19 de abril de 2021
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En el aire está la muerte

24 de octubre de 2018
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
24 de octubre de 2018

¡Qué celeste levedad,
Un aire apenas terreno,
Apenas una blancura
Donde lo más puro es cierto! 

Aire noble que se otorga
Distancias, alejamientos.
Ocultando su belleza
No quiere parecer nuevo.   

Aire que respiro a fondo,
De muchos soles muy denso,
Para mi avidez actual
Aire en que respiro tiempo.

 “El aire», Jorge Guillén

Desde hace muchos años, la contaminación del aire en la ciudad ha sido la principal preocupación de los manizaleños. Los hechos de la vida cotidiana, los comentarios, observaciones, señalamientos, y sobre todo, el día a día ser testigos visuales, o sujetos pasivos de las emisiones de vehículos sin control, hacían más que manifiesto el grave problema que parecía no interesarle a nadie. El año pasado, en la reunión de un centenar de personas, entre expertos, autoridades e interesados, se descubrió el agua tibia, al revelar la entidad cívica Manizales Cómo Vamos que una “encuesta de percepción ciudadana”, dio como resultado, que para la mayoría de sus habitantes la calidad del aire constituye su prioridad vital.

También, por todos los medios se ha dicho una y otra vez, con mayor énfasis desde finales del siglo pasado, la grave amenaza que se cierne sobre los habitantes de los centros urbanos, con el aumento de la contaminación a causa de los factores establecidos por los investigadores del tema. La OMS certificó el diagnóstico y dio la alarma, pero en nuestra ciudad la escuchamos muy tarde y apenas están anunciando que van a desarrollar acciones y a ejercer controles, sin saber cuáles, cómo, a partir de qué fecha y quiénes van a tener la directa responsabilidad de vigilar y aplicar las normas, qué casos y en cuáles circunstancias van atender las autoridades o los organismos encargados, si éstos son administrativos, policiales, de salud, o personas o grupos especialmente dedicados a ese control y vigilancia, si las medidas son pedagógicas, o reparadoras o sancionatorias o escalonadas, y en qué consisten.

Las informaciones son dramáticas. Y las advertencias son alarmantes. El impacto negativo es de todos los contaminantes, pero el más grave es el de la materia fina, producida por la combustión de motores ineficientes y de los diesel, por lo que en Estados Unidos se están esforzando por limpiar esas fuentes y en Inglaterra se estableció que el dióxido de carbono que emiten los vehículos que utilizan ese peligroso combustible, causó cerca de 23.500 muertes prematuras el último año.

La imperceptibilidad del fenómeno, el estar embebidos en la particular faena y el que los daños directos a la salud no son inmediatos, explican el que la peligrosidad de esas partículas microscópicas, que provienen del continuo flujo vehicular, por su mismo tamaño, penetran derecho al fondo de los pulmones y se meten a la corriente sanguínea, afectando el corazón y el sistema respiratorio, causando problemas cardio y cerebrovasculares porque los vasos se endurecen, más los respiratorios cuya gravedad crece en los que ya los padecen, entre más edad se tenga y en los niños. Y algo todavía peor. Los científicos de la OMS temen que al respirar los adarmes de esa diminuta materia por las fosas nasales, los nervios de éstas la lleven hasta el cerebro. Este daño ya fue detectado en México, por las víctimas de la contaminación que vivieron y murieron en su capital.

El que no nos parezcamos a México, o Sao Paulo, ni hayamos llegado a los excesos que sufren Medellín o Bogotá, no significa nada, puesto que tampoco hemos logrado sus deseables y necesarias innovaciones, ni tenemos sus dimensiones. Pero estamos en el paso previo para llegar a ese horrible extremo. Casi el 90% de las muertes relacionadas con la contaminación del aire se da en nuestros países y en ciudades como las nuestras en las que el promedio de ingreso es muy bajo, según la misma investigación.

¿Estamos en capacidad de medir o de saber, cuántas muertes en Manizales tienen como causa la contaminación del aire, en un año, o en la última década en la que se agudizó a ojos vistas? ¿Se ha hecho? ¿Es posible hacerlo? ¿Se ha intentado? ¿Hay alguna investigación al respecto en nuestras universidades? ¿Del llamado “sistema” puede desprenderse el dato? ¿Sirve para ello? ¿Vale la pena intentar esa investigación? ¿Las han cuantificado y desde cuándo?

Y es que una cosa es estar en los centros, frente a los aparatos o midiendo, y otras estar en una esquina, en las avenidas o en la mitad de una falda en que se concentran vehículos de todo tipo. Cada manizaleño percibe o puede percibir cuáles son los sitios en los que ha sentido la necesidad de sacar pañuelo, retirarse o detenerse invadido por el humo o el olor. No sabe cuántos microgramos por metro cúbico están entrando en su organismo. O en el de los bebés o los pequeños que llevan en brazos o de la mano sus madres o cómo obrará esa mezcla de diesel y cigarrillo en aquellos que van subiendo a pie las faldas y fumando.

Sobre los sitios en los que el envenenamiento del aire, es mayor y más frecuente, se puede dar un consenso entre los que indica el manizaleño cotidiano, que recorre paso tras paso sus calles, monta en bus o en taxi o también el del carro particular , al que la humareda del que lo precede o lo sobrepasa le inunda el interior y le nubla la vista, y los técnicos en sus desplazamientos, cualquiera sea la forma en que los hagan, para montar sus aparatos o hacer sus mediciones, de cuáles son los puntos críticos y estoy seguro de que si coinciden en varios, los que manifiesten los primeros serán abrumadores.