24 de mayo de 2019
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Mi día de acción de gracias

7 de diciembre de 2018
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
7 de diciembre de 2018
El 24 de noviembre del año dos mil diez y seis de nuestra era, hacia el medio día, se firmó en el Teatro Colón de Bogotá, por Juan Manuel Santos, en representación del Estado colombiano, de una parte, y Rodrigo Londoño, Timochenko, en representación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, de la otra, el documento por medio del cual se declaró terminado el conflicto armado que durante cincuenta y tres años asoló el territorio colombiano. Ese día, lo declaré para mí, día de fiesta. Y cada año -apenas han transcurrido dos- lo celebro y lo conmemoro. Me parece que es el el del triunfo de la vida sobre la muerte. Sobre la muerte inútil, que produjo miles y miles de cadáveres y el horror de los horrores: cerca de ocho millones de desplazados y víctimas indirectas de tan ignominioso episodio de nuestro doliente itinerario.

El 24 de noviembre es para mí, mi Thanksgiving: mi día de Acción de Gracias.

No fue la obtención de la Paz, lo que se rubricó en el Teatro Colón. No. Ni fuimos ni somos tan ingenuos para pensarlo o para escribirlo. Por el contrario. Afirmamos con reiteración que la firma de ese papel apenas era la cuota inicial en la búsqueda del sueño y de la utopía de una paz estable y duradera. El camino ha sido y lo será, tortuoso. Pero el camino se hace camino al andar, lo ha expresado el poeta. Y ahí vamos. Por lo menos el papel no ha sido hecho pedazos y lerdo como es el Estado y sinuosa su contraparte, mal que bien se avanza en su cumplimiento. Por el momento se puede afirmar que el camino está blindado en lo legal y en lo político. La Corte Constitucional le dio ese reconocimiento. Las entidades y organismos internacionales, como la ONU, siguen vigilantes y optimistas con el proceso. «La  paz (sic) de Colombia sigue siendo la mejor noticia para el mundo».  Incumplimientos y deserciones, han persistido, sí.  Pero Colombia sigue siendo un acto de fe, según Jorge Luis Borges, cualesquier cosa que eso signifique.
Y la negociación, el diálogo, la sigo estimando como la vía mas expedita para que la violencia fratricida termine. Como dicen los abogados litigantes y nos lo ha demostrado la historia, un arreglo de las partes es mejor que un prolongado pleito. El Acuerdo de La Habana así lo ha enseñado. El conflicto, si bien persiste con algunos grupúsculos guerrilleros y con disidencias criminales permeados por el narcotráfico y el bandidaje, con la dejación de las armas por parte de las fuerzas revolucionarias, lo focalizaron, y disminuyó  la intensidad de la guerra. Y se han ahorrado banderas y condecoraciones póstumas, minutos de silencio y lágrimas y soledades en los grupos combatientes.
Cada quien hará el balance de estos dos años de vigencia del Acuerdo del 24 de noviembre del 2014. Yo, a pesar de incumplimientos protuberantes de parte y parte, celebro la reducción de las muertes, el respaldo internacional contante y sonante a la implementación, la tranquilidad con que se han celebrado los eventos electorales en los últimos dos años, la presencia en el Congreso de las Farc, fotografiadas con Uribe en el mismo recinto, dialogando, el enrutamiento de la justicia transicional a través de la JEP, el funcionamiento de la Comisión de la Verdad y de la Unidad de Búsqueda de los desaparecidos, el establecimiento de agroindustrias en las zonas que antes eran campos de batalla, la reincorporación lenta pero segura de los ex combatientes, la cesación de muertes en las filas de nuestras Fuerzas Armadas. Falencias, muchas.
Trizas, lo que se llaman trizas del Acuerdo, no son ostensibles. Me gusta ver el vaso medio lleno. Máxime cuando desde el Gobierno se pronuncian frases realistas y esperanzadoras, cuyo autor es el alto comisionado para el post conficto, Emilio Archila: «Cumpliremos lo que le corresponde al gobierno nacional». «El gobierno no tiene ninguna intención de frenar el proceso». (Revista Semana, edición 1909). Que el Estado colombiano proceda de otra manera, sería un perverso retroceso que conduciría a días aciagos para los colombianos, que tienen en su mira la obtención, mas temprano que tarde, ojalá, de la anhelada convivencia pacífica.