11 de diciembre de 2018

En cualquier momento

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
21 de septiembre de 2018
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
21 de septiembre de 2018

Pablo Felipe Arango

Pocos pasos antes de la entrada a la estación Perú, en la Avenida de Mayo, a media mañana, hay un hombre acostado en un banco hacia su lado derecho. Otro está parado junto a él, a un metro de distancia, con un radio en la mano y un chaleco que tiene un aviso: servicios sanitarios de la ciudad Autónoma de Buenos Aires. Uno de los pies del hombre acostado está suspendido en el aire, sin movimiento, rígido; el otro pie está doblado de manera inusual. Bajo el torso hay un maletín negro de lona, ordenado y limpio. La gorra del hombre acostado está en su sitio, bien ceñida, no hay desarreglo alguno, ni suciedad. Parece como si apenas unos minutos antes hubiera salido por la entrada del metro camino a su trabajo, dispuesto a continuar con sus afanes, como siempre, y hubiera visto la necesidad de hacer un alto aprovechando aquella silla callejera en mitad del andén.

En un portal, justo al frente del banco, un hombre y una mujer miran desde una puerta entreabierta. La mujer está aterrada, casi a punto de llorar. Ninguno de los dos se decide a abrir del todo la inmensa y pesada puerta que sostienen, convertidos en la pareja que seguro no son. Habrán entrado unos minutos antes a sus trabajos, confiados en la tranquilidad y seguridad de su mundo, sólido y permanente como aquel edificio, como la ciudad: “Y la ciudad, ahora es como un plano/ de (sus) humillaciones y fracasos;/ desde esa puerta (ven) los ocasos/ y ante ese mármol (aguardan) en vano”.

No importan los pañuelitos de colores que venden en la esquina y que advierten las múltiples protestas, ni el derrumbe del peso, ni la inflación, ni las noticias de varios buldóceres excavando profundos huecos para encontrar una caja fuerte de dimensiones absurdas, en la que al parecer escondieron los millones de pesos producto de innumerables extorsiones. La vida, a pesar de todo, debería ser algo confiable, o al menos eso se espera, que sea predecible. Al fin y al cabo, así más o menos sucede. Confiamos en que los asuntos, y nuestra vida con ellos, tendrán el curso que nos hemos imaginado. Y así es, casi siempre.

El hombre del radio susurra por el aparato. O los enormes buses que pasan, o el volumen de la voz, o nuestro arrobamiento, impiden que escuchemos algo de lo que dice. Pero habla con firmeza. Es el único que al parecer sabe lo que hay que hacer, como si para él fuera un mero trámite, uno cotidiano. Parece un sacerdote, despojado de toda espiritualidad, oficiando un rito práctico y sanitario. Allí, en Avenida de Mayo con Bolívar, ordena recoger, pronto, algo.

El pie del hombre suspendido en el aire, rígido, sin movimiento, es una especie de vórtice. Como si por fuera del tiempo todo estuviera dando vueltas en un inmenso ciclón y en el centro succionador estuviera aquel pie inmóvil. Es imposible dejar de mirarlo. En los márgenes se ve, sin embargo, que el hombre tiene fuertemente agarrado el maletín y que su chaqueta azul parece recién salida de la lavandería.

No nos detenemos, pasamos rápido junto a la silla. Bajamos prontamente las escaleras del túnel que conduce a la estación, aterrados, apenas mirándonos. ¿Cierto?, dice Carolina. Con dificultad encontramos el pasadizo para la línea D. La confianza en nuestro universo se ha resquebrajado ante aquella evidencia de fragilidad y soledad. Sabemos –¿acaso no lo sabíamos?– que en cualquier momento y lugar es posible.  Finalmente tomamos en silencio el metro con destino a Callao, y pocos minutos después hemos recuperado la insensata, pero necesaria, confianza.  No pensamos incluso en el riesgo que entraña tomar asiento en aquel vagón que se desplaza a toda velocidad por los túneles de la otra ciudad.  Nos sumimos de nuevo en la indiferencia, convencidos por Borges y Macedonio que la muerte, sin importar donde suceda, es una falacia, y que “estas cosas son demasiado individuales, son demasiado lo que son, para ser también Buenos Aires”.

Manizales, 21 de septiembre de 2018.