15 de junio de 2019
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Espeluznante triunfo de Bolsonaro

29 de octubre de 2018
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
29 de octubre de 2018

Por supuesto que esta vez no fue una sorpresa la contundente victoria del populista ultraconservador, quien obtuvo el 56% de la votación. Aunque dicen que los pueblos merecen los gobernantes que tienen lo sorpresivo de este triunfo es el radical cambio ideológico de los brasileños en tan poco tiempo. Pero veamos cómo fue construyendo su llegada al poder en este gigantesco país.  Primero un poco de historia.

Las enormes movilizaciones populares de los años ochenta lograron acabar con la hegemonía de dos décadas de gobiernos militares y empezó la democracia brasileña que se prolonga hasta hoy. En este contexto se inscribe una etapa del Partido de los Trabajadores (PT) cuando, por primera vez en la historia del país un obrero de la industria metalúrgica, Luiz Inacio Lula da Silva, llegaba al poder apoyado por el pueblo. El PT triunfó en cuatro oportunidades, en forma consecutiva, porque se presentó como un movimiento político diferente, con un programa de izquierda comprometido con los pobres y contra la corrupción. Era la época de la bonanza petrolera, cuando el país bajó la deuda externa, fortaleció el mercado interno, creció la clase media, millones de brasileños salieron de la línea de la pobreza y el Estado se convirtió en la sexta economía del mundo.

Pero como la época de las vacas gordas no es eterna, llegó la destorcida; a la caída de los precios del petróleo y a la crisis de la economía, hay que sumarle que en la euforia económica se crearon las condiciones para el desaforado enriquecimiento de empresarios y banqueros, y se dispararon el clientelismo y la corrupción. Y recordemos que la Copa Brasil 2014 se llevó una tajada grande del presupuesto, especialmente por el despilfarro y los sobrecostos; en esta coyuntura se elevó el desempleo, cayeron los salarios y creció el déficit fiscal. Se multiplicaron las protestas sociales y los dirigentes de los partidos políticos tradicionales, derrotados en las elecciones desde el año 2002, vieron la oportunidad para llegar al poder.

Después de Lula llegó el gobierno de Dila Rousseff, en la época de la destorcida económica, le cayó la crisis y los escándalos de corrupción. Primero fue separada del cargo por 180 días y luego fue la separación definitiva de la presidencia en 2016. Lo irónico es que la destitución se produjo en el ambiente de mayor escándalo de corrupción de toda la historia del país y que Dilma no había sido salpicada por ninguna de las denuncias que involucran a la mayoría de los congresistas que la condenaron. La suspendieron por una práctica habitual en los gobiernos de Brasil, que consiste en transferir fondos de bancos públicos para cubrir programas de gobierno, lo que viola una ley de responsabilidad fiscal. Pero la verdadera razón era echarle tierra a las investigaciones sobre corrupción. En este ambiente los conspiradores eligieron cabeza de gobierno a Michel Temer, quien ocupaba el cargo de vicepresidente. Su tarea era sacar este enorme país de la crisis económica y de la gigantesca corrupción.

La polarización política

Desde la destitución de Dilma el país siguió en caída libre y a la crisis económica se le sumó el escándalo del Lava Jato, que involucró a Odebrecht y otras constructoras con los sobornos pagados a la clase política brasileña. De este modo se perdió la credibilidad en las empresas y en las instituciones y el mismo Lula quedó en la cárcel acusado de recibir un apartamento de la constructora.

En este enrarecido y caótico clima político llegaron las elecciones de 2018. En agosto el Partido de los Trabajadores (PT) inscribió la candidatura presidencial de Luiz Inácio Lula, para las elecciones del 7 de octubre, pero al día siguiente la fiscal general impugnó el acto ante el Tribunal Superior Electoral, alegando que es inelegible porque está condenado a 12 años de cárcel. Entonces a Lula no le quedó más remedio que postular como su reemplazo a Fernando Haddad, un académico de 55 años, de la Universidad de São Paulo, graduado en derecho y con estudios superiores en economía y filosofía; fue ministro de Educación de Lula y alcalde de São Pulo. Pero tenía en contra el desprestigio del PT, la caída de la economía y la corrupción de la clase política. Sin embargo, contra todos los pronósticos, llegó el inesperado triunfo de Bolsonaro, en la primera vuelta, con el 46,3% frente a 28,8% de Haddad ¿Cómo se explica semejante victoria? Por el apoyo de los evangélicos, por la crisis económica, por la corrupción y por el desprestigio de la clase política.

¿Quién es Bolsonaro?

Se llama Jair Messias Bolsonaro, un capitán retirado del Ejército, de 66 años, candidato por el Partido Social Liberal, diputado durante siete períodos y un nostálgico de la dictadura militar que gobernó el país durante el período 1964-1985. Se volvió famoso porque votó en el congreso por la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, en 2016, y le dedicó su voto a Carlos Alberto Ustra el militar que la torturó durante la dictadura. Es célebre por su posición contra las mujeres, a las que considera estúpidas y analfabetas. Dice que deben tener salarios más bajos que los hombres porque “se embarazan”; su discurso es dominado por la violencia verbal y por el cinismo. En un debate, en el congreso, contra la violencia sexual, le dijo a una diputada que “no merece se violada porque es muy fea, o no es de mi gusto y jamás la violaría”. Por todos esto se creó el movimiento “mujeres contra Bolsonaro”, que produjo inmensas manifestaciones, el pasado 29 de septiembre, no solo en Brasil sino en otros continentes.

Aunque las mujeres han sido el principal blanco de su odio, el candidato también ataca a los negros, a los indígenas, a los gais, a las lesbianas y a los transexuales. Anunció que si llegaba a la presidencia acabará con las reservas indígenas; defiende la deforestación para terminar con la recesión económica. Afirma que se debe convertir la selva en tierra de cultivos; de este modo convertiría la selva amazónica en una gran llanura.

¿Por qué llegó tan lejos en la política de Brasil? Por las cadenas de noticias falsas divulgadas por las redes sociales, especialmente por WhatsApp. Las redes le hicieron visible y lo convirtieron en un fenómeno político porque refleja buena parte de la sociedad brasileña, que siempre ha sido tradicional y conservadora. Bolsonaro supo orientar el profundo malestar contra los políticos, la corrupción, el desprestigio de los partidos, la ausencia de liderazgos, la crisis económica y la violencia que existe en todo el país. Fue capaz de canalizar el odio, el resentimiento y el dolor del pueblo, impulsando el populismo de extrema derecha.