24 de agosto de 2019
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Las invasiones estadounidenses en América Latina

1 de octubre de 2018
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
1 de octubre de 2018

albeiro valencia

Sigue latente la posibilidad de una guerra contra Venezuela, porque del gobierno de Obama a Trump se viene agravando la situación; las señales son evidentes y parece que se han programado varios golpes, pero la inteligencia los ha detectado y desmontado. Numerosos países hispanoamericanos han sufrido este flagelo y en casi todos ha estado metida la mano de Estados Unidos que logró su exagerada expansión territorial a expensas de España y de nuestras naciones.

En 1823 se planteó la Doctrina Monroe, conocida como “América para los americanos”, dirigida a impedir cualquier intento de colonización o intervención de una potencia europea en el continente americano; solo esta poderosa nación tenía el derecho de organizar las cosas en los países vecinos. Siguiendo esta política invadió a México en 1846 y le arrebató la mitad del territorio; luego a Nicaragua, en 1854 y más tarde, en 1898, le declaró la guerra a España, para apropiarse de las colonias que le quedaban. Esto ocurrió cuando los independentistas cubanos estaban derrotando a los españoles. El 7 de junio de 1898 varios cruceros estadounidenses bombardearon las defensas españolas en la bahía de Guantánamo y el 10 de junio los marines izaron la bandera de Estados Unidos. De este modo dieron un importante paso para controlar el futuro canal de Panamá. Cuando el pueblo cubano estaba organizando el país y luchando por la independencia absoluta fueron sorprendidos por la siguiente declaración del presidente William McKinley: “La nueva Cuba que se levanta de las ruinas del pasado debe, necesariamente, estar unida a nosotros por los lazos de singular intimidad y fuerza […] los destinos de Cuba están irrevocablemente unidos a los nuestros. Cómo y hasta dónde se determinará en lo futuro”.

Y le llegó el turno a Colombia. La historia oficial dice que la independencia de Panamá, o su separación de nuestro país, se debió a un movimiento popular por el manejo centralista de Bogotá y al olvido durante la guerra de los Mil Días; sin embargo los actores principales fueron el capital financiero de Estados Unidos y el afán expansionista de su gobierno. Este país venía chantajeando con la posibilidad de construir el canal en Nicaragua, para presionar al gobierno a firmar el tratado sin mucha discusión y, por supuesto, desfavorable; en consecuencia don Tomás Herrán, encargado de la legación de Colombia en Washington, firmó el convenio con el secretario de Estado, John Hay, el 23 de enero de 1903. Pero un tratado aprobado con presiones y a empujones tenía serios inconvenientes porque se entregaba a Estados Unidos el control permanente sobre la zona en la que sería construida la obra.

Como era de esperarse el Senado rechazó, por unanimidad, el tratado Herrán-Hay, lo que desató la ira del presidente Theodore Roosevelt, quien necesitaba esta carta para asegurar la reelección. Entonces Roosevelt tomó la decisión de hacer el canal por las buenas o por las malas y empezó un juego político y económico. Un importante papel desempeñó el abogado William N. Cromwell, quien se reunió en Nueva York con el capitán J.R. Beers, funcionario de la Compañía del Ferrocarril de Panamá, pero también mantuvo conversaciones secretas con algunos líderes para que fraguaran la separación de Panamá, y como último paso, Roosevelt envió varios acorazados de la Armada para tomar el Istmo por si fallaba la sublevación; el 3 de noviembre Panamá proclamó su independencia. En 1912 el presidente William H. Taft afirmaba: “No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio, una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente”. Por esta misma época Teddy Roosevelt recordaba cuando le quitó un pedazo de tierra a Colombia: “I took the Canal”. Después llegarían las intervenciones militares en Filipinas, Corea y Vietnam.

Los casos de Cuba, Granada y Panamá

Desde 1952 Fidel Castro y sus compañeros iniciaron la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista; en este proceso se produce el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba, la travesía en el barco Granma, la campaña en la Sierra Maestra y el triunfo del 1 de enero de 1959; había empezado la Revolución Cubana. En medio de la euforia el pueblo pidió cambios y los dirigentes emprendieron las reformas. Se inició la transformación del sector agropecuario que afectó directamente los intereses de los ingenios azucareros estadounidenses; y, por supuesto, llegaron las represalias. En junio de 1960 las refinerías inglesas y norteamericanas se negaron a refinar el petróleo que llegaba de la Unión Soviética y, como respuesta, el gobierno las expropió. Al mismo tiempo Estados Unidos suspendió la cuota de importación del azúcar cubano, pero estas compras fueron asumidas por la URSS. De este modo, en plena Guerra Fría, Cuba se fue encaminando hacia el campo socialista.

Esto sucedía en una pequeña isla, a solo 90 millas de Estados Unidos; pero desde hacía algún tiempo los organismos de inteligencia venían presionando al presidente John Kennedy para que tomara medidas. Así, el Gobierno dio el visto bueno para la invasión, por medio de un ejército de mercenarios cubanos entrenados y armados por la CIA. El 15 de abril de 1961 ocho aviones B-26 con bandera cubana en el fuselaje, bombardearon tres aeropuertos militares y destruyeron cinco aviones. Dos días después desembarcó el ejército, conformado por más de 1.300 hombres, en Playa Girón (Bahía de Cochinos); llegaron escoltados por dos buques. El 18 de abril se inició la contraofensiva, en la que se utilizó artillería que había sido suministrada por la URSS, pues ya se esperaba la invasión. La operación fue una vergüenza y una humillación para el presidente Kennedy, pues los mercenarios tuvieron más de 100 bajas y 1.189 prisioneros. Duro golpe al orgullo de Estados Unidos.

Otro caso evidente de intervencionismo militar de esta poderosa nación es lo que sucedió con la isla de Granada, un pequeño país insular que hace parte de las Antillas Menores en el mar Caribe; tiene una superficie de 344 Km2 y obtuvo la independencia de Gran Bretaña en 1974. En 1979 conquistó el poder Maurice Bishop, líder de izquierda quien buscó la colaboración de Cuba, lo que no fue bien visto por las naciones vecinas, ni por Estados Unidos, debido a la ideología socialista del régimen. En octubre de 1983 el general Hudson Austin, comandante del ejército, traicionó al gobierno y dio un golpe de Estado para derrocar a Bishop. En esta coyuntura el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, puso en marcha la invasión militar que había sido preparada desde hacía un año; el 25 de octubre cinco mil marines y boinas verdes desembarcaron en la pequeña isla, y para “apoyar” la invasión, llegaron 300 policías de seis países del Caribe (Antigua, Barbados, Dominica, Jamaica, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas) con el fin de justificar la intervención estadounidense. Ni la OEA, ni la OTAN apoyaron la aventura intervencionista, pero Estados Unidos la justificó alegando que la inestabilidad política en la isla era una amenaza para sus nacionales residentes en el país. Después de la invasión la Primera Ministra Británica, Margaret Thatcher, quien se había opuesto a la aventura militar escribió al presidente Reagan: “Esta acción será vista como una intervención por un país occidental en los asuntos internos de una pequeña nación independiente, por mucho que nos desagrade su régimen”.

Otro patético caso fue la invasión a Panamá, para detener al dictador Manuel Antonio Noriega. Este personaje participó en el ajedrez de la geopolítica en el momento preciso. En los años sesenta, en plena Guerra Fría, se empezó a mover apoyado por la CIA; en 1981 falleció el general Omar Torrijos, en un accidente aéreo, cuando estalló su avión en el aire; todos sospechaban que el autor del atentado había sido Noriega, porque Torrijos era un demócrata, con claro liderazgo en América Latina y se había convertido en una piedra en el zapato para el régimen de Estados Unidos. Con su muerte Noriega, empezó la carrera por el poder, pues dos años más tarde alcanzó el generalato y fue nombrado Comandante en Jefe de la Guardia Nacional. Luego se autoproclamó General de las Fuerzas Armadas y subió al poder en 1983; desde este cargo apoyó la estrategia contrainsurgente de Estados Unidos en Nicaragua y El Salvador. Es conocido su papel en el escándalo Irán-Contras que sacudió la administración de Ronald Reagan, porque el Gobierno estadounidense le vendía armas a Irán para financiar a los contras de Nicaragua, interesados en sacar del poder al gobierno sandinista. Al mismo tiempo venía haciendo negocios con los carteles de la droga de Colombia y contribuyó para que Panamá se transformara en centro para el procesamiento y exportación de cocaína y en paraíso para el lavado de divisas. Aunque se convirtió en dictador la CIA lo apuntalaba porque seguía siendo útil en la lucha contra los movimientos de izquierda en América Latina.

Sin embargo, la situación cambió en 1987 cuando el coronel Roberto Díaz Herrera, exjefe del Estado Mayor del Ejército panameño, lo acusó de haber planeado un golpe militar contra Torrijos, lo vinculó con el fraude electoral de 1984 y con el asesinato del médico izquierdista y opositor Hugo Spadafora. Ante los hechos el gobierno de Estados Unidos le dio la espalda, pero Noriega respondió con soberbia y ordenó asesinar a un infante de marina que se encontraba en la ciudad de Panamá, en diciembre de 1989. En este punto cruzó la raya, se había convertido en un aliado incómodo y sabía demasiado; era hora de sacarlo del poder. Así, el Gobierno autorizó la operación militar Causa Justa, con el pretexto de proteger la vida de los ciudadanos estadounidenses que vivían en Panamá y para “defender la democracia y los derechos humanos”. El 20 de diciembre de 1989 con el visto bueno del presidente George W. Bush, 26.000 soldados de las unidades de élite, cayeron sobre el país, pero fue una invasión hipócrita, con miles de muertos que se habían podido evitar. La operación se constituyó en el más grande despliegue militar desde Vietnam; y Panamá solo contaba con 12.000 soldados y una pequeña fuerza aérea. Con la toma de esta “República Banana” se puso en práctica la doctrina del general Colin Powell quien decía que parte de la guerra se gana ante los medios, para asegurar el respaldo de la opinión pública.

¿Seguirá Venezuela? Este es uno de los deseos de Trump para tender una cortina de humo sobre los escándalos; los medios de comunicación y los líderes de opinión lo tienen en la mira y el periodista Bob Woodward levantó la enjalma con su libro Miedo: Trump en la Casa Blanca. En la obra anota que “muchos de los altos funcionarios de su propia administración están trabajando desde adentro para frustrar parte de su agenda y sus peores intenciones”. Incumplen las órdenes de Trump porque no quieren desatar una tercera guerra mundial.