casi al final, descubrimos que había una pregunta sin contestar por mucho tiempo y que en particular asaltaba mi lectura en esos momentos: ¿por qué no he subrayado ningún párrafo ni ninguna línea de este libro? Acostumbrado a hacerlo la mayor parte de las veces –he disfrutado rayando a Durrell, a Vila Matas—empecé a entender que Andres Mauricio no escribía aforismos trascendentales como Antonio Poria, ni manufacturaba metáforas al ritmo de Nabokov, ni formaba pensamientos como Octavio Paz. Era otra cosa.

Si, había algo más: suponiendo que las frases marcadas subjetivamente en un libro cualquiera fuesen las sobresalientes, me preguntaba: ¿qué importancia tiene para terceros —a quienes algún día les llegará mi ejemplar rayado en una librería de viejo— los subrayados en una página? Hay un montón de respuestas en torno a la presencia de este hábito pero ninguna de ellas, ninguna, consiste en decir que el libro no importa para nada. Sospecho que en realidad era para evitar una distracción que me impidiera conocer los interesantes recodos de esta novela donde el erotismo tiene un rol muy definido, sin descartar a los que tenían familiares bien guapas.

[1] Muñoz, Andrés Mauricio. El último donjuán. Seix Barral Biblioteca Breve. Editorial Planeta, Bogotá, 2016