20 de octubre de 2018

Tres lustros sin el viejo teletipo

6 de octubre de 2018

Contraplano

La sala de teletipos de un periodico. Foto Agencia EFE

Por Orlando Cadavid Correa 

Intentamos tributarle un sencillo homenaje al teletipo –rey durante muchos años de las redacciones periodísticas–, que contra su voluntad se fue a dormir el sueño de los justos, en el cuarto de San Alejo o rincón de las amnesias, junto a otros enseres olvidados y relegados como la máquina de escribir, el télex, el linotipo y el transmisor de telefotos por rodillo.

Nadie le hizo al armatoste una justa despedida, digna de su importancia capital, como elemental gesto de gratitud, después de tantos años de permanecer mágicamente activo, disparando noticias desde todos los lugares del mundo.

Los directores de la época, Antonio Pardo y Alfonso Castellanos, recomendaban a sus redactores que leyeran con cuidado los despachos de las agencias internacionales (AP, UPI, Reuters, AFP y EFE). Imagen Introducción al periodismo – WordPress.com

La revolucionaria ingeniería de sistemas incorporó el servicio de los teletipos a la red de computadores de cada medio, y desapareció súbitamente el encantador teclear que acompañó rítmicamente por largo tiempo a hombres y mujeres en las salas de redacción de periódicos, revistas, emisoras y estaciones de televisión. Al vetusto mueble,  que emitía cables informativos sin pausa y sin tregua, las 24 horas del día, no se le dio, siquiera, la oportunidad de anunciarles a sus abonados su propia muerte, mediante los buenos oficios de sus mecanógrafos invisibles: Flash. ¡Urgente! El teletipo ha muerto.

Esta encantadora máquina de nuestras nostalgias -que escribía sola desde los cinco continentes- era el mueble más importante y más apreciado de la redacción. Su llegada acabó con los expertos radiotelegrafistas, que, en los tiempos de la conflagración mundial desatada por el diabólico nazismo recibían y traducían las noticias que una vez traspasadas al papel, iban a manos del editor de turno del diario o del locutor de la emisora.

 El aparato demandaba permanentes cuidados, como si fuera un niño. Un auxiliar de redacción permanecía siempre atento a sus tres necesidades básicas: cinta en buen estado, suficiente rollo de papel y mantenimiento técnico frecuente para recibir rigurosa limpieza de tipos y, a manera de biberón, buena dosis de aceite.

Por estas maquinitas –misteriosas redactoras de la historia, que ahora son consideradas artesanales piezas de museo– el mundo se enteró al instante, tras el previo campaneo sostenido de una alarma eficazmente ruidosa, de noticias tan estremecedoras como los asesinatos de Gandhi, Trotski, Gaitán y Kennedy; el final de Hitler, la bomba atómica de Hiroshima, la ejecución de Mussolini, la muerte trágica de Gardel, la llegada del hombre a la Luna, el fin de la II Guerra Mundial, la muerte de los papas Pío XII y Juan XXIII, la caída de Nixon, la desaparición, en serie, de los tres grandes Pablos (Picasso, Casals y Neruda) y la dolorosa Guerra Civil Española.

 Cuando el teletipo se quedaba quieto, en silencio, el mundo parecía estar en reposo o suspendido en el tiempo. El hombre hacía, seguramente, una pausa momentánea en su guerrear milenario, que era aprovechado por el teletipo para recargar baterías, autónomamente.  El regreso del melódico tecleo nos indicaba que las hostilidades se acababan de reanudar en algún lugar del mundo. Verlo mudo, silente, en su cabina, era como mirar en su jaula a un león dormido. Esta herramienta maestra -que no devengaba horas extras–  sirvió de primer peldaño para que se iniciaran en el oficio buenos periodistas colombianos, que por entonces empezaban recortando cables de los teletipos: Jorge Enrique Pulido, Daladier Osorio y Óscar Domínguez, quienes, de paso, adquirían oído de polvoreros que les permitiría trabajar en medio del ruido.

Los directores de la época, Antonio Pardo y Alfonso Castellanos, recomendaban a sus redactores que leyeran con cuidado los despachos de las agencias internacionales (AP, UPI, Reuters, AFP y EFE), porque así se mantenían al corriente de cuanto acontecía en el mundo y mejorarían sustancialmente en el futuro su estilo de redacción. Y así fue.

La apostilla: Una helada madrugada bogotana repicaba sin cesar la campanilla del único teletipo que tenía el diario La República. Un solitario linotipista se acercó a la máquina para saber cuál era la causa del ruido, y se encontró con este flash: “Urgente. Ciudad del Vaticano. Murió el papa Pío XII”… El hombre tomó nota del acontecimiento e insertó la noticia en primera plana, a una columna, con este titular: «Murió en Roma conocido sacerdote»…

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Imagen exterior Alamy