24 de mayo de 2019
Agua de Manizales - Mayo 2019 - Mode Selection

El cadáver de un lago

5 de noviembre de 2018
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
5 de noviembre de 2018

Durante una breve exploración por los vericuetos de la red en procura de información sobre la situación actual del puerto de Maracaibo, la segunda ciudad más poblada e importante de Venezuela, encontré informes, crónicas, reportajes y videos verdaderamente conmovedores que permiten apreciar hasta donde puede llegar el deterioro de un inmenso y rico cuerpo de agua, antigua fuente de vida y de riqueza para el pueblo venezolano, hoy lamentablemente en estado de postración y coma, debido a la rampante contaminación, derivada de  la falta de mantenimiento de la infraestructura petrolera, causante de permanentes e incontroladas filtraciones de crudo que han convertido esa otrora fuente de riqueza en una insoportable y nauseabunda sopa de desperdicios industriales, desechos orgánicos y ennegrecido caldo de petróleo proveniente de los múltiples derrames causados por el descuido y abandono en los que se encuentran los oleoductos e  instalaciones submarinas asentadas a través del fondo y sobre las riberas del imponente y antaño hermoso lago de Maracaibo desde cuyos muelles se embarca y despacha en gigantescos buques tanqueros el petróleo que se exporta a los diferentes compradores del mundo, una de las únicas fuentes de financiación de la economía venezolana, hoy tan de capa caída, por motivos suficientemente conocidos y ampliamente analizados.

Resulta deprimente observar alguno de los innumerables videos que muestran a humildes pescadores artesanales tratando de rescatar de las contaminadas aguas del inmenso lago, langostas, camarones, pargos, róbalos, sierras y demás variedad de peces propios de ese ecosistema que sobreviven precariamente en medio de la negrura del pegajoso aceite proveniente de los derrames permanentes ocasionados por las múltiples y deterioradas tuberías sumergidas de los oleoductos que conducen el llamado “oro negro” que está extinguiendo poco a poco la vida de tan importante cuerpo de agua, antes tan rico en pesca y en vida marina. Pobre lago, pobres peces, pobres pescadores.

EL RECORDADO SEÑOR CARRASI

Cuando nació nuestro primer nieto en Miramar, ciudad del estado de Florida, situada al norte de Miami, nuestro hijo y su esposa se encontraron ante la necesidad de procurar continuamente la atención del bebé en sala cunas y apelando a desconocidas cuidadoras de recién nacidos en un entorno donde el trabajo de las parejas de jóvenes inmigrantes ha sido una necesidad imperiosa para permitir la supervivencia en medio de un ambiente laboral tan competitivo y despersonalizado. Afortunadamente, dentro de la misma comunidad encontraron la cordial y solidaria acogida de una gentil pareja de vecinos, ella italiana y él maracucho, como son llamados los oriundos de Maracaibo, quienes en forma desinteresada y con el sincero afecto y calidez de una segunda familia acogieron transitoriamente en su hogar al recién nacido, todas las veces que fue necesario por razones laborales de sus padres o por cualquier otro motivo.

Por eso, cuando nuestro primer nieto se ha convertido ya en un adolescente formal, estudioso y aplicado, recuerdo hoy con nostalgia y profunda gratitud a Lucía Carrasi, ocasional y generosa madre sustituta que junto con su amable esposo Juan y sus hijos, tanto amor, mimos y cuidados prodigaron a nuestro pequeño siempre que fue necesario. También acude a mi memoria el recuerdo del padre de Lucía, el simpático y agradable don Donato Carrasi, ciudadano italiano, admirador del Ron Viejo de Caldas, quien residía permanentemente en Maracaibo a orillas de cuyo lago regentaba personalmente un próspero astillero de su propiedad en el cual construía y comercializaba las llamadas “gabarras” o planchones, embarcaciones autónomas de carga diseñadas específicamente para transportar a través del Lago de Maracaibo materiales e insumos propios para la explotación y conducción de fluidos de la industria petrolera.

Contaba allí don Donato con un eficiente equipo de trabajo formado por más de 300 empleados entre obreros, técnicos e ingenieros locales, por lo cual trescientas familias venezolanas dependían de las oportunidades laborales otorgadas por el esfuerzo industrial del gentil y emprendedor don Donato. Cuando tuve el gusto de conocerlo personalmente en casa de su hija Lucía, me habló del famoso licor caldense con tanto entusiasmo y fervor que me sentí comprometido a llevarle un par de botellas siempre que ello me fuera posible. Traigo a cuento esta anécdota personal pues sucedió que años más tarde, durante la fiebre expropiadora del presidente Hugo Chávez, alguna madrugada el próspero astillero, fruto del tesón y el esfuerzo de don Donato, fue inesperada y violentamente ocupado por tropas de las fuerzas armadas bolivarianas que expulsaron de sus sitios de trabajo a los operarios de turno e impidieron el acceso a los que trataron de ingresar, como de costumbre, a sus labores cotidianas.  ¡Sorpresa!  Sin anuncio previo alguno, el astillero acababa de ser expropiado por iniciativa del “creativo” gobierno chavista, con la intención, según la declaración de las autoridades socialistas responsables, de devolver a manos de la clase obrera las fuentes de producción, una de las bases de la economía del país petrolero con las reservas probadas más grandes del mundo.

¿Y el resultado? El industrioso don Donato perdió de golpe y porrazo el fruto de muchos años de trabajo honrado y prefirió regresar a su nativa Italia para no ser testigo del desastre que vendría a continuación. Los trescientos empleados venezolanos se quedaron vacantes y sus familias sin fuentes de ingreso y el próspero astillero desapareció castigado por el abandono y la herrumbre. Ese triste caso constituye un ejemplo objetivo y puntual, infortunadamente multiplicado exponencialmente a través de todo el espectro industrial de Venezuela, debido a la miopía megalómana de un Chávez convencido de su propia sabiduría y grandeza, situación infortunadamente continuada y fomentada por la ceguera absoluta de un gobierno dirigido por Maduro, incompetente e incapaz de administrar con algún éxito una venta de arepas. Recordemos la parafraseada y ya mencionada sentencia de Milton Friedman, según la cual,    “Si se encargara a un gobernante como Nicolás Maduro de administrar el desierto del Sahara, en cinco años habría escasez de arena”.