14 de diciembre de 2018

MARTILLO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
12 de octubre de 2018
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
12 de octubre de 2018

Víctor Hugo Vallejo 

Era una tarea y el profesor fue claro en expresar que la evaluaría  y no aceptaría ninguna excusa para no cumplir con ella. Habría un amplio diálogo sobre  el material encomendado, con el fin de verificar la efectiva lectura. Estaban en clase de literatura, en segundo de bachillerato y el sólo hecho de una lectura obligada lució aburrido a los estudiantes y él no era la excepción. No dejaba de ser harto  que los pusieran a leer lo que no conocían y de lo que además no tenían la más mínima gana. El docente era serio y exigente y cuando les imponía una tarea, sabían que cumpliría lo dicho, que los iba a interrogar a fondo sobre ese libro, del que apenas les entregó el alivio de que era muy breve y además muy fácil de leer. Que se trataba de una obra muy entretenida.  Todos hicieron cuentas y supieron que el fin de semana quedaba un poco perdido en las páginas  de un libro, porque era obligación asumir su conocimiento. Era mejor no jugar con la nota.

Llegó a casa y le dijo a su madre que necesitaba que le comprara el libro “Historia de un Náufrago” de Gabriel García Márquez, que necesitaba leerlo porque el profesor de literatura  los iba a calificar  con un conversatorio sobre lo allí contenido. La mamá  solícita como siempre con el chico, se lo consiguió y se lo entregó recomena cambiar la vida. eder algo que le podino que poarec llevones delictivas que desde los buques oficiales colombianos se realizabdándole que lo leyera con cuidado para que sacara una buena nota. Fue cuestión de comenzar a leerlo para no soltarlo hasta su final. Quedó en una especie de encantamiento con las palabras, con las frases, con las oraciones, con los párrafos y con la historia que allí se contaba del marinero Alejandro Velasco, a la deriva en el mar durante diez días, aferrado a cualquier cosa, luego del naufragio del buque de la Armada Nacional ARC Caldas, historia narrada a través de un diálogo fluido en el que no solamente se daba cuenta de las afugias de un hombre desolado en la inmensidad del mar, con los sofocantes soles del día y el terrible frío de la noche, sino de las maniobras de contrabando y acciones delictivas que desde los buques oficiales colombianos se realizaban.  La historia lo dejó de una sola pieza. No dudó en volverlo a leer de inmediato. La sorpresa que se llevó con la primera lectura no se detuvo, sino que parecía expandirse. Ahora estaba más asombrado. No sabía que sentía, pero acababa de suceder algo que le podía cambiar la vida. Hizo un esfuerzo grande de elaborar un pensamiento claro en la confusión de apenas 14 años de edad. Al fin pudo entender que acababa de descubrir su destino. Serían las palabras, las historias, las preguntas, las respuestas, saber cosas para contárselas a los demás. Ese día supo que se dedicaría a la escritura y que quería ser periodista. Se aferró al idioma como un medio y modo de vida.

Cuando el profesor Rigoberto Prieto observó la actitud proactiva de su alumno, entendió que a ese muchacho le gustaba la literatura y valía la pena apoyarlo y orientarlo. Desde ese día se volvió el amanuense de todos sus compañeros, quienes le encargaban hasta cartas de amor, para decirle a las damas admiradas muchas cosas con la precisión ausente de dubitaciones que acongojan a los tímidos. El profesor Prieto lo animó a que colaborara con la revista del colegio y para cuando se fueron a recibir de bachilleres elaboró 27 de los 29 perfiles que debían ser resaltados en esa edición del “Aguilucho”, el medio oficial del Gimnasio Moderno de Bogotá, para dejar el testimonio de una promoción de hombres que se iban en busca de la vida a través del conocimiento. Le gustaba escribir y además pagaban por eso, poco pero pagaban.

Cuando tuvo en sus manos  el título de bachiller clásico se reunió con su padre, quien ya estaba separado de su madre, para debatir el tema de su formación profesional. El progenitor siempre le dijo que le gustaría que fuera ingeniero industrial, pues allí había un futuro profesional de muchos éxitos en Colombia, por el déficit de titulados en esa materia. De entrada se mostró en desacuerdo con la idea del papá. De inmediato este (ante la costumbre constante del hijo de discutirlo todo) saltó en sorpresa con algo de disgusto inocultable y le dijo que por favor no le fuera a decir que iba a ser abogado, porque abogados eran todos en Colombia mientras no se probara lo contrario y además en nuestro medio habían más abogados que gente.  El muchacho se quedó mirando al padre y le dijo: “Te tengo dos noticias padre: la buena es que no voy a ser abogado,  y la segunda, que es la mala, es que no quiero ser ingeniero industrial. Yo lo que quiero es ser periodista y por eso voy a estudiar comunicación social en la Javeriana”. El padre no aprobó, pero como educador que era tampoco se atrevió a rechazar la escogencia, aunque en sus adentros  pudo pensar que ser periodista era un poco lo mismo que ser abogado, todos lo son o creen serlo.

Finalmente lo respaldó. Ya ese estudiante leía  todo lo que caía a sus manos y entendía que el manejo de las palabras es un arte de nunca acabar y que en él nunca se termina de aprender y en el que es necesario consagrarse de lleno a conocer autores, estilos, formas, sin dejar por fuera ninguna de las etapas históricas de la literatura.  Los libros, las revistas, los periódicos se volvieron la rutina de todos los días de ese chico que en la Universidad  iba  entendiendo los contenidos racionales de lo que quería ser en la vida y fue aprendiendo las técnicas que deben dominarse para llegar a ser un buen periodista, una vez se verifique plenamente que la vocación es esa, pues sin esta no es posible serlo con éxito.

Cuando cursaba sexto semestre debía buscar un medio donde realizar las prácticas profesionales. Habló con su prima socia del diario El País de Cali y esta le dio la oportunidad  de hacerlo en la agencia del diario en Bogotá, en ese momento bajo la dirección del periodista Jorge Téllez, conocido de sus subalternos por los niveles de exigencia en la redacción, claridad, técnica y especialmente contenido de veracidad de lo que se escribía para el medio. A las dos semanas de prácticas al chico ya le habían publicado varias notas, pero sin el crédito de su nombre, por tratarse de información general, por la que debe responder directamente el diario, como institución. Con motivo de los treinta años  de vida de la televisión colombiana,  localizó a Álvaro Monroy Guzmán, quien fue el primer presentador  que vieron en la pantalla chica los colombianos y le hizo una gran entrevista, en la que no olvidaba las técnicas de las preguntas de ese primer maestro de periodismo que tuvo, que no fue nadie distinto al mejor reportero de todos los tiempos en Colombia,  Gabriel García Márquez.  Lo tuvo en mente todo el tiempo mientras charlaba con su invitado. Logró que le contara muchas cosas desconocidas por los televidentes respecto de cómo se hizo la primera televisión en nuestro medio. La entrevista se publicó  completa y destacada, con el visto bueno, elogio incluido,  de Téllez que vio en él a un excelente reportero innato. Ese día comenzó  su carrera, en 1984, que ahora ya cumple un poco más de 30 años.  Es un reportero  que no duda un momento cuando en un retén de tránsito lo paran y aparentemente lo sorprenden en una presunta infracción a las normas de tránsito y se dedica a interrogar a los agentes respecto de la validez de su procedimiento. No abandona lo de reportero, ni cuando es la ley la que lo requiere.

Le acaban de entregar una de las distinciones más serias y respetables de los muchos premios de todos los órdenes que hoy día pululan en Colombia. En la Fundación del Nuevo Periodismo Gabriel García Márquez, en su sexta edición, le acaban de entregar la distinción de Editor Ejemplar  Clemente  Manuel  Zabala, en ceremonia que aprovechó para darle gracias a todos aquellos a quienes debe su formación, en lo que resaltó la presencia del gran maestro de Aracataca, de Rodrigo Lloreda Caicedo y de ese fabuloso reportero que es Luis Cañón. Diego Martínez Lloreda, el director de información del diario El País de Cali, celebra la vida con el entusiasmo  de un muchacho a quien le reconocen  la calidad, la seriedad, la responsabilidad y los altos niveles de exigencia que como editor de uno de los diarios más importantes del país tiene.

Gran honor que a Diego lo distingan  con un galardón en nombre de uno de los grandes maestros del periodismo colombiano como lo fue  Clemente Manuel Zabala, quien se dio el extraordinario lujo de ser el maestro de periodismo del más grande de todos, Gabriel García Márquez, con un perfil nacido de la gran timidez de la personalidad de Zabala, quien siempre prefirió el silencio y la soledad del conocimiento, antes que la constante exposición en  lo social. Pero honor se suma a este premio con el nombre de Martínez Lloreda, quien accede al mismo no como fruto de presiones indebidas o defensa de intereses determinados, sino por lo que contiene su hoja de vida de periodista exigente, culto, aferrado a la verdad y con el poder de palabra de provocar reacciones constantes en lo que escribe en su columna de opinión de los viernes, en la que no posee compromisos absolutamente con nadie. Y como reportero –que en esencia es lo que le gusta ser- se ha encargado de hacer  de la información de ese medio una constante muestra de la mejor reportaría, sin tenerle miedo a los textos largos, siempre y cuando  posean calidad literaria e informativa. En tiempos de crisis económica ha defendido su plantilla de reporteros como la razón de ser del diario.  Bajo su dirección El País es un periódico bien escrito y bien informado, sin el afán de la chiva, siempre con el compromiso de la veracidad y  la constante verificación de lo que dicen.  Honor que le den a Diego ese Galardón. Honor a la memoria del maestro Zabala que un nombre de esta calidad se una a su historia.

Clemente Manuel Zabala Contreras fue el maestro de periodismo de Gabriel García Márquez en el periódico El Universal, de Cartagena,  al que llegó a trabajar a los 21 años, en mayo de 1948, cuando el diario apenas contaba con dos meses de vida y era más un proyecto que una realidad. El escritor lo inmortalizó con su mención en la novela “Del amor y otros demonios” y  lo que dijo en sus memorias “Vivir para contarla”, en las que resalta su indispensable presencia, conducción, guía, enseñanza y técnicas de periodismo que le suministró ese hombre de bajo perfil, de origen muy humilde, comprometido siempre con la veracidad de los hechos y el buen decir,  de extraordinario conocimiento en artes, música, literatura,  cultura, cine y teatro, de quien se hizo el mejor amigo y con quien departió todos los días mientras estuvo residiendo en Cartagena. Nunca lo olvidó y su gran homenaje fue cuando dijo de él: “Todavía me pregunto como hubiera sido mi vida sin el lápiz del maestro Zabala” , haciendo referencia al lápiz rojo que siempre portaba el inolvidable jefe de redacción de “El Universal” de Cartagena y con el que corregía las notas de todos los reporteros, incluso del más nuevo de ellos, Gabriel García Márquez. Su tarea fue absolutamente ejemplar como editor, de ahí la denominación del galardón que ahora lleva consigo Diego Martínez Lloreda.

Diego es tan vallecaucano como el manjar blanco, pero resulta que su origen es costeño, es hijo de Rodolfo Martínez Tono, el fundador del SENA y su director por más de veinte años y su  madre es bogotana, pero Diego  se aferró  y se marcó con el medio que le dio la oportunidad soñada  de ser reportero y por eso cuando tuvo la oportunidad de vivir en Cali no lo dudó.  Llegó con su esposa Susana Santamaría y una pequeña hija, Laura. Era un hombre hábil, gran reportero, pero sostener una familia con ese ingreso no era fácil. De ahí el paréntesis que hizo durante un breve tiempo para ser director de Comunicaciones de la empresa Propal y luego de la Fundación FES,  como dice él mismo “por pura necesidad”, pero con la añoranza de todos los días, al levantarse, de no estar haciendo  reportaría.  Esa adrenalina constante de perseguir una noticia  hasta tenerla completa y redactarla de la mejor manera, pero con la velocidad de lo que mañana estará desactualizado, le torturaba la vida.  Regresó al medio y ya como jefe de redacción pudo tener un ingreso que lo sembró en la silla de periodista, de la que no se volvió a mover y de la que no piensa moverse hasta cuando ya los años le pesen tanto que el retiro sea obligado, lo que está lejano por demás.

Diego es un trabajador de la palabra. Un buscador de la noticia. Un infatigable lector. Un indeclinable  demandante de la calidad en la redacción periodística. Un compañero más de sus reporteros, con quienes comparte inquietudes y a quienes oye como si fueran los más sabios, aceptando con humildad que de ellos aprende todos los días. Con sus columnas de opinión de los viernes  solamente queda preocupado cuando no genera ninguna reacción –ni buena ni mala- con lo que dice. Cuando opina, lo hace con el fin de provocar opinión, pues de lo contrario son apenas escritos de relleno. También incursiona en TV a través de Telepacifico con programas en los que la reportaría de fondo y la opinión se combinan de manera   atractiva para el televidente.

Es amigo de sus amigos y tiene muchos. Su extraordinario sentido del humor le permite que en conversaciones de mínima duración sea capaz de elaborar dos o tres apuntes con los que los asistentes deben soltar una buena carcajada.  Diego no sabe reír, sólo carcajear.

( La nota deja inferir que el autor es uno de sus amigos, quien jamás le va a perdonar a Diego que diga en público –lo ha hecho varias veces- que soy el peor jugador de tenis, porque yo nunca he dicho -ni voy a decir-, que Diego juega peor que yo, lo que pude comprobar cuando jugábamos juntos y él no se había pasado al golf para disimular la ausencia de calidad tenística).

Diego y su familia, Susana, Laura y Diego José,  deben sentir el honor de tener ese galardón en casa. Ha sido ganado en treinta años de buen periodismo. Gran reportero. Gran editor. Comprometido por siempre con la veracidad y la calidad de lo que se escribe en el diario cuya información dirige.

En la construcción de su dirección de correo electrónico usó las iniciales de su nombre y apellidos y de  ahí salió  Dimartillo, que luego pasaría a convertirse  en la forma de llamarlo sus amigos y más adelante como el símbolo de lo que es su programa de TV, que se abre y cierra con tres contundentes golpes de martillo sobre un soporte de madera. En lo que dice como opinión, sus palabras son un martillo. Se sienten.