11 de abril de 2021
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La pobreza: el gran enemigo de la democracia participativa

Estudiante Doctoral. Magíster en desarrollo y planificación. Politólogo. Profesor universitario y consultor en políticas públicas. Interesado en educar para la política. Concejal de Manizales.
18 de septiembre de 2018
Por Julián Andrés García Cortés
Por Julián Andrés García Cortés
Estudiante Doctoral. Magíster en desarrollo y planificación. Politólogo. Profesor universitario y consultor en políticas públicas. Interesado en educar para la política. Concejal de Manizales.
18 de septiembre de 2018

 

 

Por Julián Andrés García Cortés

 

 

 

La pobreza rompe la posibilidad de tener una democracia participativa, con ciudadanos críticos y con capacidad de apropiarse de las decisiones que toman. Pero la pobreza también roba vidas humanas, como en el caso de los falsos positivos, que vuelven a estar en auge y que implican directamente al ex general Mario Montoya y al expresidente y senador Álvaro Uribe. Es que, en los falsos positivos, las víctimas preferidas eran los pobres, esos que importan ‘poco’ en la sociedad y que se creía, nadie iba a extrañar o buscar, tal como lo mostró Felipe Zuleta en un documental sobre estos casos en el 2010 (La pobreza, un crimen que se paga con la muerte).

Todo esto, porque la pobreza imposibilita desarrollar las capacidades de las personas y no permite una cohesión social plena para que se apropien de las discusiones público-políticas que se dan en el contexto de los diferentes territorios. Por ello, explicaré por qué a mi juicio, todavía es complejo que muchas personas participen en la toma de decisiones públicas del país, y cómo la corrupción se sirve de estos dos elementos, pobreza y baja participación, para seguir haciendo de la suyas.

He sostenido que, la corrupción también es culpa del que por omisión no hace nada, es decir, de aquellos que por desidia y pereza no les interesa participar en política o en procesos de veeduría social sobre el manejo de los recursos públicos. Entiendo que la política es inherente a los seres humanos, que todos tenemos poder en mayor o menor medida, pero que cada decisión cotidiana está impregnada de una dosis de política.

En mi proceso académico y profesional, he desarrollado escritos sobre la importancia que tiene la participación de la ciudadanía en la política, de que las personas se involucren en los asuntos públicos y lo valioso que sería lograr un empoderamiento social sobre el Estado. He mostrado cómo a través de una alfabetización política y una formación política integral, muchas de nuestras dificultades podrían resolverse con mayor agilidad y con menor indiferencia.

Entiendo que nuestra educación familiar y nuestros procesos académicos no velan por una formación a profundidad sobre la política, porque no tenemos los elementos adecuados para evaluar lo que pasa a nuestro al rededor sobre este tema, y no es que las personas lo ignoren completamente, pero es seguro que nos hace falta mayor preparación. Nuestra sociedad entiende perfectamente qué es y qué no es la corrupción, pero no tiene los mínimos vitales resueltos como para tener el tiempo y las ganas de pensar, discutir y participar en la imposible maraña que significa la política.

Por esto, en términos de Maslow y de su pirámide de jerarquía de las necesidades humanas, nadie podría pensar y actuar en actividades diferentes como la política electoral o la participación en lo público, si todo su accionar de vida se basa en sobrevivir, es decir, que no tiene sus necesidades básicas y las de su familia satisfechas, siendo esta la situación de la mayoría de los colombianos que viven en la pobreza.

Si lo que pretendemos en Colombia es una mayor participación y un vínculo más cercano por parte de la ciudadanía y el Estado, lo primero que se debe hacer es erradicar la pobreza (aunque con las ideas de la Ministra de Trabajo y las triquiñuelas del Ministro de Hacienda, al parecer la pobreza aumentará), pero el panorama no es nada alentador debido a que un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, del 2018, dice que “en Colombia se necesitan 11 generaciones para salir de la pobreza”, y esas 11 generaciones equivalen a 330 años.

Si los gobernantes de este país no transforman las políticas para combatir la pobreza, luchar contra la corrupción, desarrollar capacidades en las personas a través de ingresos dignos, educación de calidad, asistencia sanitaria en todo el territorio, entonces la baja participación seguirá siendo el indicador más predominante en las elecciones colombianas en los próximos tres siglos.