10 de diciembre de 2018

¡Que trabajen los que están parados!

24 de septiembre de 2018
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
24 de septiembre de 2018

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

Cada que una persona en la calle oye decir que los profesores y estudiantes de las universidades públicas están en “paro”, lo primero que exclaman es: “hoy en día esos profesores no les gusta trabajar ni a los muchachos estudiar” “en esas universidades no les enseñan sino a ser revoltosos” “cómo a nosotros nos toca salir a camellar con esta situación tan dura””que trabajen los que están parados”. Ni culpar a nadie, a este tipo de comentarios prejuiciosos y muchas veces sin fundamento nos hemos enseñado los colombianos, lastimosamente. Algo relacionado escribía Juan Esteban Constaín sobre Nairo Quintana la semana pasada en el diario El Tiempo; no somos capaces de ponernos en los zapatos del prójimo, de modo que llenos prejuicios destruimos a todo el que no cumpla con las expectativas, que para nuestro caso, es el sistema educativo.

Pero qué complejo e improvisado se vuelve ese arte de enseñar cuando se carece de recursos. Seguramente que la mayoría de las personas que critican las movilizaciones profesorales no se han detenido a buscar información acerca de por qué estos “no quieren trabajar” y por el contrario se dedican a hacer bulla por las calles de las principales avenidas del país ¿Será porque el desfinanciamiento de las Instituciones de Educación Superior –IES- ha llegado a tal punto que universidades como la Nacional y la de Caldas no tienen para culminar los compromisos del año 2018? ¿O será porque cada que hay que hacer un apretón fiscal en lo primero que piensan los gobernantes –ahí sí- es en los profesores? ¿O más bien podría ser por el descontento de que en vez de mejorar programas como el de “ser pilo paga”, mismo que podría atenuar el déficit de las universidades públicas, mejor fue cancelado? Simplemente, todos estos pliegos hacen parte del petitorio del gremio hacia el gobierno nacional.

Lo que causa gran impresión es el poco o nulo cubrimiento de los medios de comunicación sobre esta situación. Este hecho ha degenerado en que el país estigmatice los movimientos profesorales y estudiantiles para formar ideas contrarias a la realidad, y pongamos presente, que si para los docentes de Colombia es complejo alzar su voz de protesta ante un gobierno que cada día recorta su presupuesto (para 2019 será de casi 35% menos) peor que eso es la apatía de la comunidad civil. Ello nos conduce a admitir que no es solo es problema de las universidades sino de toda la educación pública. Lastimosamente el modo de ver –según comentarios de los propios padres de familia- es que el movimiento de protesta es un golpe a los intereses de sus hijos, y con todo respeto lo critico, porque tal razonamiento pareciera querer decir que todas las instituciones educativas son un kínder. No lo son. Por el contrario, lo que se busca es una sólida fuente de conocimiento para la madurez intelectual.

Hemos llegado al punto de brindarle una cobertura mucho más amplia a los paros de profesores de Argentina y Chile que a los de Colombia. Algo muy parecido a la desviación de información que se nos enseña de las dificultades venezolanas para olvidar las nuestras ¿Pero saben que es lo más preocupante de todo? Que cuando una situación perjudicial como el declive de la educación pública se normaliza en niveles tan folclóricos como este, es porque hemos perdido la capacidad de hacernos sentir como ciudadanos, de defender nuestros derechos dentro de los que está la educación, por demás catalogada como fundamental, lo cual incluye la calidad e integralidad.

Las cifras muestran que actualmente las 32 universidades públicas del país tienen un déficit de más de 430 mil millones de pesos, y ojo que no estamos incluyendo sostenimiento de las instalaciones, cobertura, investigación, etc. Si a ello apuntáramos, dicen los encargados de las cuentas que tendríamos que desembolsar 15 BILLONES de pesos para cubrir esas necesidades. Siguiendo con el ejemplo de las universidades Nacional y de Caldas, en la primera, las instalaciones de Bogotá caen como madera vieja dado que su vida útil ya pasó. En la segunda, cuando hay aguaceros como los que saben caer en Manizales, se inundan hasta los pasillos, generando todo tipo de daños materiales que ponen en peligro la integridad de los estudiantes. Imagine por ejemplo los circuitos eléctricos que tienen contacto con el agua o la caída de un techo obsoleto. “al caído caerle” dice el dicho.

Como indicábamos anteriormente, la crisis ha llevado a que en el mejor de los casos algunas de las universidades públicas tengan, con déficit y todo, la potestad de pagar a sus docentes salarios casi hasta el final de este período. Casi. Sin embargo, gran parte de ellas en este momento está en mora con los pagos. Para efectos de calidad este es un gran problema. Por ejemplo, para la acreditación de alta calidad se requieren profesores de planta que lleven a cabo proyectos investigación que obviamente, necesitan recursos, pero cómo podrían si esa es precisamente la carencia.

Si en un plazo medianamente pactado no se da solución a esta crisis, las universidades tendrán solo dos opciones: cerrar o privatizar. De ambas no queda más que decirle adiós a las pocas oportunidades que tienen los estudiantes, principalmente de provincia, de acceder a la educación superior. Y digo de provincia porque generalmente son –somos- los más beneficiados con las asequibles matriculas y demás ayudas complementarias para estudiantes de bajos recursos económicos que con miles de trabajos destinan sus escasos recursos para su manutención en una ciudad. Infortunadamente la brecha de acceso a las IES termina abriéndose de manera gradual y sin un límite aparente. Este tipo de dificultades ha sido llamado por los estudiosos como Apartheid educativo.

Separados y desiguales es un libro producto del grupo de investgación DEJUSTICIA que lidera Mauricio García Villegas. Allí se expone la distinción entre educación pública y privada así como el aspecto financiero, que si bien tiene un enfoque hacia los colegios, considero válido aplicarlo a las IES. Permítaseme citar este aparte: “(…) en Colombia no es lo mismo estudiar en un colegio privado que en uno público: en términos generales, los colegios privados tiene un mejor desempeño escolar que los colegios públicos. En un sistema equitativo, el desempeño escolar no debería diferir mucho entre colegios públicos y privados. O, en caso de serlo, esa diferencia en calidad no debería ser un reflejo de la capacidad de pago de los estudiantes”.

Es un hecho que en tratándose de acceso a la educación superior, privatización o cierre tienen efectos semejantes. Este es el efecto de la desfinanciación, punto por donde empezamos. Nos encontramos en una carrera contrarreloj que necesita de la solidaridad de todos los colombianos para consolidar la Colombia más educada. Necesitamos personas capaces de tener sentido crítico con las muchas veces actuaciones malsanas de las instituciones. Por ello es necesario no estigmatizar este movimiento que busca dignificar la profesión docente y educacional. Cuando en una próxima ocasión oiga decir que las universidades públicas están en “paro”, no piense que esto se trata de colores políticos, eso va por otro lado. Mejor vaya, infórmese, estudie la viabilidad (porque lo acepto, yo tampoco he estado deacuerdo con todos los paros), y si lo considera correcto, corra la voz: ¡Que trabajen los que están parados!…en alzar su voz por la educación de toda una generación.