18 de abril de 2021
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El verdadero valor de los Centros Históricos

Por Pedro Felipe Hoyos Körbel
2 de octubre de 2018
Por Pedro Felipe Hoyos Körbel
2 de octubre de 2018
Crédito: Manizales Hostel

 Pedro Felipe Hoyos Körbel

Oír decir que unas casas viejas frenan el desarrollo de una ciudad es común, eso lo leemos en la prensa, lo vemos en la TV y lo oímos en la radio. A ese patrimonio, los nuevos planificadores y inversionistas, lo toman como un estorbo y es cierto, es muchos más interesante y fácil, desde un punto de vista del lucro, partir de cero y construir más alto amortizando mejor el costo de la tierra y aplicando la construcción al uso comercial que se le va dar, uso que seguramente se ajusta más a nuestras ciudades cambiantes.

¿Quién gana con ese tipo de planteamientos donde se coloca una cortina de humo que permite confundir lucro con desarrollo? Muy sencillo un particular que podrá percibir muchas más ganancias monetarias con menos inversión. ¿Más quién es ese particular? Pues todo el sector de la construcción que tanto jalona nuestra economía y reúne a la banca, los constructores ya sean arquitectos o ingenieros, los comerciantes de materiales de construcción, la industria que produce estos materiales como el cemento y los metales y por último los obreros que trasforman en edificios al capital, el cemento, los ladrillos y la tecnología. ¡Un pool asombrosos, casi que imparable!

Es oportuno mencionar, cuando se toca este intrincado tema al Estado, que ciertamente, no es un particular, pero desde la barrera se solaza viendo estadísticas de empleo y crecimiento que, supuestamente, cada año superan al boyante año anterior, fuera que cobra ingentes sumas de los impuestos que gravan esta rama de la economía.

Para redondear este panorama amenazante se deben aducir las tasas de crecimiento de nuestra población que, curiosamente se concentra en las grandes urbes y ejerce una presión enorme porque toda esa gente “nueva” necesita vivienda e infraestructura urbana para vivir. Más no crecen los municipios de menos de 30.000 habitantes, que son el 93% de los municipios colombianos, sino esta explosión demográfica se concentra en las cabeceras departamentales y en las grandes urbes como Medellín, Cali, Barranquilla y Bogotá. Nos asombramos negativamente con la capital mejicana y no nos damos cuenta que aplicamos las mismas políticas y que estamos inmersos en la mismas dinámicas, solamente no logramos las espeluznantes cifras aztecas porque nuestra economía no es tan grande y fuerte como la de ellos. Un ejemplo: Méjico tiene 140 millones de habitantes de los cuales 14 millones viven en la capital, eso es el 10% y en el departamento de Caldas se cuentan 1.000.000 de habitantes de los cuales viven 450.000 en Manizales su capital, ¡eso es casi el 50%!

¿Cuál de los centros históricos nuestros es capaz de resistir a esta alineación de poder? Todo está en contra de ellos, no hay edificación por histórica y venerable que sea no esté en la mira de un exitoso constructor respaldado por un muy bien publicitado banco. Tal vez se salve el centro histórico de Cartagena, por su supuesta vocación turística, pero el resto de ese patrimonio arquitectónico será sacrificado por esta sociedad carente de identidad y ávida de lucro direccionada a que el bien y la comodidad particular primen sobre lo demás.

¿Cuál es la otra cara de la moneda? ¿Porqué los centros históricos si pueden sustentar el desarrollo integral de las comunidades que los poseen? La argumentación en pro de este patrimonio es sencilla: las ciudades como organismos vivos deben tener una serie de anticuerpos que la protejan de amenazas y sobre todo las mantengan sanas para poder encauzarse por el camino del bienestar general. En este mundo hay una serie de dependencias que causan el injusto declive como el que existe entre el primer y el tercer mundo, existen fuerzas ávidas de subyugar y hacer depender al resto del mundo de ellos. Estas amenazas las detectan y las salvan con más facilidad organismos avisados y fuertes.

¿Pero cómo se hacen fuertes las ciudades? Pues por medio de economías organizadas y fuertes, pero contando con una identidad definida, una identidad que no puede negar su pasado. Serán ciudades importantes y exitosas si conocen y respetan su pasado. Los centros históricos son la muestra, el producto de la evolución de las ciudades, donde se palpan las huellas que dejaron las fuerzas vivas de una sociedad en otra época complementando esa poderosa cadena histórica que domina la vida humana. Negar y destruir los centros históricos se puede equiparar a desoír el consejo de un viejo desechando su rica y compleja experiencia. Dejar perder esa parte es permitir que a un cuerpo sano les extirpen un órgano vital porque se lo remplazaran por uno “moderno”, uno de “última tecnología”.

Los centros históricos los respetan sociedades que han adquirido una conciencia y visión integral de su futuro y no se dejan impresionar por estadísticas desarrollistas que hacen parte de esa famosa cortina de humo típica de nuestro entorno trivial. La ciudad que respeta su tradición patrimonial es una ciudad moderna porque a la vez piensa en equidad social, piensa en el medio ambiente, articula cultura, sabe adquirir la última tecnología para cimentar su desarrollo integral, sencillamente piensa en el bienestar sostenible de sus habitantes. Esa es la diferencia entre barbarie y civilidad.

La soberanía cultural, a pesar que estamos inscritos en un mundo globalizante, es de suma importancia especialmente para las comunidades periféricas de este planeta y esta soberanía sólo se logra articulando el patrimonio espiritual que se materializa, entre otros, en la arquitectura austera y pobre, comparada con otras, que tenemos en todo el país. Nuestra pobreza material no puede ser excusa para no pensar en nuestra cultura que a la vez constituye parte esencial de nuestra identidad. 

La supervivencia de los centros históricos, finalmente, depende del grado de conciencia que adquieran los habitantes de las ciudades. Porque es por medio de esa conciencia que se darán cuenta que lo material simplemente es un marco operativo, pero no la esencia que busca el ser humano. Y si es la obtención de la felicidad lo que hace posible la vida pacífica, sepamos por donde seguir buscándola.