20 de marzo de 2019
Aguas de Manizales - Marzo 2019

Dormimos en un hotel cuyas habitaciones fueron cuevas Turquía. Capadocia es la historia. (IV)

Por Augusto León Restrepo
26 de noviembre de 2018
Por Augusto León Restrepo
26 de noviembre de 2018
Mausoleo de Ataturk. Ankara. Fotografía A.L. Restrepo

Salir de Estambul y comenzar el inventario de lo que la ciudad nos suscitó, es un entretenido ejercicio para emprender animoso el largo periplo por tierras de Turquía. Las carreteras turcas y el cómodo vehículo hacen de los recorridos plácidos itinerarios. Esas vías han sido construidas bajo la economía de guerra. La OTAN, organización a la que pertenece Turquía, las exige en perfecto estado, para garantizar el desplazamiento de ojivas nucleares sin peligro alguno, es lo que se dice. Turquía, sin embargo, no ha sido admitida en la Unión Europea, que creería uno, está anexo a su pertenencia a la OTAN. Más de diez y siete años de rechazo por parte de los europeos y su Parlamento, al que irrita algunas decisiones políticas internas y exteriores del represivo y cada vez más autoritario y musulmán ortodoxo, señor Recep Tayyip Erdogan, su gobernante desde 2014 y primer ministro entre 2003 y 2014, ha motivado, en parte, su exclusión. Tiene presos a varios periodistas y está de pelea con E.U.U.U. Y coquetea con Rusia y lo que significa Vladimir Putin en esa candente zona de la geopolítica mundial.

El regreso a Estambul, vía Éfeso, la histórica ciudad situada a unos cuatrocientos kilómetros, invita al mismo ejercicio sugerido al principio. La recordación.  Éfeso se nos quedó pegado a la piel. Dos o tres horas máximo de estadía en estas ruinas – las que permite el tur- es un maravilloso abrebocas y repaso a los orígenes y los episodios de la historia universal más afín a nosotros: la historia grecolatina, con sus personajes familiares como el filósofo Heráclito, Alejandro Magno, Marco Antonio, Cleopatra, el Templo de Artemisa, Tiberio, el Emperador Adriano, Celso y su inmensa biblioteca de más de doce mil volúmenes, Eróstrato , Pablo de Tarso, Juan el discípulo amado y la Virgen María, quien allí tuvo su casa, los primitivos cristianos y sus persecusiones,  los Concilios ecuménicos, y hasta la misma leyenda de su fundación. Éfeso fue fundada por una de las Amazonas, guerreras anti griegas que se cortaban un seno para poder usar el arco con más destreza, Esmirna, en cuyo honor se llamó así a Éfeso en una época.

Teatro de Efeso. Fotografía S.C. Londoño


Y como no  paralizarse en el tiempo cuando se camina por la avenida principal con sus ruinas a lado y lado,  deshacer los mismos pasos de sus personajes y  toparse con la Biblioteca, el Odeón, y el magnificente Teatro para 25.000 espectadores. A Necati Tekin, nuestro guía, le salían las palabras a borbotones para tratar de sintetizar toda la historia que nos rodeaba en tan escaso tiempo. Y dejó de ser musulmán ortodoxo por unos instantes, cuando nos llevó a mirar una planta de un pie que señalaba el camino hacia un prostíbulo. Se supo que era un burdel porque se halló una estatua de Príapo, dios griego de la fertilidad, con un descomunal falo. Estos efesios se las traían.

Antes de llegar a Ëfeso, pasamos por Ánkara, capital de la República turca, para conocer el gigantesco recuerdo monumental de su Padre, Mustafá Kemal Atatürk, nacido en Salónica en 1.881 y muerto en Estambul en noviembre de 1.938. Reemplazó tras su abdicación, al último Sultán, Mehmed VI, y el triunfo de las tropas nacionalistas de Atatürk contra los invasores griegos y se convirtió en 1923 en el Primer Presidente de Turquía, hasta su fallecimiento. Sus amigos, que aún le rinden gran culto a su personalidad, lo exaltan por la inclusión de Turquía en la modernidad y por su afán de europeizarla y sus enemigos lo  censuran porque dejó una Turquía de identidad bipolar: europeizada pero no suficientemente europea; extraña al mundo islámico pero aún musulmana.

Mustafá Kemal Ataturk. Fotografía. S.L. Londoño


Europeizantes fueron sus medidas como gobernante: prohibe el fez, el turbante y el velo e insta a vestirse a lo europeo; en su iconografía luce prendas occidentales, sombreros y abrigos. Quien lo creyera, parecido a Laureano Gómez. El actual Presidente Erdogan es parecido a Ernesto Macías, el Presidente del Congreso colombiano, con bigotito. A Erdogan  lo comparan por sus actuaciones con nuestro Álvaro Uribe. El Uribe turco. Perdonen la digresión. Atatürk adoptó el calendario occidental gregoriano; declaró a Turquía como Estado laico; sustituyó el alfabeto árabe por el alfabeto latino, lo que nos permite a los turistas leer palabras en turco, pero no entender ni jota; le concedió el voto a las mujeres y en general, construyó instituciones liberales y democráticas.

Calle de un pueblito de la isla de Quíos, Grecia. Foto Felipe Nauffal.


El reconocimiento se lo hicieron palpable con la construcción de su Mausoleo en una colina cerca de Ánkara. Allí yace su cuerpo. Y es monumental, por su construcción, su campo libre, su avenida de los leones. Contiene mucha de su historia gráfica, condecoraciones, sus armas, obsequios y artículos de uso personal. Imponente el cambio de guardia. Los guardias con un paso marcial inusitado concentran  la atención de sus visitantes. Su sudor después de la faena es recogido por asistentes de estricto vestido negro con corbata y no se permiten fotografías de su acicalamiento. Los turcos son estrictos en el protocolo. Nada de bluyines, guayaberas o sombreros aguadeños en los atuendos de sus gobernantes.  Esto es para nuestro colorido trópico.

Obvio que también nos asombramos con el paisaje y el historial de Capadocia. Dormimos en un hotel cuyas habitaciones fueron cuevas. Y los paisajes casi que extraterrestres de sus formaciones geológicas, lunares, planetarias, nos hicieron sentir como que hiciéramos parte de una imaginaria escenografía. Las denominadas Chimeneas de Hadas, las ciudades subterráneas, el Museo al Aire Libre de Görem con sus vestigios religiosos de los cristianos perseguidos, capillas con frescos luminosos y conservados, hacen de esta ruta una apoteosis visual y histórica.

Pamukkale desde el globo. Fotografía. S.C. Londoño


Nos elevamos en globo sobre una maravilla natural, la montaña de Pamukkale o Castillo de Algodón, de indescriptible belleza, considerada como uno de los sitios más atractivos del mundo. Imperdible para quienes vayan a Turquía. Y desde el aire, si que luce esplendoroso el Castillo con sus piscinas naturales y sus depresiones cubiertas de una aparente nieve, pero que no es más que carbonato de calcio y otras sustancias que engañan la vista aun de los nativos de esta exótica y única región. Y luego la isla de Quíos, en Grecia, con sus apacibles pueblitos y sus casas uniformes en blanco y negro. Y las ventas de joyas preciosas, de alfombras y tapetes y de sedas y baratijas, para regresar cansados y con el espíritu turco por unos días que parecieron un sueño. Sueño grato, merced también a nuestros veinte compañeros de viaje, que hicieron tan amable esta intensa experiencia. Tres mil kilómetros terrestres y 30 horas de vuelo, no es poca cosa. Treinta y una con la del globo. A todos y a cada uno de ellos, tesekkür, tesekkür. Gracias, gracias.