27 de mayo de 2019
Agua de Manizales - Mayo 2019 - Mode Selection

Humor fantasmal (La Fuga Ediciones) de Manuel Manzano (compilador)

21 de octubre de 2018
21 de octubre de 2018

Darío Jaramillo Agudelo

El subtítulo de estos libros es “las historias de fantasmas más hilarantes de los grandes autores de la literatura” y el merecido éxito del primer volumen indujo a los editores y al compilador a preparar uno segundo. En el prólogo, Manzano dice que “el cuento clásico de fantasmas (…) es ese subgénero de la literatura de terror que tiene sus precedentes en el folklore, que nace tras la decadencia de la novela gótica y cuya principal característica.

–además de incluir uno o varios fantasmas en la trama, por supuesto– es la de gestionar dos realidades al mismo tiempo: la fantasmal, con su propia imaginería, reglas y procedimientos, y la cotidiana de los personajes que sufren los embates espectrales. Montague Rhodes James, por su parte, identifica cinco puntos en común en las historias de fantasmas clásicas inglesas que bien podrían extenderse al resto del orbe: pretensión de autenticidad de lo narrado, un terror medianamente agradable, ausencia de derramamiento de sangre y sexo gratuitos, ausencia de explicación de la maquinaria y escenario contemporáneo del escritor. A eso hay que añadirle –dice Manzano– que las ambientaciones también se nutren de una serie de ítems comunes: castillos encantados, cementerios con actividad tan inusitada como impropia del lugar, puentes levadizos con fosos habitados por criaturas ignotas, mansiones vetustas, abadías infernales, iglesias, claustros, pasadizos secretos y puertas falsas, criptas, alcobas, fuegos fatuos, ruidos y gemidos espectrales, visiones etéreas… Pero, sobre todo, no debemos olvidar que el fantasma en cuestión, sea cual sea su procedencia o identidad, siempre tiene un motivo para aparecerse, un objetivo final para cuya consecución ejerce sus fechorías fantasmagóricas (…) Son espíritus que no hallan el descanso, que se les niega la entrada al paraíso o se les amenaza con la eternidad en los infiernos si no cumplen su misión, si no saldan las cuentas que dejaron impagas en vida”.

Entre los autores seleccionados figuran Jerome K. Jerome, Saki, Edgar Allan Poe, Conan Doyle, Mark Twain, Charles Dickens, H. G. Wells, Henry James, y un etcétera que tiene el denominador común de ser literatura escrita en inglés.

Jerome K. Jerome cree (pienso que sin razón) que “las historias de fantasmas siempre transcurren en la víspera de Navidad. La víspera de Navidades, la noche de gala de los fantasmas, es cuando celebran su fiesta anual. Esa noche, en el país de los fantasmas, todo el que es alguien (o, más bien, hablando de fantasmas, supongo que se debería decir todo el que es nadie) sale para mostrarse, para ver y ser visto, para dar un paseo y enseñarse mutuamente las mortajas y los sudarios, para criticar el estilo y reírse del cutis macilento de los demás. Seguro que practican con ahínco sus gemidos sordos y sus muecas diabólicas. Probablemente ensayan con semanas de antelación esos gritos espeluznantes y esas expresiones que te congelan hasta la médula. Revisan y ordenan las cadenas oxidadas y los puñales ensangrentados, sacan, sacuden, remiendan y airean las sábanas y los sudarios, guardados cuidadosamente tras la fiesta del año anterior. ¡Ah, qué noche tan emocionante la del veinticuatro de diciembre en el País de los Fantasmas! (…). Los fantasmas que no tienen una posición que mantener (es decir, los simples fantasmas burgueses) también hacen una pequeña aparición en temporada baja, como la víspera de Todos los Santos y en San Juan; algunos incluso aparecen en sencillos eventos locales: para celebrar, por ejemplo, el aniversario del ahorcamiento del abuelo de alguien, o para profetizar alguna desgracia. Al fantasma británico medio le encanta profetizar desgracias”.

Jerome, además, da la fórmula: “puedes convertirte en fantasma por haber matado a una persona o por haber muerto asesinado, según los gustos. Tal vez el más popular sea el fantasma asesino, aunque, por otro lado, si eres el fantasma asesinado asustas más a la gente, porque puedes mostrarle tus heridas y gimotear”.

No, no pienso resumir los cuentos de esta estupenda antología, pero sí quiero destacar aquellos que contribuyen a la teoría general de los fantasmas, como el cuento de Conan Doyle, que trata de un arribista que adquiere una antigua mansión que, por desgracia, no tiene fantasma, por lo que decide comprar uno; así que lo visita un comerciante en la materia (bueno, no tan materia) que le ofrece varias alternativas. Uno, por ejemplo, se le presenta así: “soy la insignificancia invisible. Tengo debilidades y soy sutil. Soy eléctrico, magnético y espiritista. Soy el gran estibador etéreo de los suspiros. Mato perros”. Otro le dice: “soy la vieja diabólica. Visto sedas marrones. Mi maldición cae sobre las personas… ¿seré tuya, mortal?”. Otro: “soy el caballero (…). Aquí está mi estoque. Hago tintinear el acero. Esto es una mancha de sangre sobre mi corazón. Puedo emitir gemidos huecos. Frecuento a muchas familias conservadoras. Soy la original aparición de la casa señorial. Trabajo solo o en compañía de damiselas chillonas”. Uno más: “soy el dejador de huellas y el derramador de gotas de sangre. Deambulo por los corredores. Charles Dickens se refirió a mí. Emito gorgoteos insólitos y lúgubres. Arrebato cartas y pongo manos invisibles en las muñecas de las personas. Soy alegre. Estallo en carcajadas aterradoras. ¿Le muestro cómo lo hago?”. Y no acabo: “soy un asesino. Soy un rufián. Me agacho cuando camino. Mis pasos no hacen ruido. Conozco un poco del Caribe. Encuentro tesoros perdidos. Tengo cartas. Soy físicamente poderoso y un buen caminante. Capaz de hechizar un gran jardín”. Sigo sin acabar de mirar este catálogo: “soy circunstancial y horrible. Soy un espectro de clase baja y espíritu sumiso. Observe mi sangre y mis huesos. Soy macabro y nauseabundo. No dependo de la ayuda artificial. Trabajo con un sudario, un ataúd con tapa y una batería galvánica. Vuelvo el pelo blanco en una sola noche”.

Joseph Sheridan Le Fanu parte para su relato de una superstición que todavía existe en el sur de Irlanda: “durante la etapa temprana de su estancia en la sepultura, el último cadáver enterrado está obligado a abastecer de agua fresca a los demás inquilinos del cementerio en el que se encuentra, para calmar la sed ardiente del purgatorio. (…) Se han llegado a dar conflictos feroces y desesperados en el caso de que dos cortejos fúnebres se hayan aproximado al camposanto a la vez, cada cual empeñado en dar sepultura primero a su propio finado y así eximirle de la imposición pedestre que recae sobre quien llega el último”.

En el cuento de E. F. Benson hay una frase, pronunciada por un fantasma, que enuncia una ley universal que debe saber todo fantasmólogo: “en el momento en que he entrado en relación con este boleto se ha hecho invisible. Yo mismo soy invisible (…) y todo lo que cojo o tengo se vuelve invisible”. Y en el cuento de Frank Richard Stockton ocurre que un individuo está tan grave que un ser invisible es designado para ser su fantasma. Pero el hombre sobrevive; entonces el pobre fantasma queda en una difícil situación: “no tenía poder para volver a mi estado de inmaterialidad original y no tenía derecho a ser el fantasma de un hombre que no estaba muerto”.

Por la narración de Richard Middleton nos enteramos de que “Fairfield es el lugar más fantasmal de Inglaterra”; allí “tres jaurías de fantasmas de perros salen a cazar cada temporada y (…) el difunto bisabuelo del herrero actual se pasa toda la noche herrando los caballos de los caballeros muertos”.

Un delicioso repertorio de lugares comunes, de defectos de carácter. El fantasma es o parece ser un ente obsesionado por corregir algo de este mundo que no es el suyo. O por pagar una deuda. O por cobrarla. Y habitan, o algo parecido, en los lugares en donde ocurrió su desgracia. Con esas constantes nada monótonas por efecto del arte combinatorio entre todas ellas, con esas constantes tan propias de la idea británica de los fantasmas, el más grande, Dickens, le da otra vuelta a la tuerca, en un breve relato de un inquilino recién llegado a una propiedad que tropieza con el fantasma del lugar. Y lo enfrenta preguntándole qué hace en ese lugar. “En esta habitación –respondió la aparición–, se gestó mi infortunio en este mundo”. Entonces el inquilino, apabullante, le dice: “no pretendo dirigir esta observación a usted en particular porque es igualmente aplicable a la mayoría de los fantasmas de los que he oído hablar, pero me parece de alguna manera inconsistente que cuando se tiene la oportunidad de vivir en los lugares más hermosos de la tierra, pues supongo que el espacio no resulta un problema para ustedes, vuelvan exactamente a los mismos sitios donde han sido más desdichados”. El fantasma admite que “nunca se me había ocurrido” y le da la razón al inquilino: “trataré de cambiar de aires inmediatamente. Y, en efecto, mientras decía esto comenzó a desvanecerse; sus piernas, de hecho, ya habían desaparecido por completo”. Al final, dándose cuenta del masoquismo fantasmal nuestro espectro dice: “debemos ser unos tipos aburridos; vaya, muy aburridos, de hecho. No me puedo imaginar cómo hemos podido ser tan estúpidos”.

Una antología para leer en un sitio donde se pueda dejar la luz prendida durante toda la noche.