21 de octubre de 2018

Recordar es vivir

20 de septiembre de 2018
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
20 de septiembre de 2018

cesar montoya

Noche disoluta en Bogotá. La “Esquina del Tango” tiene temperatura de horno caliente. Dispersas están las parejas de enamorados y hay grupúsculos entretenidos en el manoseo de historias sentimentales. Son horas de privilegio auditivo. Jorge Valdés y Juan Carlos Godoy se han tomado el  espacio con el rimbombo de sus voces. El primero es un  mono encantador, perchudo, de  carrillos sonrosados  y –supongo- victorioso tumbalocas. De voz romántica y evocadora. Tiene dominio del micrófono. Sabe manejar con  técnica las distancias y lo retira lentamente para comprobar cómo el eco se va extinguiendo en alejamiento sonoro. Además, Valdés es un showman de impacto. Es arrollador. Sus gestos perfectos, artístico el movimiento de los brazos y parece que los desplazamientos escénicos opacaran al cantante agorero. El otro es Godoy. Su cuerpo es escurrido, los hombros  ligeramente descolgados, pálido con mirada diluida en tristeza. Delata ser un bohemio de nocturnidades continuas. Su canto es arrabalero, de la línea lírica de Julio Martel en “Quema esas Cartas”, o Alberto Echague en “El Raje”. Godoy tiene aire de campesino gandul. Antes de voltear la copa hunde sus ojos en ella, absorbe su vapor con desfiguración levítica, levanta el codo y muy despacio, alargando segundos, siente feliz el ingreso del licor a los canales de su  boca.

Por determinación del Creso Augusto León Restrepo estamos aquí para celebrar anticipadamente la elección que mañana hará el Congreso  de Jorge Mario Eatsman como Primer Designado.Las cuentas son óptimas. Otto Aristizábal, calculador certero, papel en mano, nos evidencia cómo los astros están enfilados a su favor. Sin embargo desconfiamos  del voto de dos envidiosos  paisanos suyos, necesarios para coronar la empresa. Alea jacta est. Ahora el placer dionisíaco destapa botellas,con la dicha que siente la amistosa comparsa  con  la segura exaltación del ilustre colombiano.

Hemos sido bohemios. En el flamante apartamento del ansermeño, tenemos cantina propia. Sonia Cristina ha preparado el espacio, deslizando libros por debajo de las camas, encaramando otros  en las repisas de los baños, o acomodándolos en la despensa casera. Las versos en hojas  volátiles, cambian de espacio  cuando la aspiradora fabrica ventarrones  y hace danzas de papeles. La delicia de los nepentes debe adobarse con intimidades para que afloren sin tropiezo los recuerdos, y macere más el desfile memorioso de faldas que no han de faltar en estos solsticios rumiadores. Somos unos espadachines que le encontramos delicias a las tabernas escondidas en donde tantas veces tiritó  el corazón en  pedazos.

Muchos piensan que Restrepo es un burgués indolente, con  rostro de sibarita y ojos marchitos por tanta  picardía acumulada. Es  lírico lujurioso cuando suelta su imaginación pecadora. “Las Palabras que no Tienen Coraza” es un breviario de amor, una alcancía de versos indisciplinados, escritos con el estilete  que Eros entrega a sus consentidos. Cuántas veces he nadado por sus páginas, chapuceando, hundiéndome en sus laberintos secretos, y vuelto a flotar después de los aturdimientos felices que deja el libertinaje de sus poemas.

Bajo su piel morena corre la sangre de un filósofo. Cómo un hombre joven, con mujer  bonita, con un  colchón de dólares que lo vacuna contra las sorpresas de una veleidosa fortuna, se deshoja en introspecciones sobre la muerte. El canto es bello: “Que cuando muera/ carguen mi cadáver/los hombres que me odiaron/ y las mujeres a quienes he amado/. Que la madera que cubra mis despojos,/ sea de aquella  en que escribí “te quiero”,/ y los clavos/ del hierro  con que hice la coraza/para mi desamparo”.  No. La vida no puede tener ese enfoque melodramático, con sabor a  de profundis. Seguramente  Restrepo lo escribió en una crisis de amor,  tan recurrente en su azarosa vida sentimental.

Mejor el tango que el masoquismo de un intelectual decepcionado. Fernell Ocampo Múnera tuvo paciencia para entregarnos su historia, letras y el nombre de sus cantores, con policromía   de anécdotas, dándole vigencia a quienes tuvieron plumas para exaltarlo. Enrique Santos Discépolo, Pascual Contursi, Matos Rodríguez,Cátulo Castillo,  Héctor Pedro Blomberg, Homero Manzi, Enrique Cadícamo, Celedonio Flores, escribieron sonatas porteñas para ser deleitadas en “El viejo Almacén” o en el recodo en donde Pichuco hacía malabarismos  con el acordeón. Son versos con ventiscas de pampa, otros redactados  sobre las olas tranquilas del rio La Plata, muchos salidos de las buhardillas del licor. Desmenuzar esa poesía es un placer.En los rescoldos de ese lenguaje lunfardo, en el fárrago de un diccionario que solo hablan los taberneros, hay pensamientos luminosos, metáforas de zaguán, hazañas sangrientas de matarifes.  Borges exaltó esa truhanería de compadrazgos.

[email protected]